Sábado, 2 de abril de 2016

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El valor de los títulos universitarios

En las últimas semanas, como consecuencia de un tema de amplia notoriedad, el país ha ocupado mucho de su espacio público a debatir, indirectamente, un tema crítico de la educación superior que es, el del valor de los títulos universitarios. Debe aclararse, desde el inicio, que Uruguay no tiene una regulación nacional única sobre los títulos que expiden sus instituciones universitarias y la forma en que procesa el reconocimiento de títulos extranjeros es vetusta y excesivamente burocrática.

De todos modos, tanto la normativa que regula a las universidades privadas (originalmente el Decreto 308/995 sustituido por el Decreto 104/014) y la Ordenanza de Estudios de Grado de la Universidad de la República (aprobada en el año 2011), reglamentan con mucha claridad lo que se entiende por una licenciatura universitaria en años de duración, carga horaria y otras exigencias académicas. Desde ya hace muchos años el sistema universitario uruguayo gradúa un número importante de profesionales con el grado de licenciado, los que pueden dar fe del esfuerzo que exige obtenerlo y honran al país con sus conocimientos y experiencias. En el país de “M’hijo el Dotor” ya hace un buen tiempo que el título de licenciado no se asocia con formaciones de otras latitudes y en general calificadas de menor calidad.

El rol de conferir títulos y grados ha sido una de las funciones más importantes de las universidades a lo largo de su historia. Siempre han sido celosas de esta competencia que desempeñan desde mucho antes que existieran Estados nacionales. Y ante las dinámicas internacionales de proliferación de instituciones de educación superior, cautelan con mucha rigurosidad la aparición de los denominados “Diploma Mills” (que puede ser traducido como fábricas de diplomas) para asegurar que los títulos que ostentan los profesionales sean de instituciones y carreras acreditadas en su calidad. Por ello, los países y crecientemente espacios más amplios como la Unión Europea o el MERCOSUR, diseñan mecanismos e instrumentos que permitan intercambiar información y dar certezas a todos los involucrados sobre la posesión o no de títulos universitarios válidos.

Por esta razón, da tristeza escuchar de boca de la Ministra de Educación, decir que es un tema menor que el Vicepresidente de la República no pueda acreditar fehacientemente un título universitario que sostiene poseer. Ella, última custodia de la garantía de la calidad de los títulos universitarios expedidos por el sector privado de la educación superior, y de los públicos no otorgados por la Universidad de la República, debería ser la primera en decir que es un tema de la más alta relevancia (como sí sostuvo el Rector Markarián) y dilucidarlo rápida y claramente para el bien de todos.  Por oficinas bajo su dependencia, en el año 2015 se revisaron en el entorno de unos 2.500 títulos universitarios, que con el sello del MEC, certifican haber completados los estudios cursados y quedan habilitados tanto como grados académicos como para el ejercicio profesional. ¿Qué mensaje da la Ministra con esa afirmación a los miles de estudiantes universitarios que todos los días asisten a las aulas y a los docentes que hacen un esfuerzo significativo en convencerlos de la importancia de culminar sus estudios universitarios?

Hace años, en México, un Ministro de Educación fue cesado por el entonces Presidente Zedillo, por arrogarse el título de Doctor, cuando se comprobó que no había culminado los estudios de Doctorado (PhD). Lo interesante de la anécdota es que Fausto Alzati (al que el humor popular llamaba “Falzati”) reconoció su error, volvió a la Universidad de Harvard mordiendo su orgullo, culminó sus estudios y defendió su tesis. ¿No sería un muy buen ejemplo que el Vicepresidente, en un país asolado por problemas de deserción educativa en todos sus niveles, volviera a estudiar y completara la formación que se ha demostrado tiene?

Más allá del humor y los memes que han circulado en las últimas semanas, el sistema de educación superior cubano ha demostrado su seriedad y no han aparecido, hasta la fecha, documentos ni títulos de los que pueda sospecharse. Las instituciones universitarias de todo el mundo, saben que con estos temas, no se juega. El prestigio de las universidades se juega en la calidad de su oferta educativa y en la certeza del valor de sus títulos universitarios.

En un país donde carecemos de una Ley de Educación Superior, y los temas de aseguramiento de la calidad no han logrado institucionalizarse, resulta imprescindible defender el valor de los títulos universitarios y el prestigio de las instituciones que los otorgan. Flaco favor le hacen al país el Vicepresidente postergando y la Ministra de Educación minimizando la dilucidación de este tema.

Pablo Landoni

Autor: Pablo Landoni

Decano del Instituto Universitario Asociación Cristiana de Jóvenes Investigador en el campo de la Educación Superior