Viernes, 23 de febrero de 2018

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Educar desde todos los ámbitos

“La escuela les da también otros hábitos sociales que tan directa influencia tienen sobre la moralidad de los hombres… estos hábitos adquiridos en la infancia harán que respete  a los demás y que se respete a sí mismo, presentándose siempre delante de los otros de una manera decorosa.”

José Pedro Varela[1]

 

Desafiante y con incertidumbres. Así se presenta en nuevo año en materia de educación. En pocos días se iniciará un nuevo año lectivo y nos encontramos “sin novedad en el frente”, parafraseando el título de la novela que escribiera en autor alemán Erich María Remarque en 1929. Estamos aludiendo a la educación formal. Nada se hizo en el tiempo que ha transcurrido de esta administración y, todo hace prever que nada se hará en lo que resta del período de gobierno. Los anuncios realizados se han transformado en “pompitas de jabón”, expresión que a nuestro Presidente no le gusta y utiliza de manera irónica como crítica hacia algún contendor, pero que se puede aplicar perfectamente a su gestión o, si se quiere, a sus promesas no cumplidas.

Preocupante y alarmante es lo que está sucediendo con lo que podemos considerar educación informal. Tomemos como tal a la educación que recibimos de aquellas instituciones que no tienen como función específica el educar. Vale decir, lo que se nos transmite a través de la familia, los grupos de pares, la sociedad, los medios de comunicación. En esa educación, de un modo u otro, intervenimos todos. Esa participación genérica dificulta, demás estar decirlo, la ejecución de controles precisos, como sí lo permite la educación formal.

Precisamente, pues, en este ámbito de informalidad, el aprendizaje es tan abierto

como carente de planificación. “En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no… a lo que nos conviene solemos llamarlo ‘bueno’ porque nos sienta bien; otras, en cambio nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos ‘malo’.” [2] Si como personas estamos debidamente formados y quedamos sometidos a un proceso socializador que se adecua a criterios positivos de convivencia, es indudable que ésta habrá de ser más fácil y positiva. Distinta ha de ser la realidad en la medida que no todos estemos acordes con la determinación del alcance de los conceptos de “bueno” y “malo”.

En la época que nos ha tocado vivir hemos vivenciado diferentes cambios, notorios y rápidos. “El aprendizaje de normas y valores arracimados en forma de papeles sociales y pautas recurrentes de interacción social forma parte de eso que llamamos transmisión cultural”[3] Transmisión que se produce tan vertiginosamente que si nos distraemos, corremos el riesgo de la exclusión o la incapacidad de corrección de lo que consideremos necesario modificar en aras del beneficio de todos quienes convivimos en nuestra sociedad. Estamos viviendo lo que Zygmunt Bauman denomina como “modernidad líquida”, sosteniendo que “la modernidad se vuelve “líquida” en el transcurso de una “modernización” obsesiva y compulsiva que se propulsa e intensifica a sí misma, como consecuencia de la cual, a la manera del líquido… ninguna de las etapas consecutivas de la vida social puede mantener su forma durante un tiempo prolongado.”[4]

Y así es, los hechos se producen, acontecen cosas nuevas en forma tan rápida que somos sorprendidos por los nuevo antes de asimilar, en muchos casos, le recientemente sucedido. Todos los individuos estamos subsumidos en esta vorágine de sucesos, imágenes, sonidos y mensajes donde la simbología se torna, frecuentemente, difícil de comprender, abriendo la posibilidad de significados para un mismo mensaje.

En medio de esta realidad está la educación. En el ámbito de lo no formal, el niño y el joven están adquiriendo hábitos, valores y modos de comportamiento que les llegan de los diversos transmisores y que, no necesariamente, son los más recomendables. Una rápida revisión de lo que hoy acontece nos permite señalar hechos públicos y notorios que pueden ser recibidos con diferente valoración por los diferentes actores sociales, pudiendo llegar a ser de gravedad la recepción y el entendimiento que hagan los miembros más jóvenes de nuestra sociedad.

Veamos, pues. Los medios de comunicación transmiten imágenes, canciones, programas en los que, una y otra vez, se banaliza la cultura y todo se convierte en espectáculo, tal como lo plantea Mario Vargas Llosa en una de sus obras.[5] Las noticias de página roja son de circulación diaria, porque los hechos de violencia también lo son, al punto que un crimen, otrora acontecimiento circunstancial, hoy es cotidiano y nos estamos acostumbrando a vivir con el delito diario de cada día. Muchos de ellos quedan impunes y esto también trasciende.

En diferentes series de televisión se hace una verdadera apología del ocio. Es frecuente que encontremos familias o grupos de amigos donde nadie trabaja –o, al menos, no queda identificado en qué-, dedicando su día a atender problemas sentimentales, propios o ajenos. Y si alguno trabaja, es alarmante la displicencia con que lo hace. Y no pasa nada. No pretendamos encontrar en estos programas gente que estudie. El estudio para superarse en la vida es una actividad desplazada totalmente de este “inframundo mediático”. La gran mayoría de los protagonistas, por lo decir la totalidad, utilizan su tiempo de ocio en cualquier actividad –la más frecuente, ocuparse de la vida ajena y de ser posible, molestar al otro-, a nadie se le ocurre ir a un concierto, al teatro o leer un libro.

No hablemos del lenguaje. Cada vez con más impunidad la chabacanería y el lenguaje soez se están imponiendo en la sociedad. Y esto no se aplica sólo a los medios de comunicación y a algún programa comercialmente rentable dirigido a público no pensante, sino que incluye a nuestros gobernantes, políticos y docentes. No podemos ni queremos incluir a todos los nombrados en la misma bolsa, pero basta que haya unos cuantos –y los hay-, para que el asunto se torne grave. Ya no es sólo un parlamentario insultando a otro en el furor de una discusión política (no se justifica de ningún modo), se trata del uso de términos que en otra época se calificaban como “malas palabras”, si es que el correcto semejante calificativo; se trata de actitudes irreverentes y patoteras que no se corresponden con determinadas investiduras. Hay el insulto y la falta de respeto están incorporadas, se mantienen impunes y más aún, resultan graciosas para muchos que las aplauden complacientes. Se han convertido en un arma demagógica.

La gran preocupación radica en lo siguiente: saber si desde la educación y sus instituciones estamos en condiciones de corregir esas manifestaciones “anticulturales” – por darles una denominación que las identifique, aunque no sea quizás, lo conceptualmente correcto- , o, por el contrario, estamos en la quietud condescendiente del “no puedo”.

Creo que independientemente de lo que se proponga desde las autoridades educativas, cada uno de nosotros, como docentes, debemos proponernos y comprometernos en desarrollar la labor formadora plenamente. Desde esa postura realizar una tarea combativa que nos permita reencontrar los valores perdidos y entender definitivamente que es con la educación con lo que habremos de superar los cada vez más acuciantes problemas que nos aquejan. Y no temamos en involucrar a quienes no son profesionales de la educación. La tarea es ardua y es de todos. Y quienes están transmitiendo los valores que queremos combatir, tienen fuerza y llegan fácilmente a la generalidad de los integrantes de la sociedad. Por experiencia sé que no es fácil rebatir desde el aula lo que me informa un periódico o más aun, un programa de radio o televisión, los que, sin que tenga que hacer el esfuerzo de pensar, me dan digerido el mensaje. Justamente, lo que tenemos que lograr es que la capacidad de pensar no se disminuya pues es la que permite el discernimiento. Este accionar debería practicarse también desde aquellas instituciones. Si formamos bien al hombre nuevo, podrá hacerlo.

Permítanme que cierre el artículo citando nuevamente a Varela: “… necesitamos propiciarnos el concurso, las simpatías y el interés de toda la sociedad; tratar de llevar al ánimo de todos el convencimiento de que estamos trabajando en la más grande, en la más colosal y en la más fecunda de todas las obras que ha ensayado jamás la osadía del espíritu humano, en la obra de la educación del pueblo.”[6]

 


 

[1] VARELA, José Pedro: Discurso pronunciado en el Club Universitario el 18 de setiembre de 1868
[2] SAVATER, Fernando: Ética para Amador, 2004, págs. 20 – 21, Editorial Ariel.

[3] RODRÍGUEZ PASCUAL, I.: Educación, en Instituciones y organizaciones sociales”, 2005, pág. 124, Thompson Editores.
[4] BAUMAN, Z.: La cultura en el mundo de la modernidad líquida, 2013, pág. 17, FCE.
[5] VARGAS LLOSA, M.: La civilización del espectáculo, 2012, Alfaguara.
[6] VARELA, José Pedro: Discurso pronunciado al clausurar las Conferencias de Inspectores Departamentales, 1878.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.