Miércoles, 9 de agosto de 2017

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El género en la lengua

La lengua es inocente.

 

Antes de introducirnos en el fascinante mundo de la lengua latina, el profesor Zanier, a los jóvenes estudiantes de la generación 82 del IPA (por aquellos años INADO) nos dijo que el español no deriva del latín. No, no deriva, aunque muchos lo crean así. El español es latín. Es español es el resultado de un viejo latín sometido a las vicisitudes del tiempo en una región de la Península Ibérica; en otras se producían otros fenómenos lingüísticos que aún conocemos y qué buenos dolores de cabeza provocan a la corona española.

Ahora bien, el cambio no es solo el resultado del paso de las horas. Algunos dirían que se da porque la lengua tiene vida.

No lo creo. La lengua cambia porque tiene enunciadores y enunciatarios que crean enunciados; es decir hay gente que construye unidades de sentido y de significado que se adecuan a singularidades psicológicas, sociales, culturales, etc.. Con otras palabras: la lengua no tiene vida; la vida está en nosotros y por eso la lengua cambia. Y para ello necesita tiempo y no palanca.

Diferentes pueden ser las razones que conducen al cambio. No tengo registro -y si lo hay lo desconozco- de un exitoso cambio lingüístico impuesto. Las formas lingüísticas forzadas fueron volátiles y de escasa resistencia. Desaparecieron y volvieron al lugar aquellas que eran naturales para el hablante.

Por ejemplo, si recorremos las diferentes versiones del tango “Cambalache”, observamos que, por el léxico tan incómodo para su época, la estirpe  bonaerense más pacata obligó a reemplazar algunas unidades léxicas y, en su lugar, colocar “las correctas”.

Durante años también se promovió el purismo de la lengua, un modelo de discriminación entre quien sabe y quien no sabe hablar. Existieron persistentes propagandas y políticas de uso del idioma basadas en el “no se debe decir…” y el “se debe decir…”. Uno de los recurrentes ejemplos era “No se debe decir aterido de frío. Se debe decir aterido”.

¿Qué ocurrió con esas imposiciones? Se esfumaron. Hoy escuchamos “Cambalache” en su versión original sin asustarnos de los términos “incorrectos”. A la fecha, decimos “tengo frío”. Y no sé si existe una frecuencia representativa de la utilización del vocablo aterido ni qué grado de disponibilidad posee. Así podríamos seguir con subo para arriba o con lapso de tiempo.

La lengua fluye. No se la encapsula. Imponer la duplicación del uso del género es una forma de colocar la lengua en un cápsula sometida al dominio exterior, soslayando el rigor del tiempo y las circunstancias de los hablantes. Ni García Márquez pudo ejercitar un cambio cuando dijo “jubilemos la ortografía”. Tampoco él lo intentó. Yo creo que él sabía que sería un fracaso.

El género gramatical es una manifestación que no necesariamente se debe asociar al sexo. De hecho hay palabras con género masculino y con género femenino que nada tienen que ver con el sexo. También palabras que corresponden o aluden a ambos sexos y no es posible hallar un constituyente morfológico que los diferencie.

Los sustantivos son la clase de palabra especialmente afectada ante la dicotomía de género. Pronombres, artículos y adjetivos también quedan involucrados, pero aquellos son los que llevan la voz cantante, por su relevante función y significación.

El iberorromance que llamamos español posee un tercer género. Se trata de un escaso número de palabras en género neutro. Neutro no significa híbrido. Era y es otro género (insistimos: hoy muy reducido) que tendió a desaparecer, aunque muchas veces recurrimos a él para hablar de “lo lindo” o “lo feo”, o para señalar “eso” o “aquello”. Cuando se habla de la categoría género en la morfología del latín vulgar, se considera que la gradual desaparición del neutro es el fenómeno más relevante: “gradual desaparición”; no desaparición; acaso una transformación. Los hablantes, que instalan la vida a la lengua, asignaron a esas palabras otro género gramatical. Nadie lo impuso. Es el resultado de un largo proceso de cambio natural generado por el uso, jamás por un dogma.

El uso natural y no compulsivo hace que el hablante diferencie al referente femenino del referente masculino. Como regla general, ese hablante, aplicando el principio de economía -el que también tenemos en cuenta en el supermercado- cuando se dirige o alude a referentes masculinos y femeninos simultáneamente, opta, porque históricamente es así, por la generalización con el masculino. ¿Es arbitrario? Sí, es arbitrario. Porque la lengua es arbitraria. Esto no significa que el usuario piense solo en el hombre concebido como macho que domina al sexo femenino cuando la unidad léxica alude a un colectivo. O quizás sí, pero el problema no está en la lengua. Está en la persona. La lengua es inocente.

La lengua transmite intenciones. Pero la lengua no es intenciones. El genérico masculino es como el plural sociativo o de cortesía: decimos “nosotros”, pero se trata de un solo emisor (una sola persona). ¿O alguien dirá que detrás de ese pronombre se esconde la intención de evadir responsabilidades individuales al amparo de la pluralidad? La respuesta podría ser sí o no. Igual que con el uso del masculino genérico. El problema es ético, no lingüístico. La lengua es inocente.

El abuso de unidades léxicas para combatir el sexismo en la comunicación es mucho más grave. La violación del principio de economía fuerza el discurso y no contribuye a la naturalidad que merece la fluidez del mensaje. Por el contrario, lo complejiza y lo transforma en una creación antinatural, porque, seguramente, el mensaje es el resultado de un esfuerzo que, en definitiva, esconde la realidad histórica del cambio aún no consumado.

Leí hace poco en un tuit: “paz y más paz para todos y todas nuestros hermanos latinoamericanos”. La duplicación inicial a la larga no se mantiene, porque nuestra tendencia es hacia la economía. Queda en evidencia la artificialidad o el intento de satisfacer exigencias que nada tienen que ver con la lengua.

En la lengua no existen los fantasmas. Tal vez estén en las cabezas de cada uno de los hablantes. La lengua es cultura. La intención que encierra el mensaje podrá contribuir a la discriminación en relación con las creencias o preconceptos del hablante, no por la naturaleza del idioma. Lengua es inocente.

La honestidad, la tolerancia, la aceptación y la atención a la diversidad no pasan por el “todos y todas”, ni por el “niños y niñas” ni por el “el joven y la joven”. Por el contrario, la construcción de estas estructuras puede ser caparazón que actúa como un escudo que protege o que esconde las más perversas inclinaciones humanas. No veo la dignidad humana resguardada en un morfema. Yo soy hombre, pero por sobre todo soy “persona”, en femenino. De otro modo: siempre en femenino seré “persona”, sin dejar de ser masculino. Me siento “gente”; en femenino, con mi sexo masculino. “Persona” y “gente” somos todos independientemente de nuestras opciones. La lengua es inocente.

Con educación (y por la educación), en las actitudes y en los procedimientos, cada persona comprende, entiende y respeta al otro por sus virtudes y diferencias, las que, por cierto, no solo son de género. La tolerancia es una virtud humana. La aceptación de la otredad es un supremo valor humano. La lengua siempre es inocente.

Oscar Yañez

Autor: Oscar Yañez

Egresado del IPA y especialista en docencia de educación media