Jueves, 13 de abril de 2017

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Educación y ética

“Los humanos somos una especie vulnerable, nos rompemos y morimos, es muy fácil hacernos daños físicos, morales y sentimentales, no podemos hacer lo que se nos antoje con los demás, debemos tener cuidado con ellos. La deliberación ética se impone porque somos mortales. Si fuésemos inmortales podríamos hacer lo que nos diese la gana.” [1]

 

La ética profesional docente es un tema que nos preocupa y ocupa. Tal la reflexión final de nuestra entrega anterior, donde anunciamos que esa temática habría de ser objeto de una próxima entrega. Hela aquí.

Aunque no es en el único ámbito de formación profesional en que ocurre, la falta de ética está ausente de los planes académicos existentes. Ausencia que se hace cada día más notoria, al tiempo que se transforma en necesidad imperativa su inclusión curricular. El ejercicio de cualquier profesión debe estar sostenida por sólidos principios éticos, los cuales deben ser trabajados en el trayecto formativo pertinente. En formación docente, ello no sucede. La ética no ha sido incluida como área formativa; sólo el ejemplo de algunos formadores en su ejercicio profesional, pueden conformar una casuística ocasional, sin que implique que el educando llegue efectivamente a incorporarlo.

Según el diccionario de la lengua española, la “ética estudia los actos morales, sus fundamentos y cómo se vinculan en la determinación de la conducta humana”.[2] Tiene, pues, una doble dimensión: mental y conductual. Trasladado al ejercicio de una profesión, importa considerar el ideal que conduce al comportamiento, esto es su fundamento y el comportamiento mismo resultante, proyectándolo hacia lo que podemos considerar su objetivo último.

El ejercicio de la docencia es particularmente singular en este aspecto, máxime en un momento de la realidad en que se producen cambios tan rápidos y notorios en lo tecnológico y científico que provocan, como consecuencia, cambios socio-culturales y igualmente rápidos y significativos. Sumémosle a éstos la realidad política. En este contexto, el rol docente no es ajeno a los cambios. La duda que nos ocupa, en nuestro desempeño como formador de formadores, es si los docentes que se están formando en nuestro país, están preparados para enfrentar los cambios. Más precisamente, si tienen la dimensión ética necesaria para ello, dado la ausencia en los planes y programas vigentes del contenido ético de la profesión.

El docente debe demostrar su integridad ética en las dos dimensiones que mencionáramos supra. A saber, en el modo de la trasposición didáctica de los contenidos y en lo actitudinal. En ambas se transmiten valores, el punto a analizar es cómo se produce la transmisión y hasta dónde puede llegar el docente en dicha tarea.

Un primer aspecto a tener en cuenta es el referido a los contenidos programáticos y su transmisión por parte del docente. El educador ya no puede limitarse a informar. La realidad de la sociedad actual, donde los medios de comunicación y los diferentes actores sociales están permanentemente incidiendo sobre todos y cada uno de nosotros, y no necesariamente en forma positiva, convierten al docente en un verdadero orientador. Este rol es tan difícil como riesgoso. “El educador no puede negar la realidad, y la realidad es que existe ese flujo de información constante que mezcla lo necesario con lo caprichoso, lo verdadero y lo falso, lo relevante y lo irrelevante, todo junto. Lo que tenemos que hacer es aprender y enseñarles a navegar en ese mar. No se trata de descubrir cosas, sino de jerarquizar lo que se le viene encima.”[3]

Aparece aquí la delgada línea que separa lo personal de lo profesional. Es indubitable que la educación no es neutral y que los docentes tenemos posiciones asumidas en lo moral, político, religioso, etc. Si bien es cierto que el principio de laicidad sustenta nuestro sistema educativo, la experiencia demuestra que puede ser fácilmente vulnerado. Este es el momento en que la ética profesional debe aflorar. La asepsia ideológica es el precepto. Nuestras posiciones no pueden traslucirse en el quehacer educativo. Es un deber ético y profesional que así ocurra. Al decir de Enriqueta Compte y Riqué: “El tiempo que invertimos en imponer doctrinas, es tiempo malgastado. Las doctrinas triunfantes serán hechas por nuestros discípulos, de acuerdo con las nuestras, según ellos comprendan la idea de bien y de verdad, por su propia inspiración, no por la nuestra.”[4]

Un segundo aspecto es el que apunta a la educación en valores, lo que implica saber reconocer los límites de nuestro accionar como docentes, así como la independencia de conciencia de nuestros educandos. “En la educación en valores los participantes no pueden ser considerados como destinatarios sino como protagonistas de su propio proceso, ya que los valores no se aprenden, sino que se descubren, se viven, se interiorizan.”[5] No dudemos que los valores se construyen. La sociedad reconoce un sistema de valores que vamos descubriendo mediante nuestra socialización. Pero la validez de los mismos se da plenamente cuando el individuo los incorpora para sí. Incorporación que se logra a través de un proceso de interiorización mediante el convencimiento de su efectividad para la convivencia. Podemos compartir un mismo valor, aunque existan diferentes grados de aplicabilidad en nuestras existencias. Por eso, cuando trabajamos en valores no se trata de una simple transmisión, por el contrario, se trata de orientar al otro para que desde sí mismo pueda descubrir, dimensionar y apropiarse de aquellos. Sólo así podrá vivenciarlos. Nos equivocamos los docentes si entendemos la educación en valores, diciéndole a nuestros educandos cómo accionar frente a los mismos, con el agravante que, seguramente, intentaremos que se mimetice con nuestro posicionamiento.

El tercer aspecto a destacar es el conductual. Vacuo ha de resultar el mejor discurso sobre valores si no se traduce en un comportamiento acorde. “La tarea de educar en valores exige a todos sus agentes e instituciones coherencia y credibilidad; es decir, congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. No es coherente que un profesional que escribe sobre educación para la paz, sobre el respeto, sobre la democracia, etc., en su trabajo cotidiano, destruya moralmente o psicológicamente a otro… por el mero hecho de ocupar su lugar o para ejercer poder sobre él… los agentes educadores, ya sean la familia, el profesorado, lugares de ocio, etc., tienen que mostrar congruencia entre lo que dicen y lo que hace.”[6]

Queda abierta la reflexión. Para que el desempeño profesional de un docente pueda considerarse éticamente válido, es preciso, entre otras cosas que:

  1. Reconozca su rol de orientador. Ninguno poseemos la verdad y entendiendo la educación como “dirigir, enseñar, encaminar”[7] es inconcuso que no se trata de formar al otro a mi imagen y semejanza, sino de ayudarlo a que se realice por sí mismo.
  2. Formar en valores conlleva ayudar a que el otro descubra e interiorice los mismos y los haga efectivos en su propia dimensión y lo refleje en lo conductual.
  3. El hacer debe concordar con el decir. Es común apreciar discursos que no se reflejan en el comportamiento. Es difícil formar una persona en la disciplina y la responsabilidad, cuando quien debe hacerlo actúa de forma tal que parece carecer de la primera y, consecuentemente, no demuestra poseer la segunda.

 


 

[1] SAVATER, F.: Ética de urgencia (2012), Pág. 19, PAIDOS, Buenos Aires.
[2] DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO (1999), Pág. 652, OCÉANO UNO COLOR.
[3] SAVATER, F.: Ética de urgencia (2012), Págs. 32-33, PAIDOS, Buenos Aires.
[4] ANEP – CODICEN (2010): Enriqueta Compte y Riqué: Maestra militante de la vida, Pág. 293.
[5] CÁRDENAS, C. (2006): La educación en valores desde una perspectiva no formal. Revista de estudios de juventud, 74, 115-129, citado por SORIANO AYAJA, E. (2011) en: El valor de la educación en un mundo globalizado, 81, Editorial La Muralla S.A.[6] ESQUIVEL, N.E. (2009): Reflexiones sobre el valor de la educación y educación en valores, La lámpara de Diógenes, Revista de Filosofía, 18 y19, 160-190, citado por SORIANO AYAJA, E. (2011) en: El valor de la educación en un mundo globalizado, 81-82, Editorial La Muralla S.A.
[7] DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO (1999), Pág. 552, OCÉANO UNO COLOR.

 

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.