Domingo, 5 de junio de 2016

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Demagogia de las palabras

Tengo especial simpatía por la Real Academia Española y, en especial, por sus miembros.
Que existan personas que se dediquen a “velar por que los cambios que experimente la lengua española no quiebren la esencial unidad que este mantiene en todo el ámbito hispánico“ me parece formidable.
Me los imagino como los dos protagonistas de “Hombres Buenos“ la novela de Pérez Reverte, el bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate. Capaces de viajar quilómetros y quilómetros, corriendo riesgos de todo tipo, para conseguir un ejemplar de la Encyclopédie para la biblioteca de la Real Academia.
Personas que velan por el idioma español mientras discuten acerca de si aceptar nuevas palabras como amigovio, papichulo o cagaprisas al Diccionario.
Me divierten sus quejas acerca del mal uso del idioma, la utilización de inglesajos y diminutivos. Celebro sus columnas en las que juzgan la utilización de disparates como “echar sangre en la herida“ en lugar de “echar sal en la herida“.
El académico Javier Marías en una columna publicada en el diario El País de Madrid reconoce que su tarea es recoger y registrar lo que la gente dice y escribe (“siempre que no sea una tontada completa y que su uso esté asentado“ aclara).
Sin perjuicio de ello, como literato, se permite algunas cosas. El es de la creencia de que la manera de hablar de un pueblo indica en buena medida como es y como piensa (el pueblo y los individuos).
Si un político emplea la gastada fórmula “los ciudadanos y las ciudadanas“ Marías concluye que es un farsante y un ignorante de la gramática.
Si además escribe amig@s o camarad@as lo tiene además por idiota.
Otro académico, Félix de Azua, afirma que en la política actual el lenguaje es demagógico o está vacío de contenido. En su columna “El mañana es cosa del ayer“ habla de lo que llama “la fátiga linguística“.
Repasando la terminología política encuentra que muchos políticos, sobre todo los amenazados por el desprestigio dicen constantemente que lo que hacen “es profundamente democrático“ o citan metáforas que cansan.
Todo lo que lleva a que en la política actual no hay un lenguaje inteligible y el que se usa es grotescamente demagógico o vacío de todo contenido.
Recuerda a Babeuf, el parlamentario francés, que proponía la supresión de toda educación ya que esta contribuía a a incrementar las desigualdades.
El lector de esta columna, a esta altura, se preguntará hacia dónde voy con estas citas.
Me explico.
Creo que esta fatiga linguística se hace presente cada día más en nuestro país.
Se utiliza el lenguaje para llamar de una forma distinta a la misma cosa. Como dice de Azúa la demagogia ideológica se está imponiendo sobre el análisis crítico.
Van algunos ejemplos.
“Esto no es un impuestazo“ nos dijo el Presidente el Jueves.
El gobierno está aumentando en más de 400 millones de dólares la carga de impuestos que pagaremos los uruguayos de ahora en adelante.
Pero lo que hace no es un impuestazo nos asegura.
Como si bastara que lo diga para que no lo sea.
Me recuerda al pasaje de Julieta y Romeo, de Shakespeare, cuando la primera se pregunta “¿qué hay en un nombre? Si la rosa dejara de llamarse rosa, seguiría oliendo a rosa“.
Si un aumento de impuestos o impuestazo deja de llamarse aumento de impuestos, seguirá siendo un impuestazo.
La cosa no termina ahí.
“Esto no es un Ajuste Fiscal sino una Consolidación Fiscal“ repite el Ministro de Economía a cada rato con aire profesoral.
Es el mismo Ministro que dispuso el aumento de las tarifas públicas en Enero, cambió la reglas de cálculo de impuestos en Diciembre y aumenta ahora los impuestos a los trabajadores y jubilados.
Pero asegura que no es un ajuste fiscal sino una “consolidación“.
Hace unos años, un Ministro del Interior aseguraba que no había mas inseguridad sino una sensación térmica.
Hasta que nos encontramos con que aumentaron homicidios, rapiñas y los delitos a cifras nunca vistas.
Ese ministro liberó a 1200 presos pero aseguraba que no estaba liberándolos sino “humanizando el sistema carcelario“.
Hace rato que nos repiten que “el que tiene más pagará más“. Nos lo dicen una y otra vez.
Mientras lo hacen se niegan a tocar los salarios del presidente, el vice, los ministros y legisladores.
Al mismo tiempo mientras ponen topes a las deducciones del impuesto al trabajo del que gana 30 mil pesos.
Las empresas públicas como Ancap dieron pérdidas millonarias año tras año.
Eso si, no tenían problemas de gestión sino que “estaban invirtiendo“.
Repetir y repetir, quedándose en el slogan, en palabras y no en el análisis crítico parece ser la consigna.
Si las palabras no reflejan la realidad entonces ¡peor para la realidad!
Recuerdan aquella máxima que se atribuye a Cervantes: “niega Sancho y vuelve a negar, que si no tienes razón tendrás razones“.
Así los modernos Babeuf campean por todos lados.
En Argentina un periodista K sostuvo en el diario kirchnerista Tiempo Argentino que la corrupción “democratiza“ a la política.
Lo hace a partir del siguiente razonamiento: para dedicarse a la política hay que tener recursos. Gracias a la corrupción muchos que no cuentan con recursos pueden dedicarse a la política. Sin el financiamiento de la corrupción sólo los ricos y los poderosos podrían hacer política.
Entonces justifican a la corrupción.
No está muy lejos de la respuesta que dieron a mi propuesta de bajarnos los sueldos y compensaciones los políticos.
No los bajamos porque si es así sólo los poderosos y ricos podrán dedicarse a la política respondieron.
Eso lo dicen quienes ganan por mes 175 mil pesos, más 125 mil de partidas de secretaria y una cantidad de otros beneficios en el Parlamento.
Lo repiten los ministros que ganan 175 mil pesos, mas 40% de gastos de representación, mas 650 mil pesos por mes para contratar personas de su confianza.
Se niegan a tratarlo los que se van a comprar un avión presidencial en un millón y medio de dólares mientras suben los impuestos.
Si, la demagogia ideológica se impone sobre el análisis crítico.
Recuérdelo la próxima vez que le repitan “vamos bien“.

Pedro Bordaberry

Autor: Pedro Bordaberry

Abogado, Senador, 55 años.