Miércoles, 15 de noviembre de 2017

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¿Desde que presente educamos?

“El Homo sapiens debe todo su saber y todo su progreso a la capacidad de abstracción. Se entiende que las palabras que articulan el lenguaje humano son símbolos que evocan también “representaciones”, es decir, que devuelven a la mente imágenes de cosas visibles y que hemos visto. Pero eso sucede solo con los nombres propios y con las “palabras concretas”… nuestro vocabulario práctico, por así decirlo… Por lo demás, casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en “palabras abstractas”, que no tienen ningún equivalente preciso en cosas visibles y cuyo significado no se puede reconducir ni traducir en imágenes… Son abstracciones “no visibles” también los conceptos de justicia, legitimidad, legalidad, libertad, igualdad, derecho (y derechos).” (Sartori, G., 1916, pág. 17).[1]

 

En más de una oportunidad, en anteriores contribuciones supe citar la obra “¿Para qué futuro educamos?, de Reina Reyes. Hoy me tomo la libertad de parafrasear el título referido con la interrogante que identifica el presente artículo.  Preocupado por la realidad de nuestra educación, me pregunto cuál es el cuestionamiento que deber ocuparnos hoy y me atrevo a sostener que el “para qué futuro educamos” ha quedado desplazado por el “desde qué presente educamos”. La vida cotidiana está presente en el proceso educativo y es desde ella y hacia ella a donde se dirige la formación de nuestros niños y jóvenes.

El proceso formativo excede al aula. Es preciso, en consecuencia, que exista una correlación entre lo que se transmite dentro de aquella y lo que se refleja en la realidad social. Educar es formar en al más amplio sentido del término; no es sólo transmitir información –como sostuvo un popular comunicador de radio y televisión quien sentenció, haciendo alarde de sabiduría extrema (de la que carece) que el docente informa no forma, pues para ello está la familia-, por lo cual más allá de los datos, los valores se presentan como elemento esencial del proceso formativo. Y difiriendo con lo referido entiendo que la formación sí le corresponde a la familia, pero también al docente, al centro educativo, a las autoridades y a todos los actores sociales en general.

Sucesos ocurridos recientemente y, en algún caso reiteradamente, llaman a la reflexión.  Comportamientos y actitudes de diferentes actores sociales se dan de bruces con lo que se debe y quiere transmitir desde el sistema educativo. Comportamientos y actitudes que no se ocultan porque los medios de comunicación se encargan de darlos a conocer, con las consecuencias que ello trae aparejado. Al decir de Sartori “todo el saber del Homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de constructos mentales que no es en modo alguno percibido por nuestros sentidos. Y lo importante es esto: la televisión invierte el progreso de lo sensible a lo inteligible y lo destruye mediante el retorno al puro y simple ver. La televisión y el mundo de Internet producen imágenes y borran conceptos, pero atrofian nuestra capacidad de entender.” (Sartori, G., 2016, pág. 19).[2] Ergo, cuán difícil se hace explicar y demostrar a nuestros alumnos que lo que ven, oyen y leen (¿leen?) a través de los medios tecnológicos, puede no ser correcto o apropiado. Y explicar que, lo correcto y adecuado puede ser precisamente lo contrario. O, más precisamente aún, que aquello que es válido para algunos, no lo es para otros. Razón más que suficiente para transmitir la relatividad de las ideas y acciones así como, el respeto y la tolerancia hacia las ideas de otros. Y, fundamentalmente, aprender a reconocer los límites, a ser capaces de discernir lo correcto de lo que no lo es, estando aptos para sostener y fundamentar posiciones propias y que se adecuen a los valores adquiridos a través de su propia formación.

Retrocedamos a la referencia que hiciéramos supra para referirnos a los sucesos ocurridos recientemente y, en algún caso reiteradamente.

Lo reiterativo es que, desde hace meses (¿años quizás?) somos testigos de dichos y asertos de diferentes autoridades en los cuales prima la soberbia y la falta de ideas y fundamentos apostando al “vale todo”, transformando cada intervención en una falta de respecto, subestimando así, la inteligencia de los uruguayos. Agreguemos a esto el escandaloso mal uso de la lengua. El “puédamos” en lugar de podamos; “no sea nabo Neber”; “son bolazos” de la prensa. Y, como si fuera poco, exabruptos tales como “falta un voto, la p… que los p…”

No nos olvidemos del uso del masculino y el femenino (uruguayos y uruguayas, etc.) en ese devaneo populista que no es más que una demostración de supina desconocimiento de la lengua, desobedeciendo empecinadamente las reglas del idioma español.

En otro orden, pero no menos grave, la impunidad de la mentira. Que personas públicas ocupando altos cargos de gobierno mientan respecto a su formación académica y se llamen a sorpresa de que se colocara delante de su nombre un título después de haber estado firmando documentos públicos en tal forma durante años, es absolutamente inaudito. Un agregado: quien hoy ocupa el cargo que aquel hombre público dejo vacante al renunciar, aseguró a la prensa haber visto el título que aquel dijo tener y que, obviamente, no existe. Sencillamente patético.

Pero no es todo. Una senadora oficialista, según editorial del Diario El País del 12 de noviembre de 2017, sostuvo que “a través de las declaraciones de inconstitucionalidad de la ley de Medios, la Corte está interviniendo en la política pública y en la legislación”. Evidentemente, denota un desconocimiento de lo que es la separación de poderes, base de todo sistema democrático, así como el alcance de lo que es la acción de declaración de inconstitucionalidad, mecanismo por excelencia del control de la legalidad. Que un legislador, democráticamente elegido e integrante de un órgano de gobierno republicano sea capaz de semejante afirmación es grave. Lo diga con convicción o por el simple hecho querer hacer los deberes que le impone su partido y querer justificar lo injustificable, es absolutamente inadmisible.

Finalmente, una referencia hacia el colectivo gremial. Reitero algo que ya he manifestado en anteriores entregas: respecto los derechos, reconozco las obligaciones y acepto la actividad gremial como mecanismo válido de control y defensa de los derechos de los trabajadores, docentes en la especie. Pero el desconocimiento permanente de la autoridad, de las decisiones que las mismas toman –acertadas o no- apelando a constantes medidas de lucha para torcer el camino, logrando así que autoridades ineptas y carentes de ideas cedan a sus reclamos y retrocedan en sus decisiones, es de dudosa valía. Las autoridades gremiales han sostenido en más de una oportunidad que, con esas actitudes, están educando en derechos. Se olvidan, sin embargo, de educar en el cumplimiento de las obligaciones.

Ahora bien, desde el ámbito formativo se complica cada vez más la comunicación de valores, en tanto que lo que podamos transmitir a nuestros educandos escapa, en la mayoría de los casos, de aquello que percibe de la realidad socio cultural a través de los medios y de su propia experiencia de vida. La educación es la herramienta que debemos aplicar para la mejora de la sociedad. Este discurso, no por reiterado pierde fuerza. No obstante, su efectividad se nos hace dudosa.

Resulta difícil por demás dimensionar el valor de la educación en nuestra realidad. ¿Qué estrategias nos permitirán hacer entender a nuestros educandos que la educación es la herramienta fundamental para superarse como individuo y para mejorar la sociedad?  Basta que el niño o el joven reparen en lo que perciben de la cotidianeidad de su existencia para que lleguen a una conclusión tan errónea como preocupante: estamos bajo la autoridad de sujetos que no denotan un nivel educativo elevado, por lo tanto, parece no ser necesaria una buena educación para ocupar posiciones relevantes socialmente.

Recordemos nuestra interrogante. ¿Es desde esta realidad que pretendemos educar a las generaciones jóvenes? ¿Es desde esta realidad que pretendemos cambiar el ADN de nuestra educación? ¿Cómo será posible sacar a la educación nacional desde dentro del pozo en el que ha caído y por el cual continúa deslizándose hacia cada vez más oscuras profundidades desde hace trece años? Disculpen mi pesimismo, pero me parece imposible. Debemos buscar el camino. Y el que sea que encontremos –quiero creer que lo hay-, debe alcanzar a los distintos ámbitos de la realidad socio cultural. No caigamos en la tontería de pensar que una modificación de planes y programas resolverá el problema. Lo que debemos cambiar es la mentalidad reinante. Sustituir la mediocridad en la que estamos subsumidos por la búsqueda de la perfección académica. Aplastar el fantasma del “vale todo” instalado en los organismos de alta gestión política y educativa para dejar entrar en los mismos el espíritu del verdadero saber. Será una tarea ardua, sin duda, pero no imposible. Eso sí, debemos involucrarnos todos, incluso aquellos que, ocupando cargos de responsabilidad política, hacen gala de su demagógica chabacanería y desprecio hacia el saber.

Es impostergable que nuestros niños y jóvenes perciban una realidad positivamente diferente en la que los ejemplos señalados en los párrafos que anteceden no se den y donde puedan ver funcionar los valores más relevantes socialmente, a cuyo conocimiento acceda desde su propia experiencia educacional.

 

 


[1] SARTORI, Giovanni: La carrera hacia ningún lugar, 2016, Pág. 17, Ediciones Taurus, España.

[2] SARTORI, Giovanni: La carrera hacia ningún lugar, 2016, Pág. 19, Ediciones Taurus, España.

 

 

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.