Lunes, 23 de octubre de 2017

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De varas éticas, agendas y pompitas de jabón

Más allá de los problemas habituales y estructurales que siguen preocupando a la ciudadanía, como la seguridad y la educación y las dificultades coyunturales como la inclusión financiera, el problema de los cincuentones, la posibilidad de la explotación de hidrocarburos y varios más, dos discusiones hicieron carne en el quehacer nacional: la ética y la proyección de la gestión del gobierno como contraposición a las alternativas de la oposición.

El desarrollo del intrincado affaire que tuvo como protagonista al exvicepresidente de la República generó sin lugar a dudas la atención mediática y popular en todos los intercambios de opiniones tanto en ámbitos privados como a través de las redes sociales.

El fin de dicho proceso (que todavía puede tener un nuevo epílogo una vez que finalicen las actuaciones judiciales), que trajo como consecuencia la renuncia de Raúl Sendic a su cargo, hizo que desde filas oficialistas se comenzara a difundir el concepto, a modo de autoelogio, de lo elevado que el Frente Amplio había ubicado la vara de la ética.

Para mejor, aquellos que empezaron a solazarse con argumentos tendientes a cantarse loas por su defensa de la ética, olvidando quizás que su fuerza política no emitió juicio alguno pese a tener un categórico informe de su Comisión especializada, se vieron acicateados por los resultados de una encuesta que le otorgó una leve mejoría en su presunto caudal electoral.

¿Qué significa que se dejó la vara de la ética muy alta? ¿Es que acaso tenemos una ética alta, una media y otra baja? ¿Tal vez los últimos tiempos llevaron a banalizar el concepto de ética y de servicio público? ¿El Frente Amplio se constituye en paladín de los valores morales y éticos porque un miembro de su fuerza renunció, en forma inédita, acuciado por sus propios errores, nada más ni nada menos al cargo de Vicepresidente de la República, sin mediar ni siquiera una observación de los órganos de dirección?

Uruguay se caracterizó durante mucho tiempo por ser un ejemplo mundial en valores como la transparencia, la honradez en el servicio público, la confianza en las Instituciones, en sus gobernantes y en sus partidos políticos.

Diversos ejemplos de sacrificio y desprendimiento personal han desfilado por la historia nacional. También hemos tenido casos de desvíos al camino correcto. Esto es inevitable en toda actividad que el ser humano despliega. Sucede en todos los grupos humanos y ningún partido político está exento de que algún integrante caiga en una acción deplorable. Pero estos casos han sido la excepción a la regla y el sistema supo en el pasado actuar adecuadamente.

Esto no es argumento suficiente para establecer “niveles de ética”. El diccionario de la Real Academia Española en dos de sus acepciones, define la ética como el “conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida” y como la “Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores”.

No hay lugar a medias tintas. No hay lugar a subterfugios. Mucho menos cuando lo que se analiza es la gestión de aquellos que deben ser verdaderos “servidores públicos”. Existe una ética absoluta y no es tolerable que ésta pueda ser categorizada.

Tampoco hay lugar a establecer niveles de evaluación de la ética para intentar buscar aprobación que redunde en beneficios electorales.

La otra discusión que tuvo lugar en los últimos días fue establecida por el Presidente de la República en su intento de banalizar las propuestas de la oposición, como defensa al constante y generalizado reclamo de poder ver una acción gubernativa que encare con firmeza su accionar y termine con la impresión de que la agenda del gobierno está agotada y sólo depende de los logros comunicacionales que le permitirían tener éxito en atraer la eventual inversión de UPM.

El Presidente Vázquez cada tanto se separa de su tradicional postura distante y carga sus municiones contra los otros partidos políticos. Haciendo gala del manejo de la estrategia que establece que “no hay mejor defensa que un buen ataque”, intenta cambiar el foco de la atención de la gestión agotada, ineficiente e incapaz de solucionar problemas que son reconocidos por todos para pasarlo al intento de denostar las propuestas de la oposición.

Cuando se insiste en el concepto de que a la oposición no se le cae ninguna idea, que lo único que se hace es criticar, que son todas “pompitas de jabón” (este parece ser un agravio con nombre y apellido), se busca esconder las decenas de proyectos de ley que la oposición no logró que las mayorías regimentadas de las comisiones parlamentarias sacaran de los cajones a donde las han sentenciado a dormir el sueño de los justos, como así también los programas de gobierno que los partidos presentaron a consideración de la ciudadanía en las últimas elecciones nacionales. Alguno de éstos, como el caso del elaborado por el Partido Colorado, merecedores de explícitos reconocimientos de todas las tiendas por la seriedad de su elaboración y propuestas, más allá de divergencias que se pudieran suscitar.

Se dan casos extremos, en que se presentan proyectos de ley por parte del Poder Ejecutivo que van en consonancia con proyectos presentados por otras fuerzas políticas hace dos años y que no lograron desempolvarse por la actitud de los legisladores del Frente Amplio.

Mientras presenciamos como nos vemos obligados a discernir sobre valores éticos de la función pública, mientras algunos se vanaglorian por resoluciones que no son tales, mientras el Presidente desacredita la agenda de los Partidos de la oposición, pasan los años, las administraciones, las generaciones y nos seguimos hundiendo en la desazón de no poder lograr encaminar al país por la senda del desarrollo; no sólo el económico, que puede presentar logros coyunturales, sino el verdadero desarrollo sustentable que permita obtener los avances sociales imprescindibles.

Casi ocho años pasaron desde que el expresidente Mujica anunció para beneplácito de toda la ciudadanía que la prioridad estaba en la educación. Nada se ha hecho al respecto. Dos generaciones enteras de uruguayos han sido víctimas de su constante deterioro. Técnicos de todos los partidos, desde organizaciones de la sociedad civil, nos muestran cuáles deberían ser los caminos a seguir. Pero desde el gobierno se sigue siendo un espectador pasivo de una realidad que lo ubica en estado de sumisión ante los intereses corporativos y de espalda a las necesidades de la sociedad global.

Pareciera que estamos llegando al triste momento, en que no quedará más que aguardar nuevas administraciones, que desprovistas de mayorías parlamentarias abandonen discusiones que debieran estar laudadas para obtener efectivos resultados beneficiosos.

Ojalá que no sea tarde.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).