Jueves, 28 de enero de 2016

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Cuando el miedo es una herramienta

“La inmigración es una catástrofe.”

“Si los ladrones y los inmigrantes ilegales deciden venir en grandes números, necesitaremos construir una barrera física para que no sigan pasando. “

“Este es un reemplazo organizado de nuestra población. Esto amenaza nuestra supervivencia. No tenemos los medios para integrar a todos aquellos que ya están aquí. El resultado es el conflicto sin final. “

Todas estas declaraciones provienen de diferentes líderes, todos ellos con formaciones y realidades muy diferentes, todos ellos de países muy distintos. Sin embargo los unen sus respectivos éxitos políticos, como el directo reflejo de los miedos de sus poblaciones. El sentimiento de amenaza, que cala cada vez más hondo, en Europa y Estados Unidos, no hace más que reflejarse en el repunte de partidos populistas de extrema derecha, amenazando en muchos casos las concepciones democráticas y sociales más básicas de sus países.

Los responsables de las frases que abren este artículo son el magnate norteamericano Donald Trump, el Primer Ministro Húngaro Viktor Orbán, y la política francesa Marine Le Pen. Sus crecientes popularidades son una respuesta reaccionaria a la amenaza de grupos terroristas y la crisis migratoria. Ante la falta de respuestas claras de muchos gobiernos, la población ha buscado refugio en estas flamantes agrupaciones.

A diferencia de lo que fue el aumento de las derechas radicales tras la crisis del 2009, esta nueva ola de populismo conservador que nos trae la segunda mitad de la década, tiene un componente mucho más político y se sustenta casi totalmente, en el miedo como un círculo vicioso.

Los atentados recientes ocurridos, entre otros, en Paris aumentan la barrera entre occidente y el mundo musulmán, lo cual se refleja en más islamofobia y radicalismo. Este radicalismo deja sin un lugar donde crecer a los musulmanes que se radican en Europa o Estados Unidos, ante lo cual estas personas se encuentran solas y discriminadas. Sumado esto a la falta de pertenencia, son tratados como ciudadanos de segunda en Europa, siéndoles muy dificultoso – a la vez –  volver a sus países de origen.

Este contexto genera terreno fértil para que organizaciones violentas como el autodenominado Estado Islámico, sin sustento religioso real más que un rearmado barato del Corán, capten a esas personas carentes de grupos de referencia y los vuelvan en contra de su lugar de residencia y de la gente que los rodea. De ahí aparecen los nuevos atentados, alimentado el círculo como un espiral sin fin.

El impulso que la canciller Ángela Merkel intentó dar, llamando a la solidaridad de los pueblos europeos, no fue suficiente y sus planes de recepción de refugiados en Europa dieron un alivio institucional a la llegada de inmigrantes, sin evitar que el miedo y la aversión a las corrientes humanas que llegan de Medio Oriente se controle. Los ciudadanos europeos ven cada vez mayor la barrera civilizatoria que los separa, radicalmente, del mundo árabe.

El foco de la atención debería desviarse de las declaraciones delirantes de Trump para entender – efectivamente – cuál es el problema real. Estos movimientos extremos vienen creciendo basados en un aspecto intrínseco de cualquier partido populista, el antagonismo. Dividir a la población entre occidente civilizado y desarrollado contra el peligro de la amenaza del islam. (Que puede ser la amenaza de Latinoamérica o México en el discurso de Trump).

Los políticos recientemente mencionados no están solos. Preocupa el número de países en los cuales este problema se refleja en grupos extremos, que siguen creciendo en las encuestas, alcanzando niveles de popularidad sin precedentes posteriores a la segunda guerra mundial.

En Europa, Polonia y Hungría, ya están gobernadas por partidos populistas con estas características. Las coaliciones de gobierno en Suiza y Finlandia cuentan con grupos de este tipo y agrupaciones similares en Holanda, Austria y Suecia crecen en las encuestas alcanzando niveles importantes.

El crecimiento de los partidos populistas de extrema derecha puede verse como una amenaza a la democracia en Europa, a la libertad de movimientos y hasta a la libertad económica. Pero no debemos dejar de preguntarnos ¿cuál es su origen? ¿Quiénes son las grandes masas de votantes que las siguen? y ¿por qué se inclinan ante sus opciones?

Tras la crisis del 2009 el principal motivo era económico. Ahora son problemas de inmigración pero sobre todo de aversión a la diversidad cultural. Esto último es, en la opinión de quien suscribe, lo más preocupante.

Los votantes de estas agrupaciones políticas se basan principalmente en clases medias y bajas, siendo en general trabajadores sin altos niveles de formación, que carecen de calificaciones y educación terciaria, por ende su situación económica tiende a ser más insegura.

Pero son estas personas las que sienten más reforzado su carácter nacional, se sienten más suecos que nadie, más franceses o más austríacos que ningún otro. No pueden permitir que se construya en su ciudad natal una mezquita, pues consideran que ello es diluir la cultura nacional.

La preocupación de estos grupos ante las olas migratorias no pasa simplemente por la pérdida de empleos, están más preocupados por la amenaza a la cultura nacional que a su situación económica. El foco de la aversión a las corrientes migratorias ha relegado relativamente el aspecto más económico para enfocarse en un problema de identidad, en un auténtico choque civilizatorio al que se le suma la inminente amenaza de la seguridad.

Es de esta tela que los astutos líderes de los partidos extremistas cortan, alimentando sus crecientes llamaradas de popularidad con el carbón de sociedades asustadas que no quieren abrir las puertas a una sociedad nueva que golpea hasta las ventanas en busca de un techo y de una nueva vida.

En su último discurso del Estado de la Unión, el Presidente Obama planteó una pregunta que creo amerita repensar en este contexto:

 “¿Cómo podemos hacer que nuestros políticos reflejen lo mejor de nosotros y no lo peor? “

Tanto el propio Estados Unidos y Europa, principalmente, deberían dedicar más tiempo a responder esa pregunta.

J. Murphy

Autor: J. Murphy