Jueves, 18 de mayo de 2017

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Educación, ética y autocrítica

La tendencia de los hombres soberbios y viles es ser en la prosperidad insolentes y en la adversidad abyectos y viles. 

Nicolás Maquiavelo[1]

 

Es difícil formar una persona en la disciplina y la responsabilidad, cuando quien debe hacerlo actúa de forma tal que parece carecer de la primera y, consecuentemente, no demuestra poseer la segunda. Con esta frase concluimos nuestra anterior entrega. Queremos tomarla como pensamiento disparador para la presente. Si la ética nos preocupa y nos ocupa como factor necesario para la educación y bregamos porque tal disciplina se intregre a los planes de estudio en la formación de docentes, también nos ocupa y preocupa en el ejercicio profesional, así como en el desempeño de cargos directivos y gerenciales en el ámbito educativo.

Quien se comporta de acuerdo a los parámetros del perfil de su cargo y cumpliendo con las funciones que al mismo corresponden, está dentro del marco profesional y ético y su profesionalismo queda manifiesto. Una forma de autocontrol –todos debemos tenerlo y más cuando ocupamos cargos públicos- es el mecanismo de la autocrítica. Entiéndase por tal la mirada introspectiva que nos permite reconocer los aciertos y los errores que podamos cometer. El uno y el otro se cometen cuando se trabaja, son parte de la experiencia y el aprendizaje, razón por la cual no es causa de flagelación detectar que nos equivocamos. Es simplemente reconocimiento, advertencia y obligación de corregirlo. ¿Es tan difícil?

En los últimos tiempos hemos asistido reiteradamente a decisiones de las autoridades de la educación que han merecido acérrimas críticas. No se trata de casos aislados sino de un cúmulo de desaciertos en detrimento de la eficacia y calidad de nuestra educación. ¿Acaso las autoridades de las cuales emanan tales decisiones no son lo suficientemente lúcidas para darse cuenta de sus equivocaciones o se dan cuenta, pero carecen de la humildad necesaria para reconocerlo expresamente?

Independientemente de cual sea la respuesta que demos a la interrogante planteada, desalienta, desespera y frustra las devoluciones de las autoridades ante las críticas. La soberbia se apodera de las manifestaciones y actitudes de los responsables de las decisiones que, con total desprecio hacia quienes realizan las críticas, subestiman la inteligencia y capacidad de entendimiento no sólo de ellos, sino de todos nosotros. “La soberbia no es grandeza, sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.” [2]

Se han vuelto constantes las manifestaciones de soberbia de la gran mayoría de nuestras autoridades educativas. Cuando deben enfrentar a los diferentes actores de la educación o a la prensa, quienes las someten a preguntas obvias buscando una explicación sobre decisiones tomadas que resultan difíciles de comprender, así como de visualizar el propósito que persiguen, surge la frase irónica –que no da respuesta, en modo alguno, a las interrogantes planteadas- y la mueca burlona –cuando no despectiva- como única devolución. “En última instancia –dice Goldman-, la soberbia termina siendo un elemento de vulnerabilidad para el ser humano, que cree que domina una situación y en realidad es todo lo contrario. Es el ejemplo de la inseguridad del individuo frente a determinadas cosas de la vida.”[3]

Lo cierto es que ante los frecuentes desplantes, producto de los arrebatos de soberbia de la mayoría de las autoridades educativas, sólo podemos concluir que no sabemos hacia dónde va nuestra educación. Un expresidente habló de “educación, educación y otra vez educación”; lástima que no explicó a qué tipo de educación se refería. Lo que tengo claro es que no se refería a la educación tal como yo –y como tantos otros-, la concibo. El actual Presidente anunció metafóricamente que le va a cambiar el ADN a la educación. “La pregunta persistente es si el problema de la educación se asienta en el ADN o por el contrario en el funcionamiento de ese sistema y no en la esencia de éste. ¿Cuál sería el ADN a cambiar? ¿Sería una transfusión? ¿Se puede crear un nuevo ADN o es solo traspasar el ADN de otro sistema foráneo y ajeno a éste?[4] La meridiana cita del Prof. Borges da en el blanco. No queda claro el alcance del presidencial aserto. Por ahora no pasa de ser un ejercicio gatopardesco consistente en cambiar algo para que todo siga como está.

¿Y cómo está la educación? Respuesta sucinta: malherida y en terapia intensiva.

En este escenario se está trabajando en algunas reformas educativas, según trascendidos, oficiales unos y no tan oficiales otros.  Se ha vuelto a hablar del nivel universitario que debería tener la formación docente, mediante la creación del Instituto Universitario pertinente, así como de la modificación de planes y programas. No nos oponemos a ello.

Lo preocupante es con qué criterio se está trabajando. Si se está haciendo con la soberbia a que nos tienen acostumbrados y los exabruptos de omnisapiencia –infundados obviamente- con los que gustan alardear algunas de las autoridades hoy existentes, no vamos a llegar muy lejos.

¿Habrá alguien intentando incorporar la ética como disciplina de formación? Es difícil pensar que en una sociedad en la que diferentes cargos públicos son ocupados por asesores que no tienen título de Abogado, por autodenominados Licenciados que carecen de certificación, alguien haga valer la formación ética para el ejercicio profesional.  Agreguemos a esto, la altanera actitud de las más altas autoridades que desvinculan de su equipo de trabajo a quienes no comparten su posición o demuestran poseer mayor conocimiento, fruto de la experiencia desarrollada en al ámbito educativo. Una reformulación en serio requiere la participación de agentes capacitados que actúen en función de su saber y no del capricho de quien los pueda convocar. ¡No queremos más de lo mismo!

Es preciso que se actúe conforme a los intereses de la sociedad y en aras del logro de la excelencia educativa con la suficiente claridad, honestidad y autocrítica que permita reconocer lo que está mal para corregirlo. Actuar desde el compromiso hacia la mejora y no reaccionar al grito de la tribuna. Tener la disposición necesaria para escuchar al que tiene la capacidad para aportar, sin importar su filiación política. Ser capaz de flexibilizar posturas para lograr consensos, si con ello se concretan modificaciones beneficiosas. Sumar entre todos y que la exclusión deje de ser la estrategia para desautorizar al que, por pertenecer a otras tiendas, debe ser ignorado. Aqueos y mirmidones, aunque vivían en tiendas separadas, luchaban juntos en la misma guerra.

En síntesis, asumir tal actitud que denote tener la autoridad académica, moral y ética que convalide el accionar. Si demostramos poseer tales valores y somos capaces de aplicarlos, sin hesitación, estamos dando una lección de ética.

Encumbrados líderes han pasado por momentos difíciles, abrumados en muchos casos por el exceso de responsabilidad. No obstante, si salieron airosos y llegaron a cumplir el objetivo, fue por la recapacitación en el momento oportuno y la autoevaluación de su accionar. Por ello, me gustó seleccionar, para cerrar esta entrega, algunos de los conceptos que Clementine Churchill, esposa del entonces Primer Ministro británico, le transmite a su esposo en una breve y respetuosa carta, fechada el 27 de junio de 1940: “…corres el riesgo de que tus compañeros y subordinados te acaben tomando antipatía debido a tu dureza, tu sarcasmo y tu despotismo… Además, no obtendrás los mejores resultados mostrándote irascible y rudo. Eso sólo engendra en los demás antipatía o mentalidad de esclavos.”[5]

Moraleja: la humildad debe prevalecer sobre la arrogancia, la ira y la soberbia. Sepamos ser autocríticos. Obtendremos mejores logros.

 


 

[1] MAQUIAVELO, N.: La mente del hombre de Estado, Pág. 186, Buenos Aires (2005) Ed. Leviatán.
[2] SAN AGUSTÍN, citado por Savater. F., en: Los siete pecados capitales (2005), Pág. 35, Ed. Sudamericana.
[3] SAVATER. F.: Los siete pecados capitales (2005), Pág. 35-36, Ed. Sudamericana.
[4][4] BORGES, Leonardo (2016): La historia impertinente. Apuntes para un debate de actualidad, Pág. 131, Ediciones De la Plaza.
[5] USHER, S. (2015): Cartas memorables, pág. 103, Ed. Salamandra.

 

 

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.