Viernes, 3 de febrero de 2017

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El terrorismo y Trump

Como algo habitual, pero profundamente lamentable y ominoso, observamos que se reiteran, cada vez con mayor frecuencia, actos de terrorismo que causan cientos de muertos y heridos en diversas partes del Mundo. Generalmente se trata de personas inocentes lo que incluye a mujeres y niños que son sacrificados en esos crueles ataques. Los medios utilizados son diversos, desde los homicidios indiscriminados, a los ataques con bombas, a la utilización de camiones contra grupos de personas, a la colocación de explosivos en medios de transporte o en estaciones de trenes, etc.

La comunidad internacional ha repudiado estos ataques y procurado establecer un orden jurídico que sirva como instrumento para prevenirlos y para reprimirlos, pero la realidad indica que, en este combate, los resultados que se están obteniendo no son satisfactorios. Y es que el terrorismo no se ajusta a ninguna norma jurídica o ética, busca sembrar el terror matando y destruyendo y tiene la ventaja de su carácter proteico ya que puede expresarse de múltiples formas. Es como una hidra de mil cabezas que se ha manifestado a través de múltiples crímenes y que, por ende, es muy difícil de combatir.

En entre los años 1939 y 1940 tuvo lugar, en Montevideo, el 2º. Congreso de Derecho Internacional, conmemorando los 50 años del anterior que había tenido lugar también en nuestra ciudad capital entre los años 1888.y 1889.

En momentos en que se analizaba el proyecto de tratado de Derecho Penal Internacional, el representante argentino, el Profesor Carlos Alberto Alcorta, propuso incorporar una definición sobre el terrorismo para excluir a los que cometieran estos delitos del asilo político. Frente a este planteo, el representante uruguayo que lo era el eminente Profesor de Derecho Penal Dr. José Irureta Goyena se opuso enfáticamente, alegando que los delitos terroristas eran delitos aureoleados, es decir, de muy difícil definición por lo que se podían cometer injusticias y falta de tecnicismo incorporando una definición a ese tratado.

El transcurso del tiempo le dio la razón al profesor Irureta Goyena y los esfuerzos que después se efectuaron en múltiples foros y congresos internacionales para definir al terrorismo fueron infructuosos, precisamente, por su carácter cambiante que ofrece una enorme variedad de expresiones donde el único hilo conductor es el de sembrar la muerte y el terror.

Precisamente, por tal circunstancia, con el correr del tiempo, se fueron elaborando convenciones sobre delitos específicos considerados terroristas, como los atentados contra la aviación civil internacional, la toma de rehenes, la utilización de explosivos, la utilización de explosivos, los atentados contra el transporte marítimo, la desaparición forzada de personas, etc.

La República Oriental del Uruguay, el 30 de enero de 2007, ratificó la Convención Interamericana contra del Terrorismo que no define al terrorismo, pero le da vigencia, entre los países vinculados por la Convención, a otros tratados específicos que se han aprobado en esta materia, como las convenciones de La Haya y Montreal para la represión de los actos de secuestro y atentados contra la seguridad de la aviación civil, la Convención de Naciones de 1973 sobre la prevención y castigos de delitos contra personas internacionalmente protegidas, que tiene como antecedente un proyecto uruguayo, la Convención internacional contra la toma de Rehenes aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1979 y otras convenciones específicas.

Curiosamente, el secuestro y toma de rehenes, que fue uno de los instrumentos del lucha más utilizados por los grupos subversivos que azotaron a nuestro país hace más 40 años, no constituía, para el ordenamiento jurídico uruguayo, la calificación de delito terrorista hasta enero de 2007.En efecto, ello aconteció al ratificarse la Convención Interamericana en materia de terrorismo que le dio carácter vinculante a la Convención sobre el tema de Naciones Unidas de 1979.

El 11 de setiembre de 2001 se produjo el mayor atentado terrorista de los últimos tiempo con la colisión de aviones comerciales secuestrados contra la torres gemelas del World Trade Center de Nueva York y contra el Pentágono en Washington.

Ese atentado generó una alarma generalizada, impactó en los mercados financieros y provocó reacciones que todos ustedes conocen con consecuencias todavía imposibles de evaluar.

Por un lado, se generó una más sólida conciencia entre los países sobre la necesidad de luchar y colaborar con este flagelo. Sin embargo, los resultados hasta la fecha han sido magros. Jean Francois Revel dijo una vez que “antes de que se establezca o se extienda suficientemente, una cooperación internacional contra el terrorismo sería necesario, en primer lugar, que fuera suprimida aquella que existe en su favor. Mientras que un cierto número de países proporcionen impunemente armas, dinero y asilo a los profesionales planetarios del atentado y el secuestro y consideren este apoyo como un instrumento normal de su política exterior, será imposible poner coto a dicho mal”.

Lamentablemente lo afirmado por Revel, hace medio siglo, mantiene vigencia puesto no se ha podido impedir que la ayuda financiera y la provisión de armas producidas por países que manifiestan enfáticamente que repudian el terrorismo y que se han comprometido a combatirlo, sean utilizados por los terroristas.

Por ende, el combate contra el terrorismo debe hacerse en todos los frentes, incluso en lo que refiere a la cooperación que silenciosa y sórdidamente, algunos países le prestan a los que lo utilizan.

El novel Presidente de los Estados Unidos de América, el Señor Donald Trump, ha prometido encarar con particular vigor la lucha contra el terrorismo y contra los movimientos que lo practican, pero en algunas declaraciones recientemente realizadas ha admitido como instrumento para el combate de este flagelo la utilización de determinados métodos de tortura. La comunidad internacional no puede de ninguna manera aceptar este tipo de acciones, no sólo porque serían violatorias de todas las convenciones internacionales sobre derechos humanos vigentes y de principios fundamentales consagrados en las constituciones de los países democráticos sino, además, porque la utilización de esa clase de métodos, en alguna medida, estaría legitimando los crímenes que se pretende combatir. En el combate contra el terrorismo, no caben las cárceles como la de Guantánamo, ni la tortura como método de interrogación, o cualquier otro tipo de acciones que se asemejen a los métodos que utilizan los terroristas.

Pensamos que ese es el gran desafío que debe enfrentar la comunidad internacional en la lucha contra el terrorismo, persiguiendo a aquellos que colaboran con su utilización, previniendo la comisión de este tipo de delitos con todos los medios disponibles, incluyendo los tecnológicos y reprimiendo esos crímenes con las penas más duras que se les pueda aplicar, pero sin violentar los derechos humanos de los que perpetren esa clase de delitos tan oprobiosos.

Se trata de una lucha en la que los Estados deben respetar los derechos humanos y evitar incurrir en aquello que advirtió Friedrich Nietzsche cuando dijo que “cuando se lucha contra monstruos, hay que tener mucho cuidado de no transformarse en uno. Cuando uno mira hacia el fondo del abismo, el abismo lo mira a uno”.

Esperemos que Trump no se convierta en el monstruo al que hacía referencia Nietzsche…

Edison González Lapeyre

Autor: Edison González Lapeyre

• Catedrático de Derecho Internacional Privado, Derecho Internacional Público y Derecho Diplomático en la UDELAR • Profesor de Derecho Internacional Marítimo de la Academia de Derecho Internacional de La Haya. • Asesor Letrado, Director del Instituto Artigas del Servicio Exterior, Director de Asuntos Culturales, Director de la Consultoría Jurídico - Diplomática • Embajador ante los gobiernos de República Dominicana, Barbados, Haití y Granada y representante Permanente ante la OEA. • Negociador en el Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo, el Estatuto del Río Uruguay, el Tratado para el desarrollo de la Cuenca Hidrográfica del Río Cuareim y el Acuerdo de Extradición y Cooperación Judicial con EEUU. • Integró el equipo legal del Uruguay en el juicio ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya en una primera etapa. • Autor de más de 150 publicaciones de su especialidad.