Martes, 20 de junio de 2017

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Corrupción y Democracia

Cuando en un futuro más o menos cercano, los historiadores analicen el período de nuestra historia que se generó a partir de la restauración democrática, seguramente caracterizarán cada uno de los gobiernos que se vinieron sucediendo.

Es así, que el primer gobierno de Julio María Sanguinetti estará identificado con la restauración democrática y el cambio en paz, el de Luis Alberto Lacalle estará vinculado a la discusión sobre las empresas públicas y la inserción regional, el segundo de Sanguinetti será recordado por los intentos de reformas (seguridad social, educación, etc.), el de Jorge Batlle por la lucha contra la crisis que asoló nuestro país y el primer gobierno de Tabaré Vázquez por la llegada de la izquierda al gobierno, aparte de iniciativas a ser recordadas como el Plan Ceibal.

¿Cuál será el sello distintivo que la perspectiva histórica brindará a la gestión del gobierno de José Mujica y las consecuencias que éste abatió sobre el segundo gobierno de Vázquez?

Más allá que reconozco que hubo un importante protagonismo en lo que se ha dado de llamar la agenda de derechos, los sucesos que se han venido desarrollando en los últimos tiempos nos van dando la pauta que se ha instalado sobre nuestra Sociedad, como nunca en sus anales históricos, la sombra de la corrupción.

El origen etimológico del término “corrupción”,  proviene del latín, del vocablo “corruptio”, conformado por el prefijo “con”, sinónimo de “junto”, el verbo “rompere”,  que significa “hacer pedazos” y el sufijo “tio”, que significa “acción y efecto”. Muy elocuente el origen de la palabra en cuanto a las consecuencias que dicha acción genera cuando se instala en una Sociedad.

Seguramente se podrá sostener que siempre han existido corruptos en todos los gobiernos, sea cual sea el signo de los mismos. Es cierto. Constituiría una ingenuidad sostener que organizaciones, instituciones y agrupaciones integradas por hombres y mujeres puedan estar ajenas a ser inoculadas por este flagelo.

De hecho, siempre hemos puesto por delante los ejemplos de gobernantes que fueron ejemplo por su honestidad y austeridad. A vía de ejemplo, citemos los ejemplos de Joaquín Suárez en el siglo XIX y el recientemente homenajeado Alejandro Atchugarry.

Lo que genera especial preocupación, es como se han venido produciendo, sin solución de continuidad, sucesos que se aparecen ante cualquier individuo más o menos informado como teñidos por la sombra de la descomposición de los valores de probidad, honestidad e integridad que debieran ser los hilos conductores de cualquier administración.

No entraré en la enumeración de los hechos que se han venido produciendo. Todos los lectores, seguramente pueden hacer su propia lista.

Uruguay siempre se caracterizó por considerar a la corrupción como un fenómeno ajeno que asolaba a otros países y con cierta altanería ironizar sobre las penas de los otros.

Lo cierto, es que como sostenía el poeta latino Horacio, “si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”.

¿Estaremos ingresando a un proceso de desintegración de los valores que reconozcan el fenómeno de la corrupción como un hecho normal en nuestra habitualidad?

Durante muchas décadas nos jactamos de la solidez de nuestra institucionalidad democrática. Hasta que un día ésta cayó.

También presumimos sobre la calidad de nuestra educación. Hasta que la realidad de las evaluaciones y el análisis sereno nos golpeó en el rostro.

¿Será ahora el turno de la decepción sobre los niveles de corrupción en nuestro país? Aunque uno se resista a creerlo, las pruebas se van amontonando.

Todavía estamos a tiempo, si tomamos conciencia, de no dejar prosperar el desarrollo de esta especia de hidra mitológica que regenera sus cabezas perdidas.

Para eso, se requiere compromiso de todos los actores del quehacer nacional sin distinción de banderías. Corrupto es tanto quien corrompe como quien se deja corromper.

Esperemos que así como un día se nos cayeron las instituciones y luego se nos vino abajo la educación, no estemos ahora presenciando la instalación de sistemas que ya se apoderaron de la gestión de países vecinos.

Si no tomamos las medidas necesarias, llegará un momento que los ciudadanos se hastiarán de verse engañados y robados. En esos casos, cuando los actores políticos no dan respuestas satisfactorias, lo primero que empieza a resquebrajarse es la convivencia democrática.

Si llegáramos a ese extremo, el drama sería terrible. Evitemos caer en los errores del pasado.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).