Lunes, 15 de agosto de 2016

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Equidad es muy diferente a igualitarismo

Es recurrente el argumento de “equidad” esgrimido por autoridades y voceros del gobierno cuando de justificar propuestas o acciones se trata. Son demasiadas las ocasiones en que el mismo se lo invoca de manera falaz o, al menos equivoca. La equidad es un concepto complejo, porque no solamente involucra valores, y éstos cambian a lo largo de los tiempos sino que, además, implica el tratamiento diferente de situaciones diferentes, tomando en consideración más de una dimensión. El ejemplo más claro que tenemos a la vista es el mal llamado IRPF, donde en los hechos la única dimensión que se considera es el ingreso bruto de la persona y por consiguiente es un impuesto al trabajo, dejando de lado si el contribuyente tiene uno o cinco hijos a cargo, si paga la salud de un padre o familiar, si hace el esfuerzo de pagar educación privada – no necesariamente una escuela,  liceo o universidad de programa integral, sino un complemento de idiomas, música o arte -, si trabaja 4 o 14 horas por día para poder llegar a ese ingreso, si tiene un familiar con una enfermedad que le requiere la generación de mayores recursos, y tantas otras cosas. Entonces el discurso se vuelve vacío, simplón, maniqueo y, al final del camino, contraproducente si no peligroso por las pasiones que enciende. Usted gana tanto y entonces  tiene plata”, ¿qué le cuesta pagar tanto? y si no lo quiere hacer no es solidario. Ya  comprarse una vivienda o juntar capital para emprender algo propio, es un ambicioso desmedido, cuya codicia es perniciosa, al menos como ejemplo. No todos pensamos así, pero claramente muchos de quienes hoy nos gobiernan, en especial parlamentarios, lo hacen. El ejemplo extremo que motivó esta columna, es la propuesta de un Diputado oficialista de eliminar el sistema de abanderados como un premio y hacerlo “rotativo”, todas y todos tienen derecho a sentir el honor de portar los pabellones patrios. Ni Santos Discepolo los soñó al escribir el tango Cambalache “da lo mismo ser un burro que un gran profesor”.

La equidad se basa en la igualdad de oportunidades, base de la sociedad republicana y democrática, donde como expresa sabiamente nuestra Constitución, la diferencia entre los habitantes sólo proviene de nuestros talentos y virtudes, entre las que cuenta fundamentalmente el hábito de trabajo y espíritu de lucha, superación y progreso. Igualar las oportunidades implica dotar de condiciones de base en materia de educación y salud, pero también requiere bajo determinadas circunstancias de ciertas transferencias monetarias. Uruguay fue pionero en todo ello en América del Sur, Centro América y el Caribe, tanto en educación pública de calidad, como en salud y en ciertas partidas monetarias que estimulaban a los padres en estos aspectos básicos para que sus hijos sean mejores que ellos. La Asignación Familiar y el Hogar Constituido tienen más de medio siglo de vigencia. Esa es la base del progreso real, duradero, de largo plazo. La mejora de la productividad no es un “invento capitalista para aumentar la plusvalía”, es la manera de aumentar la disponibilidad de bienes y servicios al alcance de las grandes masas populares a precios accesibles. Dicho de otro modo, es la manera mediante la cual la gente mejora su nivel de vida. Y para mejorar la productividad se precisa población capacitada y saludable, pero también gente con hábitos y valores de trabajo que entienda que la riqueza se genera y no que la misma “está ahí y meramente hay que tomarla para repartirla”.

Repartir dinero mientras hay recursos sin gestionar nada es el peor de los males que sufren los países y las sociedades. Irremediablemente el capital y los recursos naturales se agotan si no se trabaja para su preservación e incremento y, cuando esto sucede, la desgracia cae sobre los más humildes de la sociedad que, más allá de no recibir la asistencia estatal no tienen las habilidades para valerse por sí mismos, menos en este mundo abierto y competitivo. Asistimos hoy al ejemplo de Venezuela en fase terminal, producto de las políticas que implantó el fallecido Chávez, pero la historia es prolífica al respecto; Rusia y todos los países bajo su égida aún hoy sienten los efectos de la postración productiva, siendo el caso más emblemático el de Alemania Oriental, cuyo costo pagó, y aun hoy paga, Alemania Federal para integrar a sus hermanos que en general no sabían lo que era trabajar en algo productivo. Hoy mismo si usted habla con alemanes occidentales se quejan que los orientales de mediana edad y más veteranos no trabajan.

Los igualitarismos suelen ser caballitos de batalla de regímenes populistas, poco afectos a los dictámenes de la voluntad popular si éstos no se corresponden con lo que sus líderes entienden correcto, refugiándose en un “relato” de lucha a favor de los más humildes, que suelen terminar en la más profunda de las tragedias para quienes dicen querer defender. Los abundantes ejemplos reseñados, así como otros tienen una cosa en común, el fracaso por unanimidad.

Los procesos suelen tener lugar en países con abundancia de recursos naturales cuando, bajo determinadas circunstancias económicas, aparecen recursos en abundancia producto del alza de los precios de éstos en el mercado mundial, pero es claro que alcanza con la abundancia de recursos naturales para que la tentación tenga campo abierto para cuajar.

El pasado jueves en uno de los actos por los 180 años del nacimiento de la Divisa Colorada, tuvo lugar un coloquio entre el Dr. Julio María Sanguinetti y el historiador Gerardo Caetano, éste último, en cierto pasaje de su diálogo dijo que el Frente Amplio no es populista. Su aserto no puede resultar más errado, para ser preciso debió decir “no todo el Frente Amplio es populista o, hay una parte del mismo que no es populista”. No es preciso decir qué parte claramente no lo es, pero es claro que en la coalición de gobierno hoy predomina el populismo por amplio margen, tanto a nivel de representación parlamentaria como en la votación interna que tuvo lugar hace pocas semanas.

Mientras los recursos abundaron en Uruguay, nada grave pasaba, pero ahora que los mismos, sin escasear, se han tornado más normales, vemos a diario como el estado avanza en el sentido de castigar al que trabaja y gana decentemente, sean personas físicas o empresas. Los efectos de estas medidas no se perciben instantáneamente, pero la parálisis y posterior postración indefectiblemente llega si no se detienen a tiempo. Se diga lo que se diga es claro que la inversión en Uruguay ha caído mucho y, si bien el anuncio de UPM respecto a la instalación de una nueva planta de celulosa es relevante, jamás podrá suplantar la suma de las micro decisiones de todos nosotros si éstas perciben un ambiente hostil.

No puede ser lo mismo “el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, el que cura, el que mata o está fuera de la ley”.

La parte del gobierno que entiende y comparte a cabalidad este pensamiento debe pensar que el país sigue más allá del 2019 y de alguna manera evitar ciertas iniciativas que hoy andan en la vuelta, algunas plasmadas en proyecto de ley, se concreten.

Isaac Alfie

Autor: Isaac Alfie

Economista (UdelaR, 1984). Contador Público (UdelaR, 1985). Profesor Titular de Economía y Finanzas Públicas en la Universidad de Montevideo. Dicta clases en postgrado de esta Universidad y la Universidad Católica. Profesor de Macroeconomía en la Universidad de la República. Conferencista nacional e internacional sobre políticas públicas y macroeconomía. Consultor de Organismos Internacionales (FMI, Banco Mundial y BID, entre otros). Asesor del Ministro de Economía y Finanzas 1991 - 1994. Director de la Asesoría Macroeconómica del Ministerio de Economía y Finanzas 1995 – 2003. Ministro de Economía y Finanzas 2003 – 2005. Gobernador por Uruguay del FMI 2002 – 2003 y del Banco Mundial y BID 2002 – 2005. Senador de la República 2005 –2010. Asesor y consultor de empresas en materia económica y financiera.