Martes, 24 de octubre de 2017

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Cien años de la revolución olvidada

Casi en silencio, por estos días se conmemoran los 100 años de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia.

Segunda fase de la revolución comenzada en febrero de ese año, que llevó a la abdicación del zar Nicolás II y al surgimiento, en 1922, de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), la revolución bolchevique marcó la historia del siglo XX.

Confrontación ideológica, guerras y revoluciones en todo el mundo, millones de muertos en los campos de trabajo y en los patíbulos de la justicia popular y vidas jóvenes truncadas por su consagración a “…mejores aunque irrealizables devenires”, como definiera Don Pepe Batlle, en editorial de El Día de 1924, al propósito de Lenin y de los bolcheviques, fueron su consecuencia.

Por eso, para quienes nacimos en plena Guerra Fría y nos formamos en su agobiante atmósfera de confrontación bipolar, no deja de sorprendernos la indiferencia con que se vive el acontecimiento.

Ni siquiera quienes siguen identificándose con el marxismo leninismo parecen reivindicar y recordar la fecha de acuerdo con su importancia histórica.

Tal vez sea porque la implosión de la URSS en 1991, no fue sino la confirmación del tantas veces negado fracaso de la revolución bolchevique en su propósito de regenerar al ser humano y crear una nueva forma de sociedad.

Ya en 1924, Don Pepe Batlle, en el referido editorial de El Día a propósito del fallecimiento de Lenin, afirmaba que “…su muerte ha sido oportuna: ha desaparecido en el momento en que la revolución se extingue. Ninguno de los otros hombres que colaboran con él en la tarea gubernativa puede comparársele… De acuerdo a todos los informes que llegan, esa gigantesca aventura ha fracasado, ya que se vuelve a desandar lo andado, lenta pero firmemente.”

Al igual que la revolución cubana 50 años después, la revolución rusa de 1917 inspiró en el mundo entero la simpatía y la esperanza de quienes vieron en ellas la consagración del anhelo de libertad y de justicia social que mueve al ser humano.

En el mismo editorial, titulado “De pie, murió Lenin”, Batlle daba cuenta de esa expectativa prontamente malograda por el autoritarismo y la intolerancia intrínsecos de una ideología mesiánica y totalitaria: ”Una revolución comunista se explica perfectamente en un país autocrático como lo era la Rusia zarista, del mismo modo que sería absolutamente inconcebible en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y los demás países en que el régimen democrático ha alejado la necesidad de los grandes y arriesgados saltos al vacío.” 

Tal vez ese fracaso y esa decepción expliquen que a solo 25 años de la desaparición de la URSS, todo lo que significó y simbolizó se haya desvanecido al punto que nada signifique para las nuevas generaciones. Que nada de ella aporte a los debates de actualidad.

Avanzado el siglo XXI, la democracia liberal y la economía de mercado no enfrentan un desafío filosófico-político real; el comunismo dejó de ser una alternativa.

Hoy, la creciente interdependencia económica, social, cultural y política que conocemos por globalización y los avances tecnológicos, que todos los días presionan los límites de lo ético y ponen en cuestión los derechos de las personas, hacen correr los debates por otros carriles.

La renovada reivindicación de los particularismos regionales, étnicos y sociales, el reclamo de respeto y promoción de lo diverso y la diversidad, el desafío que para la democracia y sus valores humanistas representan los populismos y las corrientes teocráticas y fundamentalistas y el relativismo axiológico y el subjetivismo que desdibujan el sentido del deber y que han puesto en entredicho y debilitado el sentido de comunidad en nuestras sociedades, son hoy los temas en controversia.

A diferencia de la Revolución Francesa de 1789, que legó al mundo la reivindicación y el anhelo perennes de libertad, igualdad y fraternidad, la Revolución de Octubre de 1917, tan omnipresente mientras duró, no dejó legado alguno.

Ello tal vez explique por qué los 100 años de aquellos “10 días que estremecieron al mundo” según la obra épica de John Reed, han pasado prácticamente desapercibidos.

Qué paradoja.

José Garchitorena

Autor: José Garchitorena

Abogado y funcionario. Actualmente es Ministro de la Corte Electoral. Integró el directorio de UTE entre 2010 y 2012. Miembro electo de la Junta Electoral de Montevideo (2000-2005). Integrante de la Asamblea del Claustro de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de la República entre 1987 y 1989. Afiliado al Partido Colorado desde 1983, fue Prosecretario General del mismo. Es miembro de diversas instituciones culturales y sociales. Colaborador de diversas publicaciones periodísticas. Es autor de los libros Manual Práctico de Derecho Electoral Uruguayo y de Historia de un mito, las elecciones de 1971 y la denuncia del Partido Nacional.