Jueves, 15 de junio de 2017

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Educación y política (3)

“No puede negarse, por consiguiente, que la educación de los niños debe ser uno de los objetos principales de que debe cuidar el legislador. Dondequiera que la  educación ha sido desatendida, el Estado ha recibido un golpe funesto.”[1]

 

Tiempo atrás, en sendas entregas abordamos esta temática. Lejos de nuestro espíritu está pecar de reiterativos, pero en el entendido que el tema no está agotado, decidimos retomarlo.

La educación es una política de Estado. Lo ha sido desde siempre; es desde el gobierno que se trazan los lineamientos de la política educativa. Es precisamente el gobierno quien primero debe preocuparse y ocuparse de la educación. Sin embargo, en los doce años y fracción que el partido de gobierno lleva ejerciendo el poder del Estado, su preocupación por aquella –la cual parece ser real, dado las continuas declaraciones de sus principales integrantes-, sólo ha dado, hasta ahora, magros resultados.

La Ley de Educación Nº 18.437, de 12 de diciembre de 2008, pretendió ser el primer gran aporte y punto de partida para la reforma educativa que se presentó como prioridad desde el primer gobierno frenteamplista. La ley deja mucho que desear y la reforma la seguimos esperando. Luego de ese primer período de gobierno, sobrevino un segundo período donde el declive del sistema educativo fue grave y notorio, llegando a un alarmante grado de deterioro. Estamos en un tercer periodo con el mismo partido en el gobierno y ahora se apunta al cambio del ADN de la educación, proceso que nadie sabe a qué se refiere y del que, hasta el momento, no se ha dado ninguna señal relevante. Sí hay señales del mal funcionamiento del sistema educativo y de la inacción de las autoridades.

“El paralogismo consiste en atribuir a la realidad las contradicciones en que a menudo se incurre, y muchas veces es forzoso incurrir, en la expresión de la realidad; en transportar la contradicción, de las palabras a las cosas; en hacer de un hecho verbal o conceptual, un hecho ontológico.”[2] Las contradicciones están a la orden del día. Si escuchamos a los actores directos del quehacer educativo –docentes y funcionarios en general- y a los integrantes de los consejos rectores, parecería que están hablando de mundos paralelos. La gravedad que suelen ver los primeros en hechos que se dan en el ámbito de la educación, se transforma en anécdota pintoresca e irrelevante, para los segundos.  Se contradicen y al hacerlo; se desautorizan mutuamente. Una agresión de un estudiante a un funcionario liceal puede pasar a ser una travesura, según quien realice la observación.

La educación uruguaya, otrora modélica, hoy parece la “balsa de piedra” de la novela homónima de José Saramago: un trozo de territorio –la Península Ibérica, en la especie- que se desprende de Europa y flota sin rumbo por los mares del mundo, con toda la población encima, obviamente.  Nuestro sistema educativo, con todos los protagonistas dentro de él, ha perdido el rumbo y flota al garete vaya a saberse hacia dónde y por qué mares.

Cuando se proponen reformas y cambios en medio de la parafernalia que implica la campaña electoral y luego no se concretan en la práctica, no hay muchas interpretaciones posibles del hecho. O se trata de un bonito discurso comprador de votos, presentado pintorescamente para la tribuna (v.gr.: cambiaremos el ADN de la educación), o realmente se creía en ello, pero luego no se sabe por qué caminos hay que transitar, o peor aún, se creía, se tiene idea por donde transitar pero hay interesados en poner palos en la rueda, vulgarmente hablando, para impedirlo. Y esos interesados no son, precisamente, de la denominada “oposición”.

Que para obtener cambios en la educación no basta con modificar las cargas horarias y la grilla curricular, está hoy fuera de discusión. El tema pasa por otros aspectos. Por definir, en primer término, que tipo de hombre queremos formar para lograr integrarse plenamente como ciudadano comprometido y con elevada conciencia cívica en la sociedad.  Un individuo que a la vez, se construya a sí mismo y construya con otros. Para eso, debemos pensar a largo plazo. No podemos reestructurar con la mira puesta en el año próximo, son proyectos de largo aliento y este tipo de proyectos no se improvisa. No confundamos una reestructura con la supresión de alguna asignatura o la variación de cargas horarias. Esto, hecho por demás lamentable que ha ocurrido en reiteradas oportunidades no lejanas en el tiempo, demuestra ignorancia, ineficacia en la gestión y, en algún caso mezquindad, en tanto se limita a la defensa que cada uno hace de su chacra, en un vulgar reparto de horas.

Hasta ahora no se ha escuchado debatir públicamente sobre el tipo de hombre y el objetivo último del proceso de enseñanza-aprendizaje. Se ha mirado hacia fuera para observar lo que sucede en otras sociedades. Recurrente ha sido observar el modelo irlandés de educación (modelo que se dijo no corresponder con nuestra realidad, cuando lo observaron otros, en tanto que se entendió como modelo digno de ser tenido en cuenta cuando fue el Presidente de la República quien lo observó in situ). Esto es otra demostración de por qué no avanzamos. Porque hay una desautorización del otro y una negativa a escuchar otras voces que no sean la propia.

Vincular estas actitudes con la ideología es inevitable. Igualmente inevitable es entender que la educación debe estar más allá de cualquier ideología. Ni los contenidos programáticos se deben pensar ideológicamente, ni los docentes deben desempeñar su función en defensa de una ideología. Así funcionó en alguna época de nuestro pasado no tan lejano, donde el autoritarismo imperó sobre cualquier principio. Hoy hemos recuperado la laicidad y la prohibición del proselitismo; defendámoslos. Si pretendemos formar un ciudadano íntegro, debemos despolitizar la educación; las ideologías deben ser concebidas como objeto de estudio, no como filosofías orientadoras de los contenidos programáticos ni de la función docente.

El educando debe construir su propia forma de pensar desde la pluralidad. No debe ser dirigido, ni en su entender ni en el actuar, inculcándosele ideologías de especie alguna. “Según algunos, enseñar a pensar bien, y por consiguiente a actuar lo mejor posible, examinando las ventajas e inconvenientes de las diversas soluciones, es “enseñar a vacilar”.[3] Bienvenida sea la vacilación, en cuanto me posiciona para dudar, cuestionar y, por consiguiente, para buscar por mí mismo las vías que considere más adecuadas para cada caso.

Y recordemos que la ideología se transmite no sólo explícitamente al enseñarla, declarando compartirla. Se transmite también implícitamente con actitudes y con opiniones sobre hechos puntuales que pueda realizar cualquiera de los protagonistas del quehacer educativo en el diario acontecer. También las autoridades en cuanto desprecian los aportes que llegan o se ofrecen desde sectores de diferente color político. Construir es una tarea colectiva. El que piensa distinto no necesariamente está equivocado. Tampoco me desacredita políticamente si escucho a quien quiere aportar algo desde otras tiendas políticamente diferentes a la mía. Esa actitud de sordera más la parálisis que afecta a la mayoría de las autoridades de la educación, nos condujo hacia el pozo en que hoy nos encontramos. Eso es mediocridad. Saber escuchar y aceptar las propuestas que se consideren positivas, provengan de quien provenga, es sabiduría. La falta de autocrítica y el optimismo (falso) que quieren demostrar las autoridades son la causa del actual estado de cosas.

Como sostiene Giovanni Sartori: “… el optimismo infundado es una mala estrategia. Si se hubiera creído a Casandra, Troya se hubiese salvado. Y por lo tanto, para ganar al astrólogo que lo ve todo negro conviene escucharlo.”[4]

 


 

[1] ARISTÓTELES: Política (2007), pág. 179, Austral, Espasa Calpe, Madrid.
[2] VAZ FERREIRA, C.: Fermentario (2005), pág. 134, MEC-ANEP., Uruguay.
[3] VAZ FERREIRA, C.: Fermentario (2005), pág. 123, MRREE-ANEP, Uruguay.
[4] SARTORI, G.: Elementos de la teoría política (2010), pág. 319, Alianza Editorial, España.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.