Viernes, 23 de diciembre de 2016

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Adiós 2016, año del trancazo

Cuando llegan estos días, nos dedicamos a hacer el balance del año que culmina.

Este 2016 ha sido particularmente complejo. No es un año que pueda ser definido como inmerso en una crisis económica. Tampoco nos vemos en medio de una situación de tormenta institucional. Y sin embargo…

El año comenzó con las noticias generadas por la Comisión Investigadora de Ancap del Senado de la República. Aún no se conocen noticias sobre las conclusiones a las que arribará la Justicia por las denuncias que la oposición efectuó una vez que culminaron las actuaciones de la Comisión. De todas formas, ya sea que se constaten actividades delictivas o no, el sentir de la población es prácticamente unánime en el sentido de que, o bien provocado por los eventuales delitos o bien por una horrenda gestión, la administración de estos últimos años ha sido la peor que se recuerde a cargo de una Empresa Pública.

Irremediablemente, la situación de Ancap se ha vinculado al culebrón que toda la ciudadanía presenció en cuanto a la existencia o no del título profesional del Vicepresidente de la República.

Extrañamente, la duda sobre la existencia del título en cuestión se fue ampliando a situaciones similares en diversos jerarcas de la administración, generando una verdadera epidemia de credibilidad. Aquellos que por sus tareas debieran ser ejemplo de transparencia, sembraron dudas en cosas tan elementales como sus antecedentes curriculares.

La educación siguió siendo tema de preocupación para todos aquellos que piensan que estamos hipotecando el futuro de las próximas generaciones con un sistema que no hace más que generar frustraciones.

Hemos visto como las rencillas internas desplazaron de posiciones de influencia a quienes generaban sentimientos de confianza en la opinión pública.

Desprenderse de técnicos capaces y bien intencionados se convirtió en una constante en el último año.  Así desfilaron en retirada y en distintas áreas Filgueira, Mir, Orrico, Tabacco.

Si buscamos algún consuelo, por lo menos, subyace el convencimiento que el día que un gobierno se instale con la voluntad política necesaria, la conjunción de técnicos de todos los partidos, emergerá capaz de encaminar la dirección de la educación por la ruta correcta. En el gobierno actual no se ha advertido tal voluntad. Tal vez por incapacidad, tal vez por la imposibilidad de enfrentar las posiciones de sectores poderosos de la coalición de gobierno.

La economía confirmó los vaticinios que desde la oposición venían siendo anunciados. El ciclo próspero de una década cimentado en la salida a la crisis de principio de siglo y a la coyuntura internacional favorable comenzó su anunciado enlentecimiento.

Este fue el año, en que quedaron en evidencia las imprevisiones de las dos últimas administraciones, en particular en lo concerniente a la gestión del gasto público y a los errores de gestión de las empresas.

El ajuste fiscal no se hizo esperar. Los efectos se sentirán el próximo enero en el bolsillo de los uruguayos. El aumento de las tasas del IRPF golpeará nuevamente a los trabajadores. El trabajo se convirtió en la víctima preferida de la voracidad fiscal.

También sufriremos el tarifazo del próximo mes. A esta altura recordamos con nostalgia las promesas de las bajas de tarifas que generaría la reconversión de la matriz energética. En contrapartida, se nos plantea con orgullo que el aumento de la tarifa será menor a la inflación pasada. ¡Alrededor de 1% menor! Parece una broma de mal gusto.

En el olvido quedaron las promesas de ahorro,  la evolución del dólar y del crudo que debieran deparar otro nivel de precios en los combustibles, la responsabilidad en la gestión.

También este fue el año en que la inseguridad siguió capeando y la violencia se instaló en las calles, en los estadios, en la vida de la sociedad.

Las autoridades parecen no enterarse de la responsabilidad política que detentan y siguen tan campantes en sus puestos anunciándonos bajas porcentuales mínimas en los delitos tomando datos parciales y escondiéndonos las fuentes de dichos cálculos.

Si no fueran suficientes todos los lúgubres hechos compilados, en los últimos días nos enteramos sobre las presiones que desde lo más alto del Poder Ejecutivo se generaron en la administración pasada inmiscuyéndose en negocios entre privados. No podemos evitar recordar cómo se despidió al entonces ministro Lescano, en esa propensión que se comenzaba a generar de prescindir de quiénes actúan de buena fe.

2016 se va terminando. Ha sido el año del trancazo. Todos los problemas permanecen y se van cerrando puertas para quienes quieren abordar una solución a los mismos.

De todas formas, tenemos la obligación de encarar el futuro con decisión. Nuestro país ha enfrentado en su historia momentos muy difíciles. Crisis económicas diversas, quiebres institucionales siempre fueron vencidos gracias a la voluntad de los uruguayos que apostaron a mantener los valores que caracterizaron a nuestra sociedad.

Aspiremos a que la ciudadanía se esté convenciendo que llegó la hora de asumir la actitud necesaria para vencer los obstáculos.

Si sirve como imagen de optimismo, quedémonos con la de la joven Dolores Moreira. Con poco apoyo y mucho esfuerzo se coronó campeona mundial representando a nuestro pequeño país frente a potencias inmensamente más poderosas.

Si Lola pudo, todos juntos podremos. Los próximos años serán decisivos. Junto con los tradicionales deseos de este fin de año, exhortémonos a que el trancazo comience a disiparse.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).