Sábado, 11 de marzo de 2017

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Educación y medios de comunicación

“El proceso ha sido el siguiente: en primer lugar hemos fabricado, con los diplomas educativos, una Lumpenintelligencija, un proletariado intelectual sin ninguna consistencia intelectual. Este proletariado del pensamiento se ha mantenido durante mucho tiempo al margen, pero a fuerza de crecer y multiplicarse ha penetrado poco a poco en la escuela.”

Giovanni Sartori[1]

Recientes y públicos acontecimientos me han hecho reflexionar sobre la mentalidad de nuestros niños y jóvenes. Más precisamente, sobre la mentalidad y estructura del pensamiento que les estamos creando. Porque esos niños y jóvenes son el objetivo de la educación y como tales, producto del quehacer educativo, el cual se concentra, en lo formal, en los centros educativos, pero también se desarrolla en la familia, grupos de pares, la sociedad toda.

En el proceso denominado socialización, en el cual intervienen los grupos supra mencionados, se transmite los contenidos de la cultura, componente esencialmente simbólico de la vida en sociedad. Al decir de Ernst Cassirer: “El hombre no vive en un universo puramente físico, sino en un universo simbólico.”[2]

Socializar a un individuo es transmitirle los significados de su existencia a través de la lengua, el arte, la religión, las normas, etc. En este proceso, hoy es particularmente relevante el rol de los medios de comunicación, los que obviamente, ocupan un lugar inevitablemente significativo. Están presentes en todas las instancias de nuestra vida cotidiana a la cual invaden con imágenes y sonidos atrapantes, transformándose en duros competidores de los otros agentes socializadores. Particular relevancia adquiere el rol de estos medios en relación con la educación formal.

Al decir de Fernando Savater: “el educador es cada vez más una especie de brújula para orientarse en un flujo de informaciones donde está mezclado lo trivial, lo necesario, lo importante, lo falso y lo verdadero… El niño tiene que educarse ahora para aprender a distinguir la calidad de estos materiales… estamos obligados a aprender cómo rentabilizar estos medios a favor de la educación y del ciudadano.”[3]

Como educadores no debemos desatender este tema. No es menor. Tal como se desprende del texto transcripto, una de nuestras estrategias será “aprender a rentabilizar estos medios”. No es posible erradicar de la vida de nuestros niños y adolescentes la presencia de los medios de comunicación ni impedir que los mensajes y las imágenes les alcancen. Apropiémonos de los mismos e incorporémoslos como instrumentos para el quehacer educativo, utilizándolos como herramienta pedagógica, trabajando sobre ellos en el análisis de contenidos y discernir con respecto a la positividad o negatividad que conllevan. El punto neurálgico es si estamos preparados como docentes para tal ejercicio.

Abordar el análisis de un film, un film de animación, una viñeta o una tira cómica con alumnos de nivel terciario o, incluso, de enseñanza media superior puede resultar altamente enriquecedor y creativo. Se trata de alumnos que ya alcanzaron un grado de desarrollo intelectual y de madurez que hace posible la discusión y el análisis crítico. No importa cuál sea la asignatura en la que se está trabajando de tal forma, es factible la construcción de conceptos y la identificación de significados. Trabajar en esta línea con niños y adolescentes tempranos puede ser igualmente enriquecedor y creativo, pero se hace más problemático y requiere, sin duda, una mayor exigencia en la preparación –y capacitación- del docente.

Utilizar aquellos medios de comunicación y lo que ellos transmiten –o creemos entender que transmiten- en el aula, es tan seductor como peligroso. No se puede caer en la simplicidad conceptual ni en la tergiversación de los contenidos en aras de lograr un entendimiento por parte del educando que, en definitiva, resultará desacertado y no menos equívoco. Agreguemos a esto, que se corre el riesgo de subestimar la inteligencia del alumno. En este aspecto no podemos soslayar la postura del docente. Nos referimos a la necesidad de asumir una postura orientadora, actuar como un guía que despierte, desarrolle y estimule la comprensión del alumno y su criticidad, evitando la interpretación alineada de un texto, film o viñeta. Si ocurriera esto, quien lo hiciere, no comprendió el significado de ser docente.

Giovanni Sartori manifiesta que “todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.”[4]

Cuando el docente trabaja con sus alumnos imágenes recogidas de un programa televisivo o de una publicación, debe desentrañar los conceptos. Se trata de un proceso interactivo, en el que, conjuntamente con aquellos pueda extraer significados –no adjudicárselos- y construir saberes. Tarea poco sencilla cuando se trabaja con niños.

Recientemente tomó estado público un libro de Historia para sexto año de educación primaria. En el mismo, precisamente, se utilizaba una imagen tomada de una serie animada. Tal como estaba presentado, no daba margen para construir significados ni para el análisis crítico y creativo. Por el contrario, se presentaba como el posible ejemplo de un modelo de sociedad, sin opción para buscar en la situación planteada, otro contenido posible.

“Pero en asignaturas como historia cambia mucho lo que te explican según cómo piense el profesor. Puede influir claro. El pensamiento de las personas no es puro, está teñido de las creencias de cada uno. Pero esa influencia tiene sus límites de actuación… Hay aspectos de la historia que pueden explicarse desde enfoques distintos, a los que se pueden dar interpretaciones matizadas, pero siempre hay una base objetiva.”[5]

Lo dicho para la Historia es aplicable a otras ciencias, particularmente al grupo de las ciencias sociales. En éstas, por su carácter de fácticas, se trabaja sobre hechos reales, así como con teorías que procuran fundamentar posiciones y sucesos. Es en este ámbito del saber –más que en otros, aunque no exclusivamente- que se requiere ser extremadamente cauto con el manejo del material didáctico y con la forma de abordar los contenidos temáticos. Ha de pesar sin duda el caudal de conocimiento del docente, su madurez y honestidad profesional, factores que le permitirán discernir cómo ejercer su profesión.

Volvamos al acápite para plantearnos si nuestro sistema educativo está formando docentes a los cuales, más allá de los conocimientos requeridos en su especialidad, se les está capacitando en el uso de herramientas múltiples y adecuadas para que dicten sus clases con la profundidad y objetividad necesarias. O, por el contrario, estamos formando un proletariado intelectual, al decir de Sartori. Si así fuere, sería una demostración de carencias en nuestra formación docente a las que habría que prestar atención y corregir de inmediato, en aras de recomponer la formación de docentes. Hechos como el referido, que no es el único, nos llevan a cuestionarnos al respecto.

Lo dicho conduce también a incursionar en el tema de la ética profesional en el ejercicio de la profesión docente, tema que nos preocupa y que habrá de ocuparnos en alguna de las próximas entregas.

 


 

[1] SARTORI, Giovanni: Homo videns. La sociedad teledirigida. Pág. 147, Editorial TAURUS, España, 1998.
[2] SARTORI, Giovanni: Homo videns. La sociedad teledirigida. Pág. 23, Editorial TAURUS, España, 1998, citando la obra de Cassirer. 
[3] SAVATER, Fernando: Ética de urgencia. Pág. 32, Editorial Ariel (Paidós), Argentina, 2012.
[4] SARTORI, Giovanni: Homo videns. La sociedad teledirigida. Pág. 47, Editorial TAURUS, España, 1998.
[5] SAVATER, Fernando: Ética de urgencia. Pág. 64, Editorial Ariel (Paidós), Argentina, 2012.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.