Viernes, 4 de agosto de 2017

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¿Dónde quedó el espíritu democrático?

No. No es una columna de opinión sobre la situación de Venezuela y la postura de Uruguay. Pero sirve para captar la atención. Ya que estamos en el tema democracia, es sumamente pertinente dedicarle cierto espacio a las propuestas de democracia directa que comienzan a tomar cuerpo en Uruguay.

Para ser un país de onda tradición democrática, llama la atención los diversos calificativos con que se hace alusión a las propuestas de recolección de firmas: “cortina de humo”, “maniobra de grupos autointeresados” (como si el resto fuera todo altruismo), “movida de grupos sociales que escapan al control de los partidos”, y que nunca falte el clásico “medida demagógica”. Por cierto, este último calificativo es uno de los que más me sorprendió en realidad, porque salió de boca de un autoproclamado batllista (al final dejo algunos pasajes de José Batlle y Ordoñez respecto al tema).

En la medida que adquieren mayor visibilidad las campañas que buscan el plebiscito sobre la inclusión financiera (también llamada bancarización forzosa, como le guste al lector) cristalizan distintas aristas del debate. Como suele ocurrir en Uruguay, en la medida que los actores políticos toman posición sobre el tema, las opciones a favor y en contra tienden a partidizarse. Más aun en este caso, donde aparentemente hay un corte más o menos claro entre oficialismo y oposición.

En virtud de mi formación (ciencia política) no voy a entrar en el debate técnico de los argumentos esbozados por uno y otro lado acerca de la iniciativa. Pero sí entiendo necesario considerar una tensión recurrente, en casos donde la ciudadanía busca modificar la toma de decisiones de los gobiernos.

Esta tensión, para ser bien claros, es entre democracia y tecnocracia. Uruguay tienen una vasta y rica tradición en materia de democracia directa. Sin embargo, los elementos tecnocráticos del gobierno y/o de la academia, a menudo tienen el reflejo de ir, consciente o quizás inconscientemente, contra las iniciativas populares. Montan a caballo del conocimiento técnico, o de cierta moralidad superior. Conocimiento que, por otra parte, no está eximido de ser político, y, por ende, de ser puesto en discusión.

Quizás hay gente convencida de que en este tema hay una verdad que se revela a algunos, pero que le cuesta ver a otros. De ser así, estaríamos frente a una visión claramente tecnocrática. Visión que, por otra parte, tiene que hacerse cargo de su tensión natural, y su recelo, respecto a la iniciativa popular. Algo que tampoco es nuevo, como veremos. Después de todo parece que no tenemos que ir tan lejos para encontrar resistencias a los mecanismos democráticos.

En concreto, es razonable pensar que se quiere mejorar la capacidad de control fiscal del gobierno, minimizar la evasión o “democratizar” el servicio financiero. De hecho, en mi opinión, es deseable que nuestro estado fortalezca sus capacidades de control por esa vía. Pero ¿el mecanismo propuesto puede ser preferible frente a la pérdida de libertad que reclaman otros? O ¿se puede ser indiferentes frente al poder que se le está dando a la banca? Incluso siendo más instrumentales los argumentos, ¿se pueden sumar los costos operativos de este mecanismo a las empresas? En fin, estas cuestiones no las planteo, sino que están en el debate. Se puede estar de acuerdo o no con ellos. Pero desacreditarlos en nombre de la otra postura, o aun peor, poco más que criminalizar a sus impulsores, es una actitud bastante soberbia y penosa. Este razonamiento aplica en ambas direcciones.

Lamentablemente, en varios terrenos del debate público nos estamos acostumbrando a querer imponer un pensamiento. No dar lugar siquiera al disentimiento, o en su defecto, criminalizarlo, por progre, por facho, por liberal o conservador. Hoy se cuestiona a quienes con todo derecho se amparan en la constitución para juntar firmas por una iniciativa popular. Quizás, después de todo no nos sobra tanta cultura democrática, y en realidad nos hace ruido el artículo 331 de la constitución.

Pero este debate tiene sus años. Para tomar solo un par de referencias, el mecanismo de plebiscito aparece en la ratificación de la nueva constitución de 1917. Pero es durante la convención nacional constituyente de 1933 que se debate fuertemente la iniciativa popular del plebiscito y se introduce en la constitución. Los referéndums contra las leyes se introducen en la reforma de 1967, pero su discusión también data de las primeras décadas del siglo XX.

Por cuestiones de espacio no voy a ahondar en citas de los constituyentes a favor de la iniciativa popular. Pero sí cabe mencionar un intercambio que mantuvo José Batlle y Ordoñez con un articulista del diario La Nación. Frente a la postura tecnocrática del articulista, preocupado por dejar en manos del soberano asuntos del gobierno, Batlle le responde: “No diremos nosotros que los pueblos no se equivoquen: pero, sí, aseguramos que si hay quienes tengan derecho a equivocarse sobre lo que les concierne, son ellos mismos”[1]. Pero incluso en ese debate de época, Batlle iba más allá, y promovía en sus apuntes la democracia directa, incluso bajo la forma de referéndum, haciendo referencia a establecer mecanismos para “un verdadero veto popular”[2].

Hoy en día existe toda una línea de estudio en ciencia política destinada a la democracia directa. Se evalúa su potencial como válvula de escape para sistemas políticos con crisis de representación. Bajo ese marco, deberíamos tener la capacidad de seguir esa rica tradición de debate y elección, sin pretender anular el argumento del otro. Sin llegar a tener que decir que la gente vota de tal manera porque es “ignorante”, porque es “conservadora”, porque es de “zonas rurales”. Lamentablemente esos son los argumentos que muchos analistas utilizaron, por ejemplo, para explicar el Brexit.

En suma, el argumento es simple y llano, vivimos en tiempos donde la democracia está en recesión. Deberíamos trabajar para potenciarla, no para anularla.

 


 

[1] Conzi y Giudici, Batlle y el batllismo. Página 259
[2] Ver Alberto Pérez Pérez (1987). Referéndum y democracia directa.

Alejandro Guedes

Autor: Alejandro Guedes

Politólogo. Egresado de la Faculta de Ciencias Sociales.Se encuentra cursando la maestría en Ciencia Política (UdelaR). Integrante del Programa de Estudios Parlamentarios del Instituto de Ciencia Política.