Martes, 5 de septiembre de 2017

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Educar para “la vendetta”

Hace mucho y no tanto tiempo, Montevideo tenía menos de la mitad de liceos que en la actualidad. A partir del advenimiento de la democracia en el 85, los sucesivos consejos fortalecieron con nuevas instituciones la capital del país, hasta llegar a las más de setenta que tenemos en la actualidad (sumadas a otras modalidades). Las razones habrán sido adecuadas a una demanda social o habrán respondido a la coyuntura de los planes de la época.

Durante muchos años ir al liceo sí o sí significaba, para una notable mayoría, financiar la famosa boletera porque en el barrio no había liceo. Por su parte, los docentes veían salones sobrecargados de estudiantes. Que nadie piense que iniciados los noventa esto no sucedía. Cuando, desde el otro lado, como docente, se ingresaba al salón de clase, siempre surgía la intriga de comprobar, en definitiva, cuántos escritos habría que corregir durante los fines de semana.

Con preocupación, hoy nos cuestionamos qué sucedía con aquellos que no ingresaban a la educación media. Más de cuarenta años después, me pregunto qué aconteció con aquellos compañeros que hicimos fila ante la maestra de Sexto Año para comunicarle si iríamos “al liceo” o a la UTU. (Por aquellos años “secundaria” era “el liceo”). No recuerdo, como liceal o como novel docente,  que en aquella época se hablara de deserción, de rezago o de desafiliación. Quizás las respuestas eran más duras y tenebrosas: “no va más al liceo”; “no viene más”. Evidentemente, el concepto de universalización de la enseñanza media solo flotaba en el universo.

En la actualidad, no concebimos un grupo con mucho más de veinticinco estudiantes, aunque, en ciertas instituciones, la treintena se supera. Sin embargo, con profundo dolor, hay que admitir que muchos grupos funcionan, con suerte, con veinte estudiantes. Y, a veces, con mucho menos. Por lo tanto la pregunta se repite: ¿qué acontece con esos estudiantes que no van al liceo? A diferencia de aquellos tiempos, hoy se estudia la deserción, el rezago y el ausentismo. Abundan las gráficas. Existen dispositivos específicos para combatir cada uno de esos fenómenos que, también con profundo dolor, demuestran que el tránsito entre la educación primaria y la media, y la permanencia en media no son hechos consumados. Por lo tanto, como ciudadanos y como profesionales de la educación, nos preocupa cuánto falta para efectivizar la universalización de la enseñanza media.

Ahora bien, en este punto me quiero detener: ¿cuándo se logrará esa universalización de la enseñanza media?

Una parte del planteamiento puede parecer de Perogrullo: la educación debe llegar a todos, sin excepciones y con el nivel que merece un ciudadano de un país democrático y republicano.

Tal vez, la idea de “nivel” pueda ser más discutida, aunque está en estrecha relación con el concepto general.

Es decir, el primer problema es definir “nivel”. Sin dudas es un término frecuente pero polisémico (o de dudoso significado, lamentablemente). ¿Es calidad? ¿Calidad de qué? ¿Es conocer los contenidos de cada una de las asignaturas que constituyen el currículo? ¿Es desarrollar competencias cognoscitivas y sociales? ¿Es alcanzar una visión global del mundo? Solo sé que estar en un aula y lograr “nivel” implica esfuerzo y estudio, adaptado, obviamente, a la realidad del joven actual. No tengo nostalgia de métodos decimonónicos, por las dudas y por el contrario. Pero sin esfuerzo del estudiante, de la familia (concebida ante la realidad del siglo XXI), de la sociedad y de los docentes, el “nivel” no se alcanza. Por lo tanto, asocio universalización a compromiso colectivo. Intentaré esbozar al menos un aspecto de ese compromiso.

Estoy convencido de que la educación se crea desde utopías. El docente vocacional e íntegro ve mucho más allá de futuro. Valga la hipérbole por lo absurda. Por eso, ese juego de ideales que planteo es la columna que nos sostiene profesional y emocionalmente. Entonces, ¿cuándo habremos universalizado la educación? Cuando nuestros estudiantes hayan desarrollado sus capacidades comunicativas con plenitud, lo que significa discutir y debatir con el entorno, dialogar y argumentar ante cualquier texto (comprender disciplinas o áreas del saber), discernir entre los mensajes que proponen la verdad relativa y la verdad absoluta (construir democracia y república). Puedo expresarlo con mayor sencillez: cuando los estudiantes sepan leer y escribir con un espíritu crítico. Puedo ser más pragmático: cuando la capacidad lingüística de los estudiantes no sea motivo de preocupación para los rectores de las universidades. “Desde el susurro y la densidad de los seres que somos, las lecturas que hacemos nos revelan en las significaciones que construimos, nos transparentamos en ellas. Si quisiéramos, podríamos incluso leernos a nosotros mismos en esas interpretaciones que hacemos sobre los textos de los otros. Hasta la muerte es una lectura posible que acontece en la tristeza y puede desgarrarnos…” (Ángela Praderi; El sentido de la lectura; 2013)

¿Desde qué lugar podemos pensar la lectura y la escritura? El escritor italiano Ferdinando Camon dice que escribe “per vendetta”. Este concepto taladra la cabeza del educador. La expresión nos evoca “la cossa nostra”, lo más alejado de los principios éticos que promovemos desde nuestra vida y al entrar a una institución educativa. Cuando conocemos sus razones, otra imagen mental configuramos.

Camon cuenta que su madre y su padre apenas sabían leer y escribir; ella, el nombre y el apellido; él, un poco más. En su pueblo el analfabetismo era el común denominador de los habitantes. En su retina quedó grabada la procesión de analfabetos que, con cartas en sus manos, se dirigía al encuentro del cura para que las leyera. Por eso ansió leer y escribir. Precisamente para pasar hacia aquel lugar en el que la escritura era una demostración de poder. Soñó con poseer la escritura para usarla como un favor hacia los demás. Scrivo per vendetta. Non per giustizia, non per santità, non per gloria: ma per vendetta. Tuttavia, dentro di me, sento questa vendetta come giusta, santa, gloriosa”. Su venganza es la venganza de aquellos que no sabían leer ni escribir. (https://ilmestierediscrivere.wordpress.com).

¿Ilusión? Quizás. ¿Verdad? Tal vez. Acaso sea el momento de comprometernos con esa ilusión y de ir en búsqueda de una verdad ajena de toda parafernalia, para que el trabajo centrado en una de las columnas del sistema educativo permita lograr, por fin, una universalización responsable, a la luz de una realidad que exige toma de decisiones urgentes para responder, como personas y no como números, al conocimiento, al saber y al bien social. Que universalizar sea aprender. Permanecer para aprender. Disfrutar el aprender. Que universalizar no sea cursar. Que todos nuestros niños y adolescentes participen de ese principio irrenunciable de la universalización de la educación, teniendo como eje la lectura y la escritura. Ya habrá quien se refiera al conocimiento lógico-matemático: la otra columna transversal al sistema.

Oscar Yañez

Autor: Oscar Yañez

Egresado del IPA y especialista en docencia de educación media