Jueves, 3 de noviembre de 2016

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Educación y política

“Aspirad, pues, a desarrollar en lo posible, no un solo aspecto, sino la plenitud de vuestro ser… Sed espectadores atenciosos allí donde no podáis ser actores. Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos, que, incapaces de considerar más que el único aspecto de la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida.” (José Enrique Rodó – “Ariel”)[1] tweet

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Pensé en Rodó y releí algunas páginas de su obra magna. Los acontecimientos que se suceden en la realidad del país, puntualmente en el ámbito educativo, invitan a la reflexión. En tal sentido, es inevitable volver a los clásicos, pensadores y hacedores del quehacer cultural, convertidos en manantial inagotable de consulta recurrente.

Esa aspiración al desarrollo de la plenitud del ser a que se refiere el maestro, apunta a su concepción del hombre, no como simple ente, sino como existencia plena, en tanto entidad trascendente. Esto incide en el logro de una sociedad igualmente valiosa y significante. Conceptos con los cuales no podemos más que estar contestes. Y si es el quehacer educativo nuestra realidad, trabajar para que ello se logre debe ser el fin indiscutible del mismo.

Es por demás preocupante que se haya venido instalando en la sociedad actual un “falsísimo y vulgarizado concepto de la educación”. Cuando Rodó utilizó ese concepto estaba pensando, sin hesitación, en la sociedad de su momento. El paso del tiempo nos ubica en otro contexto sociocultural, no obstante lo cual, podemos sentir que también ahora se ha instalado el referido concepto de la educación. No creo que obedezca a la misma causalidad; me atrevo a sostener que no. La realidad social está en constante transformación, los cambios se suceden a velocidad extrema obligando que las funciones sociales –educación incluida-, estén sometidas a un proceso de adaptación permanente y vertiginoso. Sí entiendo que el contenido de la expresión se ha mantenido.

Independiente de las circunstancias en que se da el proceso educativo, la función predominantemente socializante de la escuela (tomando escuela en sentido amplio, como centro educativo), debe apuntar a la concreción de ese ser integral. Y allí estamos involucrados los diferentes actores: alumnos, docentes, autoridades y los grupos sociales que, aunque ajenos al ámbito educativo, están incidiendo en éste.

Con referencia a los protagonistas, hemos escuchado reiteradamente, en los últimos días, la frase “no sabes nada de educación”, refiriéndose a alguna autoridad responsable de la implementación de la política educativa. El sentido común indica que, por encima de los compromisos o intereses políticos, para asumir la responsabilidad de dirigir la política educativa y, si se quiere más que en alguna de otras funciones del Estado, la competitividad y conocimiento deben ser conditio sine quanon en las personas investidas con tal autoridad. La realidad muestra que primó el sinsentido común. Duele aceptarlo, pero es así. Se excluye a quienes parecen tener credenciales y capacidad suficiente para advertir lo que no está marchando adecuadamente, pero no parecen tener la obsecuencia requerida.

 “En principio, la cultura es inseparable de la política… De hecho, las artes, la filosofía y la metafísica, la religión u otras formas de vida espiritual, las ciencias constituyen la cultura. Pero la política, que debe ser la ciencia o el arte de la organización de nuestras relaciones para permitir nuestra vida en sociedad, la vida propiamente cultural, la política ha tomado en nuestra época la delantera con respeto a las demás manifestaciones del espíritu… la política se ha vuelto compromiso fanático y obtuso, rechazo de toda crítica y de toda puesta en tela de juicio.”[2]

Identificamos esta reflexión con una realidad que nos toca tan de cerca, tanto que estamos subsumidos en ella. El predominio de la política va, generalmente, en detrimento de la calidad educativa si desde el ámbito de gestión no se tiene claro cuál es el fin último de la educación. O, si se lo tiene, carecen del ascendiente suficiente para poner en práctica los planes propuestos.

Obviamente, lo político por encima de lo educativo. Y esto alcanza a las autoridades nacionales, de organismos rectores de la educación, así como a algunos colectivos docentes. Y el alumno, objeto último de la educación (que alguien lea, por favor, el artículo 5° de la Ley de Educación N° 18.437, de 12 de diciembre de 2008), se ha transformado en rehén de esa errónea concepción y víctima, ¿irrecuperable?, de una perversa gestión educativa.

No estamos pensando en el estudiante cuando nos preocupa más la distribución de cargos y los intereses corporativos que los resultados académicos. No pensamos en la formación de un ser en plenitud, cuando nos concentramos en tomar medidas que dejen contenta a la tribuna –no crítica y condescendiente a ultranza-, en vez de dedicar  nuestras energías a implementar los cambios sustantivos que apunten a una educación de excelencia. Quiénes no logren en enseñanza media el nivel suficiente para exonerar, tendrán una semana más de clases. Esto les permitirá llegar a nivel o prepararse para rendir examen. Una semana realmente milagrosa. Mientras tanto, en enseñanza primaria, se estaría insistiendo en que la repetición sea solamente en nivel tercero y sexto. Pero la creatividad no termina ahí. Para retener a los niños y jóvenes dentro del sistema, se habilita la inscripción anticipada, con lo cual quienes aún no terminaron la educación primaria ni tienen los resultados del curso, ya pueden anotarse en primer año de enseñanza media. No importa cuánto sepan, importa que no salgan del sistema. Lo dicho por Rodó, estamos ante “el peligro de preparar para el porvenir espíritus estrechos”. Muchos años dentro del sistema educativo, pero ¿cuánto aprenden?

Permítaseme que para sobrellevar esta realidad y carencia de sentido común, finalice esta nota apelando al sentido del humor. Acudo, una vez más, a un clásico, Julio César Castro (Juceca): “Sólo sé que no sé nada”, es el dicho más conocido porque lo dijo un griego de la antigüedad que creía que no saber nada y exponerlo públicamente era una forma de la sabiduría, cuando en realidad no era, ni es, más que un contrasentido destinado a confundir a la inocente juventud desprevenida, y a fomentar la ignorancia permitiendo, a muchos, decir muy sueltos de cuerpo y carentes de conocimientos: “Saber, lo que se dice saber, nadie sabe nada de nada.”[3]

El impagable Quino, otro clásico, alude al mismo hecho en una viñeta en cuyo primer cuadro se ve a Sócrates diciendo “Sólo sé que no se nada”; en el segundo cuadro es muerto atravesado por varias flechas y en el tercer cuadro, los soldados (los que le mataron) le rodean y uno le grita al cadáver: “Así que atentando contra nuestro sistema educativo”.

Estimados lectores, ríanse o lloren. La opción es vuestra. Aconsejo hacer lo primero, reflexionar e intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para mejorar la realidad educativa de nuestro país.

 


 

[1] Rodó, José Enrique: Ariel, pág. 61,Serie Edición Homenaje, MRREE – CETP, Montevideo, 2008
[2] Ionesco, Eugene: El hombre cuestionado, pág. 48, 49, Emecé Editores, Buenos Aires, 2002.
[3] Castro, Julio César (Juceca): El lugar de los grandes pecados atroces, pág.  347, Grupo Editorial Planeta, Montevideo, 2013.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.