Domingo, 31 de diciembre de 2017

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A 25 años del divorcio de terciopelo

El 1° de enero de 1993 se separó pacíficamente Checoslovaquia, emergiendo dos entidades nacionales separadas: la República Checa y Eslovaquia. El escenario mundial era tenso con la descomposición de la Unión Soviética en quince repúblicas, y la guerra de Yugoslavia con las independencias de Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, rechazadas por Serbia. Las autoridades de Checoslovaquia no hicieron frente a un conflicto armado, manifestaciones callejeras o plebiscitos, ya que fue un divorcio negociado y conversado.

La República Checoslovaca nació a fines de 1918 por necesidad. Con la desaparición del Imperio Austro-Húngaro, el antiguo Reino de Bohemia –hoy Chequia- se encontraba con que tenía tres millones de habitantes que se reconocían como alemanes, y limitaba al norte y el oeste con Alemania, en tanto que al sur con Austria. Era la porción más alfabetizada e industrializada del Imperio de los Habsburgo, con un fuerte carácter cosmopolita y laico. Eslovaquia, en cambio, era predominantemente rural y católica, con un alto porcentaje de analfabetismo y en su territorio vivía un 10% de húngaros. Checos y eslovacos se precisaban para evitar ser engullidos por alemanes y magiares respectivamente, de allí que resolvieron fusionarse en un solo Estado, que pasó a tener un fuerte sesgo centralista, en detrimento de las singularidades regionales. Esta república democrática y desarrollada no sobrevivió a la tormenta del nazismo: en 1938 debió ceder parte de su territorio a Alemania en virtud del Pacto de Munich, y en marzo de 1939 la parte checa fue invadida y anexada como “protectorado de Bohemia y Moravia”, en tanto que Eslovaquia fue declarada independiente bajo tutela del Tercer Reich.

En 1945, la URSS le cercenó su región más oriental, Rutenia o Rusia subcarpática, hoy parte de Ucrania. Pero el clima de la posguerra no era favorable para ninguna reconfiguración de Checoslovaquia en la relación entre sus dos entidades, y el golpe de Estado comunista de 1948 impuso una arquitectura de poder en la que el Partido Comunista se colocaba por encima de las autoridades formales. Fue en 1968, con el fracaso del experimento del “socialismo con rostro humano” que intentó Dubček, aplastado por los tanques del Pacto de Varsovia, que se diseñó un esquema autonómico –en los papeles- para Eslovaquia. Entre 1968 y 1989, Eslovaquia se vio favorecida porque proveyó gran parte del elenco gubernamental, con el presidente Gustav Husák a la cabeza, y hacia allí se trasladó gran parte de la industria armamentista checoslovaca.

Cuando en noviembre de 1989 comenzó la revolución de terciopelo que derrumbó al régimen socialista, rápidamente se establecieron dos movimientos diferentes que aglutinaban a los elementos opositores, a saber: el Foro Cívico en Chequia, y la Opinión Pública Contra la Violencia en Eslovaquia. En 1990, en el período de transición hacia la constitución de una democracia pluralista y una economía de mercado integrada a Europa, surgieron los primeros reclamos eslovacos para obtener un reconocimiento explícito en la denominación del país. El entonces presidente Václav Havel aspiraba a se reestableciera el viejo nombre de República Checoslovaca; los actores políticos eslovacos, por su lado, exigían un “guión” para distinguirse, Checo-Eslovaquia. Se discutieron, entre 1990 y 1992, las posibilidades de una confederación, de una federación, de una comunidad de dos naciones, ambas con representación en las Naciones Unidas. Las elecciones generales de 1992 llevaron a un laberinto sin escapatoria, ya que en la República Checa había ganado una coalición de partidos de centro-derecha que aspiraban a una transición rápida hacia la economía de mercado, en tanto que en la República Eslovaca se formó una alianza entre el populista Vladimír Mečiar con los ex comunistas y el Partido Nacional Eslovaco, que reivindicaba la etapa fascista bajo tutela nazi. A pesar de todos los intentos del presidente Havel, ambas partes decidieron un divorcio pacífico a partir del 1° de enero de 1993. Lo notable es que no se realizó un referéndum para tan importante cuestión, puesto que se sospechaba –y las encuestas así lo señalaban- que la mayoría hubiera rechazado la disolución de Checoslovaquia. Para evitar un resultado que hubiera puesto a los liderazgos políticos frente a un dilema imposible de resolver, obviaron esta consulta y encaminaron a las dos naciones hacia el llamado divorcio de terciopelo.

Y es que a pesar de la enorme proximidad de lenguas del checo y el eslovaco, ambas naciones tuvieron durante siglos derroteros muy diferentes: no estaban unidos por una historia común, los distanciaban sus cosmovisiones y sus respuestas a los desafíos del momento. El liderazgo intelectual y político checo miraba hacia Europa occidental como modelo; el de Eslovaquia, en cambio, miraba hacia el Este. La rareza fue que estuvieron juntos, menos de un siglo, en un mismo país. Unidos por el espanto, no por el amor.

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.