Viernes, 29 de junio de 2018

MENU

Argentina, Uruguay y los mercados

En las últimas semanas la región estuvo muy convulsionada. El caso más notorio es el argentino, pero en Brasil también hubo turbulencias y nuestra pequeña economía se vio afectada por la suerte de nuestros vecinos.

Quiero detenerme en Argentina, pero no para analizar la coyuntura económica que vaya si lo merece, sino para explicar qué significa acordar con el FMI y comparar esa situación con la nuestra, donde la preocupación es mantener el grado inversor, ya que son temas que están muy relacionados y diferencian nítidamente al manejo macroeconómico en uno y otro país.

El FMI es una de las instituciones que nació tras los acuerdos de Bretton Woods, el hotel en New Hampshire, donde se llevó a cabo una reunión a fines de 1944 entre los países occidentales tendiente a crear los mecanismos que evitasen los problemas económicos que llevaron a las catástrofes de las décadas anteriores. Surgieron el FMI y el Banco Mundial (BM). El primero con el objetivo de asistir a los países que enfrentaban problemas de balanza de pagos y el BM contribuyendo con planes de desarrollo.

La historia económica de nuestros países a partir de los años 50´s está marcada por los distintos acuerdos que hemos alcanzado con estos organismos. Pero cada uno de ellos con funciones distintas. Los gobiernos acuden al BM en busca de asistencia en planes de desarrollo. Por ejemplo, el BM dio una mano muy importante al gobierno uruguayo cuando se implementó la reforma del sistema de seguridad social en el año 1996. Aquella, que tal vez haya sido la última gran reforma estructural, permitió sanear las finanzas públicas a largo plazo y ayudó al país a alcanzar el grado inversor.

El caso del FMI es distinto. Interviene, o mejor dicho se le pide ayuda cuando hay dificultades en el frente externo. Hablando en criollo, cuando el país no puede hacer frente a sus compromisos, o sea no puede pagar su deuda.

Y esta fue la razón por la que Argentina debió recurrir al FMI. Recordemos brevemente como se llegó a esta situación. El gobierno de Macri heredó una situación fiscal muy delicada, con un déficit que se acercaba al 9% del PIB. El cambio en la política económica anunciado, pero también las distintas formas y hasta una actitud ética distinta a su antecesora, generaron una gran expectativa. No menos importante fue el hecho de que el país no estaba endeudado, ya que hasta ese momento Argentina era un paria para los mercados, a los que había repudiado.

Con la nueva administración volvió el financiamiento, pero el déficit no se pudo abatir y permanece en el entorno al 7%. La vuelta a los mercados permitió financiar ese agujero, pero la velocidad a la que creció la deuda fue tal, que ante un cambio en el contexto internacional y un desequilibrio creciente del sector privado asustó a los mercados y le cerraron el grifo al gobierno argentino.

Es por ello que debió recurrir al FMI. En su momento se dijo que era la mejor opción ya que se trataba de financiamiento más barato. Esto no es así, ya que por definición el FMI no presta en condiciones normales, sólo cuando hay dificultades. Y segundo, por que el dinero que presta no es para uso discrecional del deudor, sino para recomponer reservas.

De hecho, Argentina sigue necesitando de financiamiento “normal” para hacer frente a su elevado déficit. El haber acordado con el organismo internacional es una buena señal, pero fundamentalmente es buena para los acreedores, los mercados. ¿Por qué?  Pues por que los desembolsos son para recomponer reservas que eventualmente se usarían para pagarles. A su vez, el ajuste al que se compromete el gobierno argentino apunta al abatimiento del déficit, lo que vuelve sustentable la trayectoria futura de la deuda y por ende la capacidad futura de pago. De esta manera retorna la confianza de los mercados en la Argentina (como le dicen nuestros vecinos a su país) y le vuelven a prestar.

Con lo anterior no quiero que se me malinterprete y se lea lo escrito como una nota negativa hacia los mercados. Por el contrario, son fundamentales para el normal funcionamiento de la economía. Sin financiamiento no hay inversión ni crecimiento.

El problema no son los mercados, sino las razones por las que se acude a ellos y el monto de la deuda que se genera. Si el motivo es un déficit creciente, debido al incremento del gasto corriente, a la corta o a la larga los mercados se van a cerrar por que van a evaluar con razón que no van a recuperar lo invertido y esa economía se verá obligada a ajustar. Precisamente el caso argentino.

A diferencia del vecino allende el Plata, los mercados ven con otra cara a Uruguay. De hecho, el país cuenta con el grado inversor que le otorgaron las principales calificadoras de riesgo. Estas agencias evalúan a todos los emisores de deuda, sean soberanos (países) o privados (empresas). Sus análisis se centran en evaluar la probabilidad de un emisor en poder hacer frente a esos compromisos.

Para ello, en el caso de la deuda soberana analizan al país desde el punto de vista de la estabilidad política, fiscal, económica y financiera y la capacidad para reaccionar ante shocks externos.

El contar con grado inversor indica que la probabilidad de hacer frente a los compromisos es alta, lo que torna a quienes poseen esa calificación como destino para muchas inversiones financieras. Indirectamente también atraen las inversiones en el campo real, ya que la evaluación general de la economía es favorable.

Pero por su propia esencia, el foco del análisis está en la capacidad de hacer frente a los compromisos y en última instancia el análisis se centra en la solvencia fiscal y la liquidez de la economía en cuestión.

Aquí empiezan a aparecer los problemas para Uruguay. Desde el año 2014 el déficit fluctúa entorno al 3,5% del PIB y las perspectivas para el mediano plazo son que se deteriore y pueda llegar al 4%.  Ello implicó que la deuda haya crecido en el período. Si nos centramos en la deuda del consolidado gobierno central-BPS, que es el corazón del sector público y aquella parte sujeta al Presupuesto, en los últimos cuatro años la deuda trepó del 39% del PIB a casi el 50% en la actualidad.

Eso es un llamado de alerta para los mercados que empiezan a ver con otros ojos al país. Y si bien todavía no lo castigaron es por otra variable a la que le asignan gran importancia: la liquidez del gobierno. Al mes de marzo del presenta año los activos líquidos del gobierno ascendían a US$ 2.218 millones, lo que le permite hacer frente a más de un año de amortizaciones. A su vez el gobierno cuenta con líneas de crédito contingente por US$ 2.400 millones. Es decir que Uruguay tiene bien cubierto el financiamiento de las amortizaciones por los próximos dos años.

Esta es la variable a la que los mercados más se le presta atención. Por cierto que si la situación fiscal se sigue deteriorando, llegará un momento en que el mercado pedirá primero una tasa mayor, se recurrirá a las líneas contingentes y la fortaleza financiera desaparecerá. No será algo tan abrupto como le pasó a Argentina en los últimos meses, pero llegará. Para evitar que ello acontezca, el abatimiento del déficit es clave.

 

Horacio Bafico

Autor: Horacio Bafico

Economista Egresado de la UdelaR. Profesor de Economía y Sociedad Uruguaya e Indicadores Económicos en la en la Universidad ORT. Dicta clases sobre Fundamentos Económicos del Diploma de Especialización en Desarrollos Inmobiliarios en dicha universidad. Asesor de la Cámara de Industrias del Uruguay 1987-1995. Asesor de la Asesoría Macroeconómica y Financiera del Ministerio de Economía y Finanzas entre 1999y 2003. Director de dicha Asesoría entre 2003 y 2004. Asesor del Director Ejecutivo por Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay en el Directorio del Banco Mundial. El cargo implica la representación del Uruguay ante el Directorio del Banco Mundial (2004-2005). Consultor de organismos internacionales (BID, PNUD, OIT). Consultor y asesor de empresas en temas económicos y financieros.