Miércoles, 8 de marzo de 2017

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¿Enemigos del látigo o del dueño?

El 6/2 pasado la periodista Priscila Guinovart publicó en el portal Panampost la más acertada explicación que he leído sobre qué llevó a Donald Trump a la presidencia de EEUU. El contenido al que me refiero se encuentra en la siguiente dirección: https://es.panampost.com/priscila-guinovart/2017/02/06/dia-creamos-donald-trump/.

Recogiendo las ideas expuestas por Guinovart, y sin querer repetir los conceptos por ella vertidos, queda claro que Trump no llegó por casualidad a la Casa Blanca. Varios movimientos que promovieron lo que se denominó “Agenda de derechos”, o bajo la grifa de “Progresistas”, durante años llevaron adelante una prédica que sirvió como caldo de cultivo para el ascenso del magnate.

Estos grupos, en muchos casos encabezados por oportunistas cuyo único propósito es obtener beneficios electorales y acercarse al poder, fomentaron y alentaron el resentimiento de ciertos colectivos, los cuales es verdad en muchos casos fueron injustamente postergados durante tiempo. Pero el afán de estos oportunistas no era la justicia, sino alcanzar el poder para posteriormente disfrutar de los beneficios del mismo, tanto ellos como sus acólitos.

Sembrar el odio fue un negocio que otorgó excelentes dividendos a quienes lo llevaron adelante, el tema es que como sucede con muchos grandes negocios que no son otra cosa que burbujas, después viene el efecto rebote.

En el Uruguay está claro que el abanderado de lo “políticamente correcto”, fue el Frente Amplio. Uno de sus mayores logros ha sido la imposición hasta de un propio lenguaje, como dice Priscila: “desgarramos nuestra propia lengua, la española, sustituyendo las “o” de los adjetivos y sustantivos con una “x” o un arroba”. Otra fue sustituir palabras por otras, como por ejemplo que ya no se hable más de “igualdad” sino “equidad”. A nivel mundial sin dudas el clan Obama (Barack y Michelle) se lleva el premio. El primer presidente mestizo de EEUU, que generara una expectativa inusitada al momento de asumir el cargo, entregó ocho años después un país más dividido, más segregacionista, el de “nosotros y ellos”. Se potenció deliberadamente y con fines estrictamente electorales, algo nefasto como la segmentación del voto por colectivos. Alcanzar ese estado para una nación no es otra cosa que la antesala de un conflicto civil. No es saludable que en una sociedad el voto de los ciudadanos pueda anticiparse en función de su sexo, religión, orientación sexual, residencia, color de piel, etc. El voto debería estar fundamentado en ideales, convicciones y análisis de las propuestas de los diferentes partidos políticos. Recuerdo haber escuchado a un periodista, de quien no recuerdo el nombre, en vísperas de las elecciones presidenciales de 2008 afirmar que era mejor para EEUU un mal gobierno de Obama que un buen gobierno de McCain (candidato del Partido Republicano). Esa frase es una soberana aberración, nunca un mal gobierno puede ser preferible respecto de uno bueno.

La dictadura de lo “políticamente correcto” alentó a muchos de aquellos que anteriormente se sentían discriminados a tener conductas similares e incluso potenciadas hacia los que no encuadraban en su modelo. Los oprimidos se transformaron en verdugos. Inconscientemente, se convirtieron en una expresión renovada y aumentada de aquello que tanto criticaban. Los destinatarios de ese odio y resentimiento acumulados fuimos todos, aquellos que los discriminaban, y los que creemos en una convivencia armoniosa de la ciudadanía, en la cual cada uno pueda expresarse desde todo punto de vista libremente, sin por ello restringir los derechos y libertades de los otros.

Una demostración de que todo fue una fachada fue la actitud asumida por el colectivo Ovejas Negras, que acompañara un homenaje a Fidel Castro, uno de los líderes mundiales en discriminación de la colectividad homosexual.

Pero un día lo “políticamente correcto” empezó a hartar. Un día la gente empezó a decir basta, y como pregona la teoría del movimiento pendular, si algo se acerca mucho hacia un extremo, la contrapartida es que poco después se situará en el otro. O como decía Newton, a toda acción la sigue una reacción. El progresismo gestó a Trump, así como también catapultó las posibilidades de ascenso de Marine Le Pen en Francia o Frauke Petry en Alemania, ambas curiosamente mujeres, poniendo en tela de juicio con evidencia empírica la necesidad de la “protección a la mujer” para que pueda hacer una carrera política, tan pregonada por el progresismo, o que una candidata mujer por el sólo hecho de su género tenga mejores valores o intenciones que un hombre. Y estos casos no serán aislados, sino que es de esperarse que se repliquen en otros países en un futuro cercano.

Estos episodios nos dan la clara pauta que lamentablemente la humanidad ha retrocedido. Durante buena parte de los siglos XIX y XX se avanzó mucho en materia de derechos. Sin dudas el mayor logro obtenido fue la abolición de la esclavitud prácticamente a nivel mundial. Si ese fuera un tema a resolver en el siglo XXI, seguramente la solución que propondría el progresismo sería una inversión de roles entre esclavo y esclavista, a modo de compensación por los años de sufrimiento ocasionado.

Es que en el fondo, el uso del látigo al progresismo nunca le cayó mal, le caía mal el dueño.

Ciro Mata

Autor: Ciro Mata

Ingeniero Electricista (Universidad de la República, UdelaR, 2003). Postgrado en Administración de Empresas (2004) y Maestría en Administración de Empresas (MBA) (2006), Universidad Católica del Uruguay. Postgrado en Metodología de la Investigación, Universidad de la Empresa en (2012). Ejerció como docente en la Facultad de Ingeniería de la UdelaR y actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de la Empresa y la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica del Uruguay. Profesionalmente se ha desempeñado en UTE como subgerente del Área Planificación.