Martes, 5 de junio de 2018

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El idioma y la convivencia

“El idioma es poder” estamos acostumbrados a escuchar. Sí, es cierto. Es poder cuando lo usamos con esa función, pero la lengua también es literatura: es arte; es la capacidad de desarrollarla para provocar o recibir el goce estético.

Este planteamiento tan simple, en definitiva, nos indica que el conocimiento de la lengua despliega nuestras capacidades para abarcar extremos muy complejos. Sencillamente, en la medida en que seamos capaces de recorrer por esos territorios que nos abre el conocimiento lingüístico, desarrollaremos nuestras competencias para vivir en sociedad. O sea, vivir con los otros: convivir.

Justificamos así la necesidad de aprender lengua, pero, que incorpore y que también esté más allá de la asignatura en el currículum de primaria o secundaria. Estamos viviendo un momento en el que debemos entender que conocer la lengua es uno de los pilares principales para crecer en una sociedad democrática y republicana.

Es innecesario detallar las características físicas o psicológicas que definen a la especie humana. No obstante, a veces parece que las particularidades del ser humano se resumen en características visibles a través de comportamientos, actitudes y reacciones o a través de sus peculiaridades físicas. Por lo tanto, corremos el riesgo de reducirnos a una pobre imagen de “ser humano” o de “ser humana”, lo que, en realidad, y tarde o temprano divide, sectoriza y fanatiza, tanto de un lado como del otro.

Es así que olvidamos que somos lo que somos, gracias al dominio de la lengua. A esta altura, cualquiera podría decir que se trata de una obviedad. Naturalmente. Pero nuestro problema no está en que, en definitiva, todos podemos hablar. Nuestra preocupación radica en cómo y en qué variable de habla desarrollamos nuestra vida en sociedad. No nos preocupan, al menos por el momento, las especificidades de nuestra comunidad lingüística, porque sabemos que es la española o, si se quiere, la hispanoamericana (por respetar al mayor números de hablantes, entre otras razones).

Nos referimos a que nuestro centro de interés es el desarrollo, comprobado y sin dudas, de la lengua estándar. Sabemos que los especialistas en la materia podrían cuestionar el concepto por la dificultad que implica su definición. Sin embargo, los docentes siempre debemos asumir riesgos cuando trasponemos el conocimiento erudito a nuestros estudiantes. Por eso, precisamente, para no caer en definiciones imprecisas o en ocasiones incorrectas, promovemos el desarrollo de la competencia lingüística a través de textos. En este sentido, la pregunta es “¿qué textos?”. La respuesta es tan simple como decir que se trata de textos modélicos, que por sus estructuras o componentes lingüísticos tienen un valor especial. El objetivo, entonces, es plantear un cuadro de referencias que encierre la diversidad lingüística, de tal manera que no pretenda desmoronar el habla particular del estudiante, sino, por el contrario, sumar saberes para que el joven tenga a mano un repertorio de posibilidades que le permita adecuar el uso de la lengua a las situaciones más simples o a las más complejas.

Entendemos que el gran desafío del conocimiento de la lengua es el acercamiento de los alumnos al texto literario. Y ya estamos nuevamente en un punto de inflexión que puede generar confusiones. No hablamos de enseñar solo literatura. Tampoco hablamos de enfrascarnos en la escritura. Nada mejor que el equilibrio: escritura y oralidad. Seguimos enmarcados en la enseñanza de la diversidad de manifestaciones lingüísticas. No obstante, el acercamiento a aquellas obras superiores debe estar en la mira de la educación para cumplir con su función fundamental. ¿Acaso la educación ha cambiado tanto que sus objetivos fundamentales ya no son leer, escribir y saber matemática?

Ahora bien, antes o durante el proceso -que, sin lugar a dudas, no tendrá fin-, los modelos lingüísticos se encuentran a nuestro alrededor. La sociedad los crea y los multiplica.

La familia es la primera fuente de conocimientos lingüísticos. Como sabemos que no siempre esa fuente suministra el caudal necesario para el desarrollo de la persona en la sociedad, la escuela viene y ofrece -insisto en que como una de sus funciones principales- los saberes más relevantes de la disciplina.

Sin embargo, sería una inocentada creer que, hoy en día, solo la escuela enseña. Por supuesto que hay que confiar en ella y evitar su pauperización. Los medios de comunicación o, mejor dicho, los agentes de la comunicación construyen también discursos que enclaustran conocimientos primitivos o, por el contrario, enaltecen el idioma mediante productos lingüísticos referenciales.

Esos agentes son los periodistas, los productores…; también, los políticos. Y subrayamos: los políticos. Y agregamos: por suerte están para serlo.

“Carnavales eran los de antes”, decían algunos de nuestros abuelos. Tristemente, en reiteradas circunstancias nos nace: “discursos políticos eran los de antes”.

Sentimos que la voz de un parlamentario contribuye a la sociedad con un modelo de expresión. En algunos casos, como lo registra nuestra historia, existieron piezas orales o escritas que aún desbordan por su fuerza y valor estético. Si pretendiéramos que cada parlamentario tuviera esa capacidad, estaríamos haciendo tambalear las bases de una república. Por lo tanto, no negamos el uso de la palabra popular. La rescatamos y la destacamos. La palabra del pueblo puede y debe también estar en el representante del pueblo. Apuntamos al equilibrio.

Carlos Paz Pérez, en su “Diccionario cubano de términos populares y vulgares”, publicado en La Habana en 1996, cita al poeta cubano José Zacarías Tallet: “Para mí lo popular es la palabra que surge del pueblo y que, al principio, no tiene un significado claro para todos, pero responde a una intención o a una emoción. De ello nacerá el vocablo que habrá de quedar. Lo vulgar es la frase chocarrera, que hiere al oído…”

La grosería no tiene lugar en ciertos ámbitos. La vulgaridad ofende y no ayuda. Genera pena ante los más destacados referentes, sin importar el lugar de origen. Nuestro mayor deseo es que no se naturalice “la frase chocarrera” que apenas reflejaría incongruencias e incoherencias.

No nos importaría demasiado si el político dice “puédamos” o “haiga”, mientras exista una educación lingüística que haya incorporado en el hablante las formas “podamos” y “haya”. Que el hablante elija. Pero cuidado, el riesgo de desconocer las diferencias existe. Los resultados nos señalan que la crisis se instaló. Dudamos, con mucha frecuencia, sobre el verdadero porcentaje del desarrollo de la conciencia lingüística de nuestros alumnos.

No nos interesa solo describir la realidad del uso del idioma, porque sentimos que caemos en una actitud demagógica de “respetar” la realidad ajena. Por nuestra naturaleza respetamos la otredad, pero  -este es el enclave- desde el desenvolvimiento individual; el “buen uso” será exigido por la sociedad (o la universidad, para ser más explícitos), nos agrade o no la expresión entrecomillada. Hagamos que niños y adolescentes de contextos de alta vulnerabilidad se eduquen invadidos de modelos lingüísticos que permitan una inclusión responsable; esa que desarrolla la capacidad de discernir. Pensamos que la clase política cumple una función en este sentido, a través de la construcción de mensajes de alto impacto social. Quien discierne piensa, opta, debate, elige. Sin estas capacidades no hay democracia ni república. Las instituciones y los integrantes de todas las instituciones tienen responsabilidades al respecto. Quizás por estos espacios esté el sendero de la convivencia que muchos anhelamos.

Oscar Yañez

Autor: Oscar Yañez

Egresado del IPA y especialista en docencia de educación media