Sábado, 1 de agosto de 2015

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¿Exceso de centrismo o de prudencia?

Falta una semana para la primera estación electoral en Argentina: las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), en las que se elegirán las fórmulas presidenciales y candidatos a diputados, senadores, y varios gobernadores y autoridades provinciales y municipales. La singularidad de las PASO argentinas es que son de sufragio obligatorio para todos los ciudadanos, tengan o no afiliación partidaria, de modo que son una “primera vuelta” que muestra el mapa de las adhesiones, además de dejar fuera de juego a aquellas opciones que no reúnan el 1,5%.

Lo notable es que los candidatos presidenciales con posibilidades de ganar, hacen un esfuerzo deliberado por no presentar un despliegue de ideas y programas, poniendo el énfasis en el acercamiento personal y el optimismo. El candidato del Frente Para la Victoria, el gobernador bonaerense Daniel Scioli, ha hecho esto durante toda su carrera política, desde que comenzó en 1997 de la mano del entonces presidente Carlos Menem. La gran discusión que provocó Mauricio Macri, uno de los tres precandidatos de la coalición Cambiemos (PRO, Unión Cívica Radical y Coalición Cívica), es que aseguró que mantendrá la petrolera YPF y Aerolíneas Argentinas bajo la órbita estatal, pero administradas con eficiencia. Mucho se dijo, a partir de entonces, sobre el “giro discursivo” de Macri. Lo cierto es que, si revisamos su posición en declaraciones anteriores en el transcurso de los últimos años, no encontraremos ninguna referencia a una nueva privatización de estas empresas. Y es que, por un lado, en el imaginario político se instaló la idea de que PRO es “la derecha”, cuando Macri siempre tuvo una posición muy próxima al desarrollismo y la tecnocracia.

Sergio Massa, el tercero en esta discordia y que hasta fines del 2014 encabezó los sondeos electorales, se empeña en que es el “cambio justo”: cambiar lo malo, mantener lo bueno. Por eso ha puesto el acento en la inseguridad y en el aumento de penas, buscando consolidarse en la Provincia de Buenos Aires, que es su principal plataforma.

Tiempo atrás y refiriéndose al escenario uruguayo, Adolfo Garcé sostuvo que hay demasiada tendencia al centro y, en consecuencia, poco debate de fondo. Esta actitud de evitar la confrontación nos está llevando a comicios tediosos, sin la menor discusión ni reflexión.

Si buscamos una elección parecida en Argentina, la encontraremos en 1999, cuando Carlos Menem estaba finalizando su segundo mandato. Los tres principales candidatos, Fernando de la Rúa (Alianza de UCR y Frepaso), Eduardo Duhalde (justicialista) y Domingo Cavallo (Acción por la República), se proclamaban como custodios del modelo de la convertibilidad y las privatizaciones, y que sólo harían modificaciones menores al sistema económico. El énfasis de De la Rúa y la Alianza, fue la lucha contra la corrupción y a favor de la calidad institucional. Este consenso desapareció en diciembre de 2001, y el viraje ideológico fue hacia la mayor presencia del Estado y la expansión del gasto público.

Hoy, lo que hay en Argentina es un modelo económico y social fundado en un enorme gasto estatal, desempleo encubierto con un gigantesco sector público, una enorme telaraña de regulaciones y trabas proteccionistas, una producción enfocada al mercado interno y sin crecimiento. El kirchnerismo ha logrado instalar un “relato” que demoniza los años noventa, la apertura internacional y a la iniciativa privada como motor de la economía. Se nutre de un prejuicio muy arraigado en Argentina, de que hay quienes en el exterior quieren apoderarse de las riquezas del país, siempre conspirando en las sombras para impedirle que se erija como la gran potencia sudamericana… Quien cuestione los cimientos ideológicos de ese edificio “nacional y popular”, es rápidamente etiquetado como “gorila” y “noventista”. La paradoja es que no sólo los Kirchner se beneficiaron con el gobierno de Menem en los años noventa, sino que buena parte de su elenco gubernamental también estuvo en ese período.

Si bien es comprensible que los candidatos presidenciales no quieran entrar en el terreno áspero de estas controversias, resulta claro que la política no ha muerto. No es un espectáculo como una telenovela, sino un debate constante y necesario sobre cuestiones fundamentales para la vida cotidiana. Las ideas importan, y mucho. Son las brújulas que nos orientan en el mapa, porque no da lo mismo hacia dónde se quiera navegar. Las PASO han puesto en evidencia que los partidos políticos son imprescindibles, que es necesario institucionalizarlos y darles vida.

¿Exceso de centrismo? Quizás hay un exceso de prudencia y, de cara a la elección general en octubre, esperemos que los candidatos se vean obligados a hacer precisiones sobre qué proponen para gobernar en los próximos cuatro años.

 

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.