Viernes, 29 de julio de 2016

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El Uruguay que podría ser

El termino innovación va cayendo en desuso. Se lo invoca sin sentido. Se lo manosea para embellecer un discurso. Es la muletilla favorita de políticos que no tienen mucho que ofrecer. Es el tema preferido de los conferencistas. Es el comodín salvador de una discusión en la que el resultado se ve poco exitoso. “ Y, yo innovaría” y quedamos bien salvando el momento.

La innovación es la habilidad de transformar algo que ya existe en un producto novedoso que llegue al mercado. Y punto. Con eso alcanza. Llegar al mercado significa generar riqueza. Así, sin pudor ni Loriel, ni Abdala ni Olesker. Riqueza es empleo, es bienestar, es reinvertir y seguir innovando. Innovar es adictivo. No solo tecnológicamente sino en procesos, mercados y todo lo que contribuya a mejorar procesos. Y se puede repartir no solo creando una base tributaria más amplia sino dedicando un porcentaje mayor del PIB a innovar.  Es algo tangible que se puede repartir en proyectos sustentables en vez de regalar.  No hay porque discutir más sobre el concepto. Hay que empezar a innovar. Los chinos innovan, los japoneses innovan, los cubanos innovan. Y todos lo venden o licencian. Los uruguayos hablamos de innovación.

Algunos académicos insinúan que la innovación es un indicador del desarrollo de un país. Puede ser, aunque en la práctica no siempre dan las cifras. Lo que es innegable es que es un indicador del conocimiento y ahí si lo podemos ver en el Índice Anual de Innovación de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual(www.ompi.com) y en el Índice de Competitividad del World Economic Forum https://www.weforum.org/reports o su Informe Global de Tecnología de la Información. Estamos en la economía del conocimiento. Vivimos en ella y es irreversible. Ya no importa que Uruguay tenga 176.000 km2. Se acabó el manoseo del “paisito” que tanto le gusta a Mujica como buscando limosna. Singapur tiene 699 km2 y es una potencia en conocimiento. La tierra y el capital valen menos que el conocimiento. Guste o no. Tampoco se trata de demonizar ningún sector productivo. A nuestras materias primas hay que agregarle valor antes de exportarlas. Los commodities sin valor agregado es un síntoma de subdesarrollo y de indolencia.

Pero todo tienen un orden natural. El mío es solo de sentido común y de observar y no de MIT o Harvard.  Lo primero es tener una “visión país”. ¿Qué queremos ser en 10 años? ¿Qué país queremos? No en el 2050 como sugiere el Presidente. En el 2025. En el 2050 no quedaremos ninguno de los que fueron al lanzamiento del Dialogo Social. Pero si sirve para distraer con más discursos y fantasías a quien no tienen nada que hacer. Segundo hay que hacernos una auditoria de lo que tenemos hoy. ¿Que somos? ¿Que tenemos? Tercero, estudiar los mercados. De nada sirve tener hoy ni planificar si no hay mercados para nuestros productos. Los blancos a los cuales apuntamos son móviles y hay que tener la flexibilidad de cambiar para satisfacer el mercado. Cuarto, volcar en un documento programático con objetivos, estrategias, plazos, costos, políticas de competencia, de innovación, de competitividad, medidas de mitigación y análisis de riesgo y todo lo que un buen documento tipo PNUD indique para este tipo de ejercicio. En quinto lugar, será apropiar los recursos mínimos necesarios del estado y del sector privado. Acá vamos todos juntos. En la victoria y en la derrota. La universidad por mas autónoma que sea debe de ayudar en la formación de los sectores económicos prioritarios que fueron seleccionados para incentivar y a través de la Investigación, Desarrollo e Innovación. Podrán ser energías renovables, audiovisuales (videojuegos, software y toda la gama de TICs) agropecuario, farmacéuticos con controles estrictos de bioequivalencia, pesca, indicaciones geográficas, sellos de calidad, incorporación a cadenas de productividad y lo que, realísticamente, tengamos las capacidades o potencial. Nuevamente, no se satanizará nada. Solo que los que quieran incentivos tendrán que trabajar coordinada y coherentemente. Y finalmente, como nos gustan las chacras, los términos de referencia de los ministerios relevantes, universidades y centros de excelencia tendrán que cambiar sus términos de referencia para obligarse a consultar y trabajar juntos. Acá no hay que quererse ni hacer realidad su proyecto soñado. Las interdependencias reales son la mejor manera de hacerlo. Necesitarse. Y la gestión será por resultados. SE cumple hay incentivos adicionales. No se cumple no los hay.

Un último párrafo va para para las industrias creativas o culturales. Pocos saben que en promedio dichas industrias contribuyen del 3% al 7% al PIB, según mas de 41 estudios de impacto económico hechos por la OMPI. Los manoseados derechos de autor deben ser fortalecidos y no debilitados. Un 3% es importante. Un 7% solo lo tiene Jamaica por su música, velocistas y toda una industria cultural muy bien manejada. Y, dato final, Armando Manzanero, hoy presidente de la Sociedad de Autores y Compositores de México (remplazando al genial Ricardo Cantoral) ganaba U$S 20.000 por mes por la canción “No se Tu”, después que la grabo Luis Miguel.

Carlos Mazal

Autor: Carlos Mazal

Politólogo de la University of the Pacific con una Maestría en Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la New York University. Es Consultor Internacional en temas de Propiedad Intelectual, Innovación y Desarrollo y ex Director para América Latina y el Caribe de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). Miembro Fundador del Centro de Estudios de Propiedad Intelectual (CEPI) de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Republica. Miembro de Número de la Academia Nacional de Economía. Miembro Consejero del Consejo Uruguayo de Relaciones Internacionales (CURI)