Sábado, 23 de julio de 2016

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Educación y ciudadanía

Tal vez sea una deformación profesional debido a mi formación jurídica. Pero apenas unos instantes de reflexión bastaron para convencerme que se debe a la educación que, al igual que todos los que pertenecen a mi generación y a algunas posteriores, recibí en mi paso por el sistema educativo. En efecto, son los conocimientos a través de ella adquiridos, los que hacen posible que reconozcamos la relevancia y enorme significado de los sucesos del 18 de Julio de 1830, así como la del resto de las fechas patrias. Reconocimiento que se ha transformado en desconocimiento para las generaciones presentes, muchos de cuyos integrantes no identifican la fecha, ni acusan preocupación alguna por ello.

Hecho que nos preocupa a quienes, más allá de valorar la dimensión del tal acontecimiento, como docentes nos sentimos obligados a transmitir los valores esenciales de la vida social y a desarrollar el civismo en nuestros educandos.

Dotarse de una Constitución es, para cualquier Estado, la consagración jurídica de su existencia, dado que en tal corpus iuris se consagran los principios que han de regular la vida del Estado, los derechos básicos del hombre y la organización del Estado mismo. Un pueblo deja de ser nación para erigirse en Estado soberano frente a sus semejantes, quiénes lo han de aceptar y reconocer como tal, en cuanto esté respaldado jurídicamente por una norma sustantiva.

Releyendo el texto de la Carta de 1830, me detuve en el artículo 41, el cual, en su inciso primero, preceptúa: “El cuidado y la educación de los hijos para que éstos alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social, es un deber y un derecho de los padres, quienes tengan a su cargo numerosa prole tienen el derecho a auxilios compensatorios, siempre que los necesiten.” Queda de manifiesto que el constituyente de 1830 ya se ocupó de la educación y de cómo asegurar que la misma alcanzara a la mayoría de los integrantes de la sociedad, advirtiendo así la relevancia que implica la existencia de un pueblo ilustrado. Al tiempo que se reconoce la formación del individuo como un derecho y deber a la vez, se está garantizando, de alguna forma, la posibilidad de lograr tal objetivo y el garante es el Estado mismo. ¿Quién sino el Estado podría otorgar auxilios compensatorios?

El paso del tiempo y gracias a la obra de insignes figuras de nuestra historia, nos condujo a la consagración de una educación laica, gratuita y obligatoria. Ello es motivo de orgullo, sin duda. Pero tal criterio de estructuración debería estar acompañado por contenidos que se correspondan con las prístinas intenciones de quienes forjaron nuestro sistema educativo, propósito que el paso del tiempo parece haber contribuido a debilitar.

José Pedro Varela, en discurso que pronunciara en el Club Universitario el 18 de setiembre de 1868, entre otras cosas sostuvo: “¿Qué le falta a América Latina del Sur para ser asiento de naciones poderosas?… La educación…iluminando la conciencia oscurecida del pueblo y preparando al niño para ser hombre y al hombre para ser ciudadano.”[1]

Meridiana concepción acerca del rol de la educación en la formación del ciudadano, si las hay. Pero para alcanzar tal objetivo es preciso que se fomente, desde el sistema educativo, la conciencia cívica. La realidad parece indicar algo distinto. Si pensamos en qué significó el pasado “18 de Julio” para muchos uruguayos y fundamentalmente para muchos niños y jóvenes, la conclusión es triste: un feriado y, esta vez con un plus, fue lunes. Ergo, fin de semana largo.

A nivel gubernamental, la celebración oficial pasó casi desapercibida. Los centros educativos, manejan a su criterio la conmemoración, pero como sea, no se hace en la fecha. Detalle que le quita gravedad, siempre y cuando se conmemore en debida forma.

Lo verdaderamente grave es que cada vez pasan más desapercibidas las fechas más significativas de nuestra historia. Y en esto la responsabilidad es compartida. Desde el ámbito educativo todos los docentes –no sólo los que pertenecen al área socio-jurídica-somos responsable de la formación ciudadana de nuestros niños y jóvenes. Es imprescindible dotar de la debida relevancia los conceptos de nacionalidad, patriotismo y ciudadanía si queremos identificarnos definitivamente como nación. De igual forma, no se debe cargar los hitos históricos de manifiesta –y no siempre bien intencionada- connotación política; hay que dimensionarlos en su alcance histórico, por encima de partidismos

Ahora bien, la función educativa no se cumple sólo a través de la escuela. La familia, la sociedad misma también la cumplen. De nada sirve que desde la educación formal se busque construir el civismo en el individuo, si desde la sociedad, autoridades incluidas, se está dando un discurso diferente. Si se considera que el único hecho que merece una celebración oficial en forma (como síntesis de todos los demás hitos históricos nacionales) es el Natalicio de Artigas, el cual se conmemora cada 19 de Junio (aun cuando se modificó su denominación), se está quitando relevancia a los demás acontecimientos que enaltecen nuestro devenir histórico. Se está deformando el sentido de la orientalidad. Por todo lo dicho es que me sentí alcanzado por una mezcla de preocupación y desazón el lunes pasado.

Educar no consiste solamente en enseñar lengua y matemática. Es algo mucho más profundo. Implica la formación integral del individuo. Conjuntamente con los contenidos académicos, propios e imprescindibles en cualquier sistema educativo, deben trasmitirse los valores humanísticos y cívicos, necesarios en el proceso de socialización si queremos ayudar al individuo a convertirse en un ser crítico y socialmente comprometido. Creo que la educación tiene que apostar a que el individuo sea hacedor y protagonista de su propia historia. Si no se cumple con las dimensiones recientemente anotadas, podemos llegar a transformarlo en víctima de aquella.

Conocer nuestra historia a través de la justa valoración de los acontecimientos que hacen a nuestra existencia colectiva es parte insustituible de nuestra formación; contribuyen a nuestro crecimiento ciudadano en aras de una verdadera identidad. Volviendo al pensamiento vareliano, tomamos otra frase del referido discurso: “…la forma de gobierno republicana, pide el concurso de todos los ciudadanos y concede a todos el derecho de influir directa y poderosamente en la dirección de todos y cada uno de los intereses generales del país.”[2]

Creo que para lograr tal propósito es preciso corregir el rumbo que se le ha dado a nuestra educación. Reflexionemos y actuemos en consecuencia. Confiemos en que se puede lograr, pero con el convencimiento que el compromiso es de todos.

 

 

 


 

 

[1] CAETANO, Gerardo: Antología del discurso político en el Uruguay, pág. 196, Ed. Taurus, Montevideo 2004.

[2] Ídem, pag. 197.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.