Viernes, 8 de abril de 2016

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Como el Uruguay no hay, ¿o no había?

Cuando hace unos meses mis hijos me esperaban en casa con ceño fruncido y talante sombrío supuse que algo no andaba bien. A continuación me narraron su preocupación sobre una publicación de facebook. La misma, a la que yo ya había accedido, contenía mi foto junto a la de otros ciudadanos bajo el poco estimulante título de “Lista de judíos abominables de Uruguay”.

Si bien mis hijos están bastante curtidos desde su infancia, donde en medio de la crisis sufrían en la escuela las chanzas sobre los políticos entre los que estaba su padre, no debe ser para nada agradable ver la foto de su progenitor en una página donde el odio, la xenofobia y la discriminación campean.

Aquella noche, el intercambio con mis hijos terminó entre bromas y risas. Con contundencia les hice ver que esto es Uruguay, país que recibió a nuestros ancestros para brindarles libertad, seguridad y convivencia a las que difícilmente podían acceder en sus países de origen. Fue con el esfuerzo de sus abuelos y el beneplácito de la sociedad en general que sus padres accedieron a la educación que les permitió forjar un hogar y un destino e incluso ocupar honrosas posiciones al servicio del país. No sería por el desvarío de algún “loco suelto” con ansias de trascender por medio de la web, que debiéramos temer. A fin de cuentas, les dije, pese a los vaivenes de la economía, al deterioro en educación y seguridad, la tan mentada frase de “como el Uruguay no hay”, acuñada en la primera mitad del siglo XX, sigue vigente.

La velada narrada quedó en el recuerdo familiar como una más de las que compartimos entre comentarios de actualidad, política y fútbol. Sin embargo los sucesos de los últimos tiempos ponen un gran signo de interrogación a las conclusiones que alcanzamos.

Hace un par de años, Juan Carlos Doyenart escribió el libro “Como el Uruguay no había”. En él cuestiona la vigencia de la mítica frase. Doyenart hace hincapié en aspectos sociológicos y económicos.

Lo cierto, es que hace un mes en la ciudad de Paysandú, mataron a un ciudadano jefe de familia ejemplar. Querido por todos su coterráneos, preocupado constantemente por el quehacer de la sociedad que integraba, fue asesinado por su condición de judío.

Hecho espeluznante si los hay. Casi imposible de comprender en cualquier país occidental, mucho más difícil de hacerlo en el país abanderado de la convivencia; el país donde la escuela pública vareliana igualó a pobres y ricos, blancos y negros, creyentes o ateos; el país que se nutrió de la inmigración proveniente de las más disímiles comarcas para forjar su desarrollo en base al trabajo de esos inmigrantes.

Si terrible es cualquier muerte, como muchas de las que venimos presenciando originadas por el aumento de rapiñas violentas, inexplicable es aquella generada por la condición de raza, creencia, color o género de la víctima.

Habrá quienes justifiquen la acción criminal como la obra de una solitaria mente enferma. No nos engañemos. Si bien seguramente dicha acción provino de una mente deteriorada (como son siempre la de los fanáticos fundamentalistas), existen en nuestra sociedad signos notorios de desgaste en el nivel de convivencia. Si se requiere alguna demostración de ello basta navegar por el estado de violencia caracterizado por los deleznables insultos que abundan en las redes sociales, como por ejemplo lo incalificable de la mayoría de los comentarios publicados en respuesta a la carta del hijo de David Fremd publicada en el diario “El País”.

Es suficiente salir a la calle para advertir el estado de violencia que existe en nuestra sociedad. En el tránsito, en el trato entre vecinos, en el fútbol.

¡Qué lejos estamos de aquella sociedad integradora que recordamos de la narración de nuestros padres!

¿Qué hemos hecho para llegar a este punto? O mejor aún, ¿qué es lo que no hemos hecho?

Las respuestas a estas interrogantes requerirían sesudos trabajos y extensos seminarios. Pero hay algunas realidades incontrastables. Hemos permitido que el nivel de la educación que fuera orgullo de nuestro país cayera a niveles insospechados. Permitimos también, que se resquebraje la esencia de los valores que conforman la integración de la sociedad. Aceptamos pasivamente, que aún desde principales actores del quehacer nacional, se desvirtuara el valor del trabajo. La chabacanería es festejada y la corrección en el hablar y el pensar vilipendiada.

Horas difíciles nos esperan como sociedad si no trabajamos por revertir el proceso de quebranto de los valores que nos hicieron un colectivo singular.

Todavía hay esperanza y a ella nos debemos aferrar en forma activa. La marcha organizada espontáneamente en Paysandú como repudio al trágico crimen es una demostración clara de las ansias de una sociedad por mantener los valores sustanciales de la convivencia. Seguramente lo mismo ocurrirá con la convocatoria a la concentración que se viene programando bajo el lema de “Una convivencia pacífica contra todo tipo de violencia”.

La apuesta al triunfo de la mayoría que quiere velar por la salud de la Sociedad sobre la minoría violenta y xenófoba es vital para nuestro futuro. Como dijera Martin Luther King: “Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos”.

Para aprenderlo se requiere un gran esfuerzo de todos y la convicción de la necesidad de volver a la vigencia de los valores que nunca debimos haber perdido.

Parafraseando a uno de los hijos de David Fremd: “El odio se combate con luz”

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).