Jueves, 6 de octubre de 2016

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A propósito de la inseguridad

Una vez más hoy vemos en las redes, en el club social, en el baby fútbol, en la calle, cómo los uruguayos nos indignamos y polemizamos por otro asesinato a sangre fría. Lejos del tacto político y la mesura que debe tener el ministro de interior, con total ligereza sugiere “no resistirse a una rapiña”. Frente a la pesadumbre, y el dolor esas palabras se transformaron en provocación. Naturalmente que el mensaje del ministro es sensato, pero la forma y el momento no fueron los más felices, menos para una gestión de 6 años que no para de recoger malos resultados. Las reacciones son inmediatas, las redes sociales son las primeras que reflejan la indignación, se organizan convocatorias en Carrasco y Pocitos, también caceroleo, razón suficiente para que “los detractores” (vaya a saber de qué cosa) ataquen acusando “porte de clase social alta” a quienes con todo derecho se manifiestan por la inseguridad. Acaso la seguridad pública no es un derecho civil, y la violación de ese derecho no es transversal a toda la población, sean jóvenes, adultos, mujeres, hombres, trans, afro, etc?

Ahora bien, una vez aplacados los ánimos, es necesario apelar a la reflexión si no queremos perder el estribo. Aproximarse al menos, a la realidad que vivimos los uruguayos, con la difícil tarea, pero siempre necesaria, de hacer a un lado la indignación y pasiones que son naturales frente a este tipo de hechos.

El tema de fondo es el mismo de hace 10 años. ¿Estamos frente a una sensación de inseguridad, y en realidad estamos tan mal como hace 20 años? En otras palabras ¿es un juego de la oposición que se aferra a un caso conmovedor para capitalizar el tema contra el gobierno? ¿O acaso es real el incremento de la inseguridad? De ser así ¿en qué zonas se padece más la inseguridad?

La respuesta creo que es clara. Estamos frente a un incremento de la inseguridad constante y sonante, guste o no. Antes de esbozar un argumento, es necesario advertir que no pretendo sumar al análisis intelectual que aparece totalmente enajenado de una realidad, pero que no por eso deja de hablar desde una subjetividad propia, de arrogancia y perfil distante respecto a lo que sucede en nuestra sociedad. Hago esta advertencia porque es fácil aprovechar estas instancias de conmoción para ensayar reflexiones de clase, y del por qué, es la “señora cajetilla” quien sale a protestar a la rambla. Sin embargo, nunca nos van a decir que muy probablemente quien acusa a esa señora se acercan mucho a esa vivencia, a un contexto socioeconómico y territorial similar de la persona que señalan con el dedo. Es decir, laburan en una oficina céntrica, si tienen hijos los mandan a colegio privado y luego al club y probablemente viven en barrios donde aún domina la ley y el orden, donde la urbanidad se hace presente con veredas en buen estado, buena frecuencia de ómnibus y buena iluminación.

Seguramente usted se pregunte qué tiene que ver el contexto del sujeto con la opinión y la reflexión sobre el tema de la seguridad. Creo que en este caso tiene mucho que ver, porque hace a la subjetividad con la que vemos, interpretamos y opinamos. En una conversación de corredor que tuve hace unos días sobre este tema me recordaban que esa faceta, la de hablar de una realidad que no se vive, fue lo que evidenció agudamente el cineasta Michael Moore en el documental sobre la guerra de Irak, Fahrenheit 9/11. Cuántos congresistas norteamericanos estaban de acuerdo con invadir en pro de los valores democráticos? casi todos. ¿pero quiénes de esos congresistas mandaban a sus hijos a combatir? Solo uno. Ergo, es fácil hablar si no se padece esa realidad.

 

La inseguridad a diario

Para este caso sucede algo similar. Es fácil hablar si no se viven en las zonas que hoy son más inseguras. Más fácil es si no se trabaja en la calle, o si los hijos no tienen necesidad de jugar en la vereda, sintiendo a menudo los disparos. Porque la paradoja es que la cobertura mediática tiende a visualizar más una manifestación en Pocitos, pero estos hechos ocurren con mayor frecuencia en otros barrios como Casavalle, Lavalleja, Piedras Blancas o Los Palomares. Si no se tiene que hacer los mandados en el almacén del barrio y al llegar encontrarse con que al dueño lo robaron una decena de veces, si no se tiene ir a la parada después de que caiga el sol, o estar atento a la salida de un hijo en el liceo porque le roban el calzado, entonces es más probable que piense que la inseguridad es sensación. Es facilísimo pararse en una postura intelectual si no se vive ese contexto. Es fácil hacer política con eso, para un lado o para el otro. Digamos que izquierda y derecha convergen territorialmente al sur de Montevideo, y eso se nota. Los datos de inseguridad al respecto son contundentes, adjunto una tabla considerando rapiñas y homicidios.

 

Inseguridad creciente ¿un mito?

El otro elemento al que quiero hacer mención es la evolución del delito. Se dice por ejemplo que ya en 1994 habíamos tocado fondo en materia de inseguridad. ¿una justificación? probablemente. ¿es pertienente la comparación? no lo creo. Hay datos que evidencian que el problema es un problema, no una sensación, guste o no. Para tener una idea de la tendencia cabe señalar que el número de homicidios ha evolucionado de 190 en el año 2005, a 221 año 2008, baja a 198 en el año 2011, pero luego oscila entre 289 y 293 casos entre los años 2012 y 2015*. La propia transformación de la sociedad hace que la comparación sea injusta porque son realidades muy distintas, pensemos por ejemplo en el narcotráfico, pero no se puede aducir ligeramente que estamos igual que hace 20 años atrás o que la inseguridad alcanza al que anda “metido en algo raro” como también se ha dicho. Tenemos un problema, así de sencillo.

Lamentablemente el manejo político no ayuda en lo más mínimo. Alcanza ver que se hace todo tipo de evocaciones de un lado y del otro. Pero nunca se escucha poner sobre la mesa que nuestra sociedad está siendo interpelada en cuanto a la garantía de los derechos más básicos, más aun cuanto más en la periferia de Montevideo se vive. No se busca organizar, concientizar y empoderar a los grupos sociales que operan en los barrios y padecen esta sensación real de inseguridad.

Difícilmente se pueda solucionar algo si no se reconoce que tenemos un problema que algunos lo ven de lejos y otros a diario.

 

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Alejandro Guedes

Autor: Alejandro Guedes

Politólogo. Egresado de la Faculta de Ciencias Sociales.Se encuentra cursando la maestría en Ciencia Política (UdelaR). Integrante del Programa de Estudios Parlamentarios del Instituto de Ciencia Política.