Lunes, 18 de julio de 2016

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El trilema británico

El trilema de la globalización

El economista de Harvard Dani Rodrik, en su libro, “The Globalization Paradox”[1], plantea que las nuevas reglas en el comercio internacional introducidas por la creación de la Organización Mundial del Comercio en 1995 ha generado un cambio sustantivo respecto del régimen precedente –el régimen del GATT[2]-.

El régimen del GATT era de un alcance limitado[3] y carecía de mecanismos efectivos que obligaran a los países con los compromisos asumidos, lo que hacía que su efectividad fuera limitada. Eso es visto por Rodrik como una virtud del GATT, en tanto permitía generar la mayor cantidad de comercio posible al mismo tiempo que se preservaba la autonomía de los países.

La OMC, en cambio, generó lo que Rodrik denomina la “hiper-globalización”, con reglas que incluyen ahora a los sectores antes excluidos y mecanismos efectivos que obligan a los países a cumplir estrictamente los compromisos multilaterales asumidos.

El nuevo contexto plantea a los países la imposibilidad de lograr simultáneamente tres objetivos: democracia, auto-determinación nacional y globalización económica (ver Figura 1). Rodrik sostiene que sólo pueden lograrse al mismo tiempo dos de estos tres objetivos. Cuando los estados nacionales eligen ajustarse a las normas de la globalización en la era la OMC (A), deben adoptar duras medidas que –si  bien son un ejercicio de decisión soberana de un Estado Nación- (B), son políticamente impopulares y seguramente no serían apoyadas si fueran votadas democráticamente (C). Si los países quieren ejercer su soberanía (B) en una forma compatible con la voluntad popular (C), deben renunciar a la globalización (A), no avanzando más allá de lo que los acuerdos de Bretton Woods llegaron, para así evitar los costes sociales que exige la competencia global, lo que evitaría que el gobierno no caiga en las siguientes elecciones como reacción. La tercera opción es globalizar la democracia, esto es, olvidarse de los Estados Nacionales y pasar a una democracia mundial.

Una cuestión especialmente relevante es la aparente contradicción entre globalización y democracia. Deberíamos suponer que los ciudadanos serían capaces de comprender los beneficios de la misma, razón por la cual terminarían impulsando ene el ejercicio democrático a aquellos partidos que la impulsan. La realidad es que la globalización es difícil de vender políticamente. Los beneficios de la globalización son sustanciales pero difusos, mientras que sus costos suelen estar concentrados en determinados sectores que tienen fuertes incentivos para presionar por la adopción de políticas proteccionistas.

 

Figura 1 – El trilema de la globalización

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El trilema europeo

El esquema conceptual de Rodrik es aplicable para analizar la situación de la Unión Europea. Las opciones del trilema europeo pasan a ser: a) profundizar la integración de la Unión Europea, b) defender los Estados Nacionales, o c) mantener la democracia interna de cada país.

Acontecimientos relativamente recientes han llevado a que quede muy explícita la injerencia de las autoridades de la Unión Europea en las decisiones que se adoptan a nivel de cada país afectado. En primer lugar fue la crisis financiera del 2008 y más recientemente la crisis de la inmigración. En ambos casos se han adoptado medidas a nivel de los órganos colectivos de gobierno de la Unión Europea que comprometen luego a los Gobiernos Nacionales a su implementación. Esto ha generado la caída de esos gobiernos luego de campañas electorales en que los opositores –luego victoriosos- han prometido resistir a las imposiciones de la tecnocracia de la Comisión Europea. En síntesis, la opción en el trilema por la combinación (A)-(B) enfrenta la resistencia de los ciudadanos, alentada por agrupaciones políticas nacionalistas o contra-sistema. Es así como, en el contexto de un crecimiento de los movimientos euroescépticos, ha crecido el Frente Nacional en Francia, Podemos en España, el Partido de la Libertad en Austria, la Coalición de Izquierda Radical (más conocida como Syriza) en Grecia y el movimiento pro-Brexit en el Reino Unido.

¿Cuál solución está disponible? Otra solución es ampliar la democracia a nivel europea a expensas de la soberanía de los Estados Nacionales. En la Unión Europea sólo el parlamento europeo se elige por voto directo y sus atribuciones son limitadas. Todos los órganos ejecutivos europeos son de elección indirecta. Los ciudadanos europeos sienten que están sujetos a reglas que dictan tecnócratas sobre los que no tienen control. Cada vez más Europa comprende que está en el peor lugar: en la mitad del camino, y que esa es una situación insostenible. O avanza hacia una profundización de la Unión Europea –los Estados Unidos de Europa- o las fuerzas desestabilizadoras prevalecerán.

 

El caso del Reino Unido

El 23 de junio el referéndum que se celebró en el Reino Unido dio un mandato muy claro en cuanto a recuperar el control de la inmigración, reducir el costo de pertenecer a la Unión Europea y realizar acuerdos de comercio con el resto del mundo. El cumplir con esas promesas implica la retirada total de la Unión Europea. Eso conllevaría perder los beneficios del acceso al mercado único, lo que tendrá repercusiones en el nivel de inversiones que el Reino Unido recibe en múltiples sectores, así como queda en cuestión el mantenimiento de su condición de plaza financiera europea.

De las encuestas surge claramente que la inmigración fue el principal motivo de preocupación de los brexiters. A la tradicional hostilidad de Inglaterra a los inmigrantes del sur de Asia se ha agregado la hostilidad a los inmigrantes de Europa del Este, fundamentalmente de Polonia y Rumania. Esta nueva a corriente inmigratoria despegó en el 2013 y ya para el 2014 la mitad de la inmigración provenía de países que se habían unido a la Unión Europea luego del 2003. El voto del brexit es pues un voto en contra de aspectos esenciales de la Unión Europea.

También aquí se enfrenta un trilema (ver Figura 2). Por un lado, el mandato dado por el electorado. Por otro las reglas que rigen en la Unión Europe y el Espacio Económico Europeo[4] y por último la integración del Reino Unido en el mercado único (ver Figura 2). El Reino Unido aspira a salir la Unión Europea pero no del Espacio Económico Europeo (EEE), preservando así el acceso al mercado único. Sin embargo el EEE se basa en cuatro libertades de movimiento: bienes, servicios, capital y personas. Esto último –el movimiento de personas, que es más amplio que el movimiento de trabajadores- es incompatible con el deseo del RU de controlar la inmigración. Por otra parte, los miembros del EEE no pueden celebrar acuerdos comerciales con terceros países que entren en conflicto las reglas definidas para el acceso al EEE y también deben contribuir financieramente con la Unión Europea. También aquí tenemos entonces requisitos incompatibles con las promesas de las elecciones. Una negociación que termine concediendo al Reino Unido la excepción privilegiada a tantos requisitos es altamente improbable, en especial si tomamos en consideración que deberían ser aceptadas por la unanimidad de los miembros de la Unión Europea. Por otra parte, cualquier solución que no garantice el acceso al mercado único y que introduzca fronteras entre el Reino Unido y la Unión Europea favorecerá fuertemente el movimiento independentista en Escocia e Irlanda del Norte. En el caso de Escocia, uno de los principales argumentos en contra de la independencia en el referéndum que se celebró el 18 de setiembre de 2014 fue que la independencia implicaría ser excluida de la Unión Europea. En el caso de Irlanda del Norte, se generaría una frontera con Irlanda del Sur, que permanece en la Unión Europea. Tanto Escocia como Irlanda del Norte fueron las regiones del Reino Unido en donde se votó abrumadoramente por permanecer en la Unión Europea

 

Figura 2 – El trilema británico

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Más allá de cómo se termine resolviendo esta compleja situación, el caso del Reino Unido, el nuevo escenario es una oportunidad para la Unión Europea para resolver las contradicciones debilitantes que padece. Ya es claro que de todas las opciones, la de procurar mantener el status quo es la peor. Enfrentar el futuro con audacia exige líderes de la altura de los padres fundadores de la Unión Europea, hombres que habían padecido los sinsabores de la guerra y que compartían la misma visión: una Europa en paz, próspera y unida.

 


 

[1]     Rodrik, Dani. “The globalization paradox: democracy and the future of the world economy.” New York 1 (2011).

[2]     El GATT (general agreement on tariffs and trade) tiene su origen en los Acuerdos de Bretton Woods y fue un acuerdo general al que se llegó en el 1947 por 23 países que tenían el objetivo de crear la Organización Internacional del Comercio (OIC), ante la urgencia de salvaguardar los compromisos alcanzados en cuanto a reducción de aranceles y las obligaciones relativas al manejo de los mismos. Como la OIC enfrentó la oposición del Congreso de USA el GATT actuó en su lugar como una especie de acuerdo provisional hasta que se creara una organización que regulara el comercio mundial, lo cual recién aconteció en 1995 con la creación de la Organización Mundial del Comercio.

[3]     Los bienes agrícolas, los textiles y los servicios estaban excluidos de los acuerdos y las exigencias de liberalización del comercio de los países subdesarrollados eran reducidas.

[4]     El Espacio Económico Europeo (EEE) se instauró el 1 de enero de 1994 con motivo de un acuerdo entre países miembros de la Unión Europea (UE) y de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), excepto Suiza. Su creación permitió a los países de la EFTA participar en el mercado interior de la Unión Europea sin tener que adherirse a la UE. Los restantes miembros de la AELC son siguientes: Islandia, Liechtenstein y Noruega. En el caso de Suiza, las relaciones con UE están regidas por un conjunto de tratados bilaterales como miembro de Schengen desde 2008.

Leonardo Veiga

Autor: Leonardo Veiga

Contador Público, Universidad de la República; Licenciado en Administración, Universidad de la República; Master en Dirección y Administración de Empresas, IEEM; CPCL, Harvard Business School, EE.UU., PhD Universidad de Navarra. Es profesor de Gestión de la Innovación y de Economía Política (IEEM/UM) y de Prácticas Desleales de Comercio y Defensa Comercial (CEA/ADAU). Es miembro del directorio del Centro de Innovación Tecnológica SEPÉ. Fue consultor del Programa Nacional de Desburocratización (PRONADE), del Plan de Desregulación del Comercio Exterior y las Inversiones (PLADES), miembro del Board del Global Entrepreneurship Monitor, Director del MBA del IEEM/UM y Coordinador de la carrera de Contador Público en la FCCEE/UM.