Lunes, 30 de abril de 2018

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A la deriva

“Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino.”[1]

 

El título lo tomé de la obra homónima de Horacio Quiroga, a la cual pertenece la frase que antecede. Ese cuento vino a mi memoria cuando comencé a preparar esta nota. El clima de agobio y desesperanza que se apropia del lector mientras lee la peripecia narrada, en la que el hombre moribundo a causa de la mordedura de la víbora deambula sin rumbo, salvando las distancias, nos lleva a pensar en la situación en que se encuentra nuestra educación.

Para que un bote navegue hacia buen puerto debe ser conducido con mano firme, capaz de mantener el rumbo. Obvio es que, para ello, se requiere conocer la corriente del río, el destino al que se pretende llegar y estar preparado para sortear los posibles obstáculos que, sean naturales o humanos, se pueda encontrar. Es inconcuso que todos los navegantes que se encuentren subidos al bote deberán estar dispuestos a remar en la misma dirección. De otro modo, es difícil avanzar.

La realidad permite identificar el bote de nuestra educación flotando a la deriva, siendo directa responsabilidad del grupo de tripulantes que no entendieron aún que deben aunar esfuerzos y remar todos en la misma dirección, dejando de lado el afán de protagonismo individual. Agreguemos que, muchos de ellos, ni siquiera saben remar y que, un gran número de tripulantes no es suficiente, si el responsable de la nave tampoco tiene claro hacia dónde ir ni ha desarrollado el liderazgo necesario para comandar la empresa.

Una vez más la formación docente se encuentra girando en el borbollón del torbellino. De los muchos aspectos que afligen al subsistema, el cambio de plan y el carácter universitario que se pretende dar a tal formación, son los más relevantes. Sin que ello implique desconocer los problemas puntuales por los que hoy atraviesa, cuyas soluciones no se avizoran y, mientras tanto, las autoridades pertinentes miran hacia el costado con total inoperancia. Ocupación del centro de estudios por los propios estudiantes, deserción que disminuye indefectiblemente el número de egresados, disminución de la calidad de la formación de los futuros docentes, planes y programas que se elaboran entre gallos y medianoches en el más profundo silencio.

Los cambios educativos anotados en primer término merecen análisis. Como sostiene Pérez Gomar “…en primer lugar se coloca el rol del Sistema educativo, para entender que muchas veces las acciones que emanan del mismo conspiran contra cualquier intento de transformación. Lo que no deja de tener cierta lógica: su excesiva burocratización (además de una politización mal entendida, dónde las jerarquías se sostienen y obedecen más a sus sectores políticos que a su capacidad técnica en el área educativa) hace que sea casi imposible pensar estrategias de cambio que signifiquen cualquier alteración de los intereses que cristalizan en su funcionamiento.”[2]

El plan vigente en la formación docente no cuenta con la mejor evaluación. Ello ha conducido a una propuesta de cambio. No obstante, el proyecto –que aparentemente está hecho o en etapa de elaboración- no se ha dado a conocer aún. No le consta al suscrito que exista al presente la divulgación del mismo. Sólo trascendidos. Nos preocupa saber sobre qué bases se está implementando el nuevo plan y si se trata, nuevamente, de un único plan de formación docente o de planes específicos para magisterio y profesorado. El plan único actual, no dio el resultado querido. Si la propuesta vuelve a insistir en un enfoque asignaturista, donde los docentes luchen por conservar o aumentar la carga horaria de su asignatura; si los contenidos programáticos los elaboran en forma independiente con desconocimiento de los programas de otras áreas y asignaturas, cometeremos los mismos errores que ya hemos experimentado reiteradamente. “Es preciso ver cualquier intento de cambio como una acción sistémica dónde hay diferentes agentes involucrados. Medidas parciales y desconectadas, no tienen buenos resultados. Más bien confunden, sobrecargan el trabajo de los docentes y con el tiempo, son abandonados o bien sobreviven sin pena y sin gloria en los centros.”[3]

Ha sido una característica de la reforma que implementó el actual plan proponer contenidos programáticos, en asignaturas que quisieron ser “innovadoras”, tan particulares que luego no hubo docentes que quisieran o pudieran dictarlas. Resultado: terminó asumiendo la tarea el docente que, carente de horas y con escasa autocrítica y menos responsabilidad aún, vio la posibilidad de percibir un poco más de sueldo. Una vez más, la carreta delante de los bueyes.

Nos enfrentamos a una nueva reforma del plan de formación docente. Abrigamos la esperanza de que los nuevos profesionales de la educación obtengan una mejor capacitación. La mejor formación de nuestros niños y jóvenes, la mejora de nuestra sociedad toda, se juega con ella.

El otro gran cambio está marcado por el perfil universitario del docente. La Ley Nº 18.437, de 12 de diciembre de 2008 (Ley de Educación) dispuso la creación del Instituto Universitario de Educación. También estableció plazos para que se concretara la ley orgánica del mismo. Poco tiempo después se prorrogaron los plazos en forma indeterminada. Transcurrieron diez años ya y seguimos esperando que se concrete. Hay una conformidad casi unánime con dotar a la formación docente de nivel universitario, por eso cuesta entender la no concreción de dicha propuesta. Tres gobiernos frenteamplistas que proclamaron la prioridad de la educación no lograron concretar el proyecto de formación docente universitaria. No es suficiente con cambiar la denominación institucional, es preciso incorporar modificaciones de fondo lo cual implicará y nueva estructura orgánica y funcional (aspectos que dejan mucho que desear en el proyecto de ley que se envió al Parlamento y del cual no habremos de ocuparnos en esta oportunidad). Y, sobre todo, es preciso un cambio de mentalidad y estar dispuestos a aceptar algunos renunciamientos. Ésta actitud debe ser de parte de todos los actores; será el momento de remar juntos en la misma dirección, si pretendemos que la nave avance.

Enriqueta Comte y Riqué, en 1922, haciendo referencia a su proyecto de Facultad de Pedagogía, manifiesta: “A pesar del sincero entusiasmo con que sostengo mis ideas, a partir de aquel momento (el de mi promesa), cada vez que me propongo cumplir el compromiso contraído, veía, planteado por la resistencia que a las cosas nuevas oponen las cosas establecidas, un problema de resolución difícil y no encontrando manera de darle cima sin causar, directa o indirectamente, algún perjuicio a determinados intereses de la organización actual, dejé pasar el tiempo; pero no puedo seguir faltando al deber que me imponen las convicciones formadas en el ejercicio del cargo que desempeño y me decido al fin a presentar, tan práctica como he podido hallarla, la fórmula de funcionamiento del curso cuya implantación solicité, a la vez que expongo con mayor amplitud, los fundamentos de mi pedido.”[4]  Vemos que la resistencia al cambio no es privilegio del momento actual; tampoco la prevalencia de los intereses existentes. Obviamente, esto no es consuelo, es más bien desazón.

Pensar en el cambio de la educación no es empresa fácil. La información que surge de nuestra realidad lleva a reflexionar en la necesidad de una modificación sustantiva del sistema educativo. Dado el grado de deterioro que el mismo ha alcanzado, el cambio deberá abarcar todo el sistema, no obstante lo cual, la formación docente ha de ser atendida con especial urgencia. Como alguna otra vez expresáramos, para que la educación de un país funcione eficazmente se debe contar con buenos docentes, sin perjuicio de buenos planes y programas, así como un régimen de evaluación y pasaje de grado pertinente y efectivo. Hay que reformar tanto lo orgánico como los contenidos.

Ello será posible solo con un quehacer coparticipativo en el que se tengan en cuenta opiniones de todos los actores y se trabaje con la apertura mental necesaria para aceptar los renunciamientos que, en mayor o menor grado, habrá que realizar. Intereses, tanto políticos como personales, mentalidad burocrática y el aferrarse a los cargos, son rasgos que debemos descartar de cualquier reforma. Se necesita accionar con el compromiso, la responsabilidad y la grandeza de espíritu necesarios para que el cambio nos beneficie y enriquezca realmente. Devolver a nuestra educación el lugar de privilegio que supo ocupar, demandará un esfuerzo grande y sin mezquindades. No olvidemos que con ello engrandecemos a la sociedad toda.

Se suele definir a la civilización como la fase superior de la cultura. Somos civilizados, entonces preservemos y mejoremos nuestra realidad cultural. José Enrique Rodó expresó: “La civilización de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidad o de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que dentro de ellas son posibles; y ya observaba Comte, para mostrar cómo en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de sentimiento, sería insensato pretender que la calidad pueda ser sustituida en ningún caso por el número,  ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres, el equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo.”[5]

Animémonos a abordar el bote de nuestra educación remando coordinadamente orientados hacia las superiores maneras de pensar que la engrandezcan y tengamos la honestidad de dejar la mediocridad y los egoístas intereses personales en la orilla. Nuestro esfuerzo, responsable, profesional y ético, nos permitirá navegar con buen rumbo y dejar de estar a la deriva.

 


 

[1]QUIROGA, Horacio (2001): A la deriva, en Cuentos Completos, Tomo I, pág. 175, Cruz del Sur/Banda Oriental.

[2] PÉREZ GOMAR, Guillermo (2013): Cambiar la educación: entre deseos y realidades, pág. 255 -256, Grupo Magro Editores.

[3] Ídem, pág. 259.

[4] COMPTE Y RIQUÉ, Enriqueta (2010): Maestra militante de la vida: Enriqueta Compte y Riqué, pág. 106, ANEP – CODICEN.

[5] RODÓ, José Enrique (2008): Ariel, pág. 85, ANEP – CODICEN.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.