Martes, 9 de mayo de 2017

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Al final el Diablo los gobernó

“Llegar el poder es fácil, basta pactar con el Diablo, el problema es que después el Diablo es el que gobierna”. Esta frase, palabra más palabra menos, es atribuida al Gral. Domingo Perón (sin dudas el político más influyente del siglo XX en Argentina), y seguramente está inspirada en la leyenda germánica de Fausto. Sin embargo, esta antigua leyenda germánica ajusta perfectamente a la realidad de una importante masa de ciudadanos uruguayos que en las últimas cinco elecciones (desde 1994 a la fecha) han votado al Frente Amplio (FA).

Intelectuales, con un nivel cultural por encima del promedio de la sociedad, residentes en Montevideo principalmente, en muchos casos con estudios universitarios terminados, encontraron en el FA el refugio que los cobijó al sentirse desamparados por no encontrar en el Partido Colorado o el Partido Nacional una opción con la cual se sintieran identificados. Afines al Batllismo de Batlle y Ordoñez, o al Neo Batllismo de Luis Batlle los de raigambre colorada, y al Wilsonismo los de origen nacionalista, sentían que los partidos denominados tradicionales habían sufrido una metamorfosis que los volcó hacia lo que se denomina posturas conservadoras o de derecha, dos palabras que la intelectualidad de izquierda ha sabido estigmatizar con singular suceso.

El punto de quiebre fue sin dudas el plebiscito por la famosa Ley N° 16211, también conocida como Ley de Empresas Publicas, sancionada durante el gobierno del ex presidente Luis Alberto Lacalle. La discusión de esa Ley, implicó una dura batalla de la cual el gran favorecido fue el Cr. Danilo Astori, quien logró convencer a parte de la ciudadanía votante de los partidos tradicionales, pero disconforme con su remozado ideario, que dentro del FA existían conductores sensatos, con un perfil técnico y despegados de las propuestas clásicas de origen marxista leninista (repudiar la deuda externa, estatizar todo tipo de actividad económica, etc.).

En la siguiente elección, en el año 1994, el FA alcanzó prácticamente la tercera parte del electorado (30.61%), cuando en el año 1989 había obtenido el 21.23%, es decir, un crecimiento de prácticamente el 50% durante el quinquenio. El resto es historia conocida, la reforma constitucional del año 1996 solamente pudo postergar el inexorable triunfo del FA cinco años, y a la postre, lo salvo de enfrentar la peor crisis de la historia moderna del Uruguay como fue la sufrida en 2002, la cual hubiera sepultado las aspiraciones de continuidad en el ejercicio del poder de esa fuerza política.

A partir de 1994 el FA fue nutriéndose de esos votantes “moderados”, los cuales se inclinaban a votar sectores como Asamblea Uruguay, Partido Socialista o la Vertiente Artiguista. El proceso fue acumulativo y alcanzó su punto más alto en octubre de 2004.

Evidentemente para alcanzar el gobierno en primera vuelta con el sistema electoral vigente, era necesario contar con una base amplia, lo cual implicó lograr consensos entre corrientes que presentaban matices importantes (por no decir discrepancias irreconciliables). El FA necesitó además de este grupo de moderados intelectuales, nutrirse de otros electores, los cuales estaban en las antípodas de los mencionados anteriormente, los cuales encontraron en el Movimiento de Participación Popular (MPP), encabezado por el ex presidente Jose Mujica la puerta de entrada. El carismático líder del MPP fue el responsable del aumento del caudal electoral de su agrupación, y uno de los impulsores, sino el principal, del crecimiento a los niveles del entorno del 50% del FA. Pero como dijo el Gral. Perón, el popular Pepe creció tanto que sus votos se empezaron a cotizar. Su opinión, justificadamente, dado que estaba avalada por el respaldo popular, fue cobrando cada vez más incidencia y peso en la interna de la fuerza política. Ese aliado que servía para juntar votos que permitieran alcanzar el poder, pasó de ser un apoyo a convertirse en el motor, y si algo caracteriza al MPP es estar alejado en sus intereses e ideas de los moderados social demócratas, afines a ideas liberales en lo social (partidarios de la despenalización del aborto, reducción en las penas a delitos principalmente cometidos por menores infractores, de la enseñanza laica, cuestionadores de la represión policial y más aún la militar, etc.), pero conservadores en el plano económico (partidarios del Estado proteccionista, enemigos del libre mercado, de la concentración de capital, etc.).

Llegó el primer gobierno del FA, y se aplicó la reforma tributaria, con el IRPF como buque insignia, un impuesto cuya principal carga recae sobre los asalariados con ingresos medios o altos, en muchos casos derivados de una mayor capacitación que determina la capacidad de generar un mayor valor agregado. A los jubilados les tocó el IASS, el sucedáneo del IRPF, luego que éste fuera declarado inconstitucional, episodio que fue la muestra más acabada de cómo esta reforma iba a ponerse en marcha al precio que fuera necesario, si no pasaba por la puerta que entrara por la ventana. Incluso los jubilados que presentaron recursos de inconstitucionalidad tuvieron que ver como el en esa época futuro presidente José Mujica los tildaba de “viejos platudos” que se quejaban de llenos.

Tras de cuernos palos, se puso en marcha el SNIS, y quienes estaban afiliados al antiguo sistema mutual se vieron obligados a pasar al nuevo sistema de cobertura de salud, pudiendo ver que esta reforma implicaba un mayor costo y un deterioro en el servicio.

A eso se debe sumar que ese período fue el de mayor extranjerización de la tierra, grandes capitales, en muchos casos de origen argentino, adquirieron enormes extensiones de tierra.

En síntesis, la carga de las reformas a llevar adelante, la redistribución de la riqueza tan pregonada por el FA, la justicia social, quedó demostrado que no iba a propiciarse mediante una transferencia desde los sectores más acomodados, propietarios de los recursos productivos, sino principalmente desde las clases medias, en particular de aquellos asalariados cuya formación les permitió acceder a empleos con mejores retribuciones.

El segundo gobierno del FA profundizó estas situaciones, pero más en la forma que en el fondo. En realidad la maquinaria ya había sido montada durante el quinquenio 2005 – 2010. El gobierno del ex presidente José Mujica lo que mostró fue un mayor sinceramiento quizás, ya que el primer mandatario no es tan amigo de los eufemismos, y en reiteradas oportunidades mostró su desprecio hacia las clases medias, los sectores que a su juicio son acomodados y deberían sentir un complejo de culpa por la existencia de clases desposeídas. Después de asegurarse al Cr. Danilo Astori en la fórmula como imagen de solvencia, seriedad y estabilidad, el ex presidente Mujica montó un equipo económico paralelo en la OPP que en reiteradas ocasiones torció el brazo al equipo económico del MEF, encabezado por el Ec. Fernando Lorenzo, quien a la postre, junto al Ec. Fernando Calloia, terminaron siendo las víctimas más notorias de las desprolijidades de la administración Mujica, tras el episodio del fallido intento de remate de los aviones de Pluna, el aval del BROU y la foto junto al empresario López Mena en el restaurante Lindolfo.

Este episodio fue quizás el primer punto de quiebre para estos votantes intelectuales del FA, la infalibilidad e incorruptibilidad del FA que era dogma, pasó a ser una falsedad aceptada con resignación.

La síntesis del segundo gobierno del FA fue una frase acuñada por el propio ex presidente Mujica que lo pinta de cuerpo y alma: “Lo político está por encima de lo jurídico”, en otras palabras, el fin justifica los medios.

La postulación del Dr. Vázquez para un tercer gobierno revitalizó a los votantes moderados, pero el presidente que volvió no era el mismo que se fue, ya no se le tolera todo, y además dentro de su propia fuerza política se lo cuestiona con inusitada virulencia. La reforma en la educación, tema que a esta altura nadie duda que es necesaria, naufragó antes de nacer, y cobró entre otra de sus víctimas a técnicos de la talla del Dr. Fernando Filgueiras. La única medida en la cual el gobierno contó con el aval de la fuerza política y que le permitió llevarla adelante fue el ajuste fiscal, que no es otra cosa que una profundización de la reforma tributaria instaurada durante el primer gobierno del Dr. Vázquez, es decir, incrementar más aún los impuestos a los sectores asalariados de ingresos medios o medio altos.

En síntesis, la disconformidad con los partidos tradicionales que motivó una voluntad de cambio en varios sectores de las clases medias uruguayas, no terminó siendo otra cosa más que la entrega del poder a una fuerza política que los castigó. Se abrazaron al Diablo, y como dijo el extinto Gral. Perón, el Diablo terminó gobernando.

Ciro Mata

Autor: Ciro Mata

Ingeniero Electricista (Universidad de la República, UdelaR, 2003). Postgrado en Administración de Empresas (2004) y Maestría en Administración de Empresas (MBA) (2006), Universidad Católica del Uruguay. Postgrado en Metodología de la Investigación, Universidad de la Empresa en (2012). Ejerció como docente en la Facultad de Ingeniería de la UdelaR y actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de la Empresa y la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica del Uruguay. Profesionalmente se ha desempeñado en UTE como subgerente del Área Planificación.