Jueves, 14 de septiembre de 2017

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Alfabetización, analfabetización y (an)alfabetización

El 8 de septiembre se cumplen 51 años de la proclamación del Día Internacional de la Alfabetización. Esta declaración de la UNESCO propuso “movilizar a la comunidad internacional y fomentar la alfabetización como instrumento para empoderar a las personas, las comunidades y las sociedades”. “La alfabetización en la era digital” es el eje del Día Internacional de la Alfabetización en septiembre de 2017.

La UNESCO no aventura un concepto único de alfabetización. “Más allá de su concepto convencional como conjunto de competencias de lectura, escritura y cálculo, la alfabetización se entiende hoy día como un medio de identificación, comprensión, interpretación, creación y comunicación en un mundo cada vez más digitalizado, basado en textos, rico en información y en rápida mutación”. (http://es.unesco.org/themes/alfabetizacion)

Precisamente, la idea de “concepto convencional” me motiva a escribir estas líneas, sin soslayar la preocupación que manifiesta el organismo internacional por la educación y sin desconocer la denominada Agenda 2030.

Resulta fundamental reconocer los objetivos de la UNESCO para la promoción de la alfabetización: “Construir bases sólidas en favor de la enseñanza y protección de la primera infancia; proveer una educación básica de calidad para todos los niños;  ampliar los niveles de alfabetización funcional para jóvenes y adultos que no poseen las competencias básicas de lectoescritura; desarrollar entornos de alfabetización”. (Op. Cit.)

Me parece oportuno, a esta altura del siglo XXI, al hablar de la alfabetización digital, discutir (o seguir discutiendo) sobre el concepto alfabetización. Asimismo, considero conveniente reflexionar sobre ese término, para marcar la diferencia con el vocablo alfabetizar o para, en definitiva, concluir que la alfabetización es el resultado de la acción de alfabetizar.

La evolución y diversidad del concepto alfabetización  es tan evidente -incluso como se desprende de la definición de la UNESCO- que deberíamos observar con cuidado, cuando nos hablan de países alfabetizados, a qué concepto efectivamente se refieren, para saber qué reflejan y representan los números.

Por eso, nuestra preocupación no se restringe a la evidencia del analfabetismo, sino también a la de alfabetizar y también a la de alfabetización.

Estudios recientes plantean que existen unos 700 millones de analfabetos en el mundo, distribuidos en unos 35 países, aproximadamente. Esta cifra me obliga al uso de adjetivos: dramática, dolorosa, vergonzante. Sin embargo, presentado de esta manera, aunque truculenta, impresiona que se trata de números que, con un poco de navegación en Internet, se pueden localizar, hasta apreciar su distribución en un planisferio. Esa tarea puede ser interesante porque son muchas las sorpresas que podemos encontrar, aunque, convengamos, la densidad de analfabetos en el continente africano se destaca.

Tal vez por la fibra docente, me gusta llevar datos a experiencias concretas. En 1998 escuché a Emilia Ferreira, en un congreso de lectura y escritura en Perú. Planteaba que en la década de los ’60 los educadores aspiraban a que todos los niños en el dos mil tuvieran su lápiz y su cuaderno. Llegado el dos mil, los educadores pretendían que todos los niños tuvieran una computadora; sin embargo, muchos, en el ’98, aún no habían alcanzado ni el lápiz y ni el cuaderno.

En 2017, evoco las palabras de la prestigiosa educadora e investigadora y temo que la mayoría de esos 700 millones de personas (dije “personas”; no, “individuos”) no saben qué significa disfrutar un lápiz o un cuaderno de 50 hojas.

Impresiono exagerado. Pero es significativa la lectura de “Adiós, Niassa.”, de Mauricio Bergstein (Fin de Siglo, 2012).  Me ayuda a imaginar el escenario. Al llegar a una escuela “El maestro nos mostró el aula. No se trataba de austeridad, sino de vacío. Dos agujeros para marcos de ventanas que no existían, otro más grande para una puerta que tampoco estaba. No tenían lápices, gomas, cuadernos, pizarra; sobre el piso de tierra habían clavado cuatro filas paralelas de horquetas. A cada par las unía un tronco para que los alumnos tomaran asiento. Nada más”. ¿Allí estaban alfabetizando?

Ahora bien, el dramatismo de esta descripción, sumado a los datos anteriores, da la sensación de que en estos espacios se debería concentrar la preocupación de los alfabetizadores.

Partir de este precepto sería un acto casi irresponsable. A esos millones de seres humanos analfabetos habría que sumar aquellos que son considerados alfabetizados desde perspectivas caducas. Y, por qué no, llamarlos (an)alfabetos.

Un número significativo de los “alfabetizados” no lo son, en relación con el concepto que, desde mi punto de vista, debería privilegiarse o que considero relevante. En general, tenemos la costumbre de encasillar los conceptos desde espacios ideológicos. Es inevitable y no eludo la responsabilidad.

Considero que la alfabetización es la columna vertebral de la construcción de la ciudadanía y, además, la garantía del ejercicio y del pleno goce de la libertad, gracias a la acción permanente de alfabetizar. Alfabetización es concepto. Alfabetizar es acción.

Desde esta perspectiva, jamás se lograría el  cien por ciento de la alfabetización; cuando un país se acerca a ese porcentaje, las cifras se transforman en datos francamente relativos. Cobra relevancia el estudio del proceso más que el resultado fotográfico, por los riesgos de fidelidad de la imagen que registra el modelo de máquina fotográfica elegida.

Alfabetizar es una acción o proceso que, de ninguna manera, se reduce a la escrituración de la oralidad. Alfabetizar es desarrollar la competencia comunicativa de cada habitante de un país para que desarrolle su capacidad de discernir. Discernir implica comprender, entender y elegir. Por lo tanto, alfabetizar es la acción fundamental del sistema educativo en un sistema democrático y republicano. Cuando un país o los responsables de la educación (autoridades, docentes, familias…) logran que la población se sienta alfabetizada, se acercará al índice de alfabetización que tanto preocupa para exhibir a nivel internacional.

Ahora bien, no es capricho o ingenuidad que hable de “competencia comunicativa” y que no aluda solo “competencia lingüística”.

Una persona alfabetizada debe estar, desde lo lingüístico, en condiciones de comprender, entender y producir textos y, además, comprender y entender otros tipos de mensajes no lingüísticos que complementan o sustituyen a aquellos, en cualquier dimensión del saber. Leer y escribir en todos los soportes existentes o imaginables es un componente del proceso de alfabetizar. Un ser alfabetizado no solo debe estar en condiciones de comprender lo dicho. Cada vez cobra más importancia lo no dicho. Las implicaturas no se ven ni se escuchan, pero están y hay que enseñar a descubrirlas. Hay que alfabetizar en las implicaturas. De lo contrario… será difícil “empoderar a las personas, las comunidades y las sociedades”.

Oscar Yañez

Autor: Oscar Yañez

Egresado del IPA y especialista en docencia de educación media