Lunes, 13 de junio de 2016

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Ajuste Fiscal = Imprevision + Debilidad + Soberbia

“Ajuste fiscal” es el instrumento que usan los gobiernos para equilibrar sus cuentas cuando la coyuntura se torna complicada. Es por eso que su objetivo es esencialmente económico. Sin embargo, su utilización puede generar consecuencias en otras áreas. En particular, pueden afectar el relacionamiento entre la sociedad, el gobierno y los actores que participen en las decisiones a tomar.

El ajuste presentado estos días por el gobierno, tiene algunas características particulares, que no por notorias dejan de tener importancia.

En primer término, el pasaje entre un ciclo de crecimiento sin precedentes, cimentado en favorables condiciones internacionales, a la necesidad de recurrir una vez más al bolsillo del ciudadano, fue sumamente brusco. La percepción es aún peor si consideramos que aún se mantienen frescas en el recuerdo general las advertencias de la oposición sobre el deterioro que se venía produciendo y la soberbia del Frente Amplio defendiendo la gestión de diez años en el gobierno.

Entre los compromisos contraídos por el oficialismo, se destacaba la promesa inequívoca de no aumentar la carga tributaria. Las explicaciones que sobre este aspecto se han venido ensayando son de un infantilismo tal que deja perplejo a más de uno. Pretender que la población acepte que no es lo mismo aumentar los impuestos existentes a crear otros nuevos, linda con el cinismo más exacerbado.

Si de cinismo hablamos, no le van en zaga las evidencias que trascendieron sobre la estrategia trazada entre el Presidente de la República y el Ministro de Economía a efectos de alinear a su “fuerza política”.

Este juego, consistente en el proceso de primero anunciar, después negociar puertas adentro y al final ceder en algo para permitir algún triunfo que se pueda lucir, es de una irresponsabilidad inadmisible cuando de guiar a la República en tiempos de deterioro económico se trata. No deben existir antecedentes de anunciar importantes medidas y después tener que modificarlas porque el propio Partido genera una indoblegable resistencia intestina.

En realidad ya ha quedado claro que el concepto de “Partido” no es lo más asimilable a la fuerza que nos gobierna. Supongo que por esa razón es que sus propios integrantes han popularizado el concepto de “fuerza política”.  Si se me permite el atrevimiento, esta es la denominación amable de lo que muchos llamaban “colcha de retazos”.

Otro elemento digno de destaque es la evolución del discurso del Cr. Danilo Astori, conductor sine qua non de la política económica de los tres gobiernos frenteamplistas, con relación al tan mentado IRPF.

Recordamos su cruzada por la implantación de la Reforma Tributaria de 2007. Insistía por entonces que el IRPF era un impuesto justo, moderador, que generaría ingresos de apenas U$S 300:000.000.- anuales, pero que traería mayor equidad.

Habiendo transcurrido nueve años, el IRPF se ha convertido, tal como lo hemos venido anunciando, en una carga al trabajo de los uruguayos, con un tímido sistema de deducciones que lo hace distanciarse de un gravamen real a las rentas, que genera al Estado ingresos del entorno de U$S 1.400:000.000.- y lo que es peor, se constituyó en piedra fundamental de todo el sistema tributario nacional. Si alguna prueba se necesitaba para evidenciarlo, la misma quedó establecida al basar este ajuste fiscal y toda la discusión que se ha generado fundamentalmente en el mismo.

Tampoco pasó desapercibido el planteo del Ministro sobre el exceso de funcionarios públicos. Parece que no se hubiera enterado, en estos tiempos en que con su habitual tono de docente universitario asumió nivel estelar de protagonismo, que fue cómplice del incremento neto de la plantilla en 60.000 funcionarios. Cifra ésta, que representa anualmente en remuneraciones más de lo que el ajuste fiscal propuesto generará.

El subterfugio utilizado de “consolidación fiscal” no hace más que generar una mayor irritación.

Cualquier ajuste fiscal genera dolor, molestia e impotencia. Pero más aún lo genera si los gobernantes de turno lo presentan enmarcados en la soberbia y la omnipresencia, alejados del sentir popular y responsables de haber desperdiciado las oportunidades únicas que la coyuntura les brindó para poder evitar la aplicación de medidas extremas.

Cada vez ha quedado más claro que no sólo se avasalló el nivel cultural de los uruguayos, se destrozó la cultura del trabajo, se aplastó el nivel educativo, se fue incapaz de encarar soluciones al problema de la seguridad. También queda en evidencia que tal vez por incapacidad, tal vez por debilidad en enfrentar a los radicales de siempre, tal vez por la soberbia en el pensar y el hacer, tampoco se tuvo éxito en dirigir la política económica por la senda de la planificación y la previsión que permitieran estar al abrigo de coyunturas adversas.

Se le adjudica al director y actor francés Jacques Tati la frase “Habría una manera de resolver todos los problemas económicos: colocarle impuestos elevados a la vanidad”. Si aplicáramos esta premisa, los integrantes del gobierno estarían clasificados como grandes contribuyentes.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).