Martes, 21 de febrero de 2017

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Flaco, hasta siempre

Su tozudez constante siempre acompañada por el trato amable, la sonrisa comprensiva y el espíritu emprendedor y creativo nos alentaba a pensar que se sobrepondría nuevamente a la adversidad.
Esta vez no fue posible.
Alejandro nos dejó en medio de la congoja de todo un país que lo consideraba un hijo pródigo y un verdadero héroe cívico que encarnó el espíritu de lucha colectivo en uno de los peores momentos en la historia del Uruguay.
Los individuos son generalmente apreciados por algún atributo en particular que quienes lo rodean reconocen como distintivo y merecedor de dicho reconocimiento.
El caso de Alejandro Atchugarry es prácticamente inédito. Reunía en su persona un cúmulo de cualidades que difícilmente podría haber sido emulado. Poseedor de una cultura amplísima y una creatividad tremenda, era un trabajador incansable e investigador constante. Pero por sobre todas las cosas tenía una capacidad de comprensión de la realidad que lo rodeaba y de las necesidades e inquietudes de la gente, sea cual sea su nivel social o económico. Esa comprensión lo hizo dedicar gran parte de su vida a la búsqueda de mejorar la sociedad.
La defensa de las libertades lo tuvo en la primera fila. Fue ella la que lo llevó a involucrarse en la actividad política en épocas en que el país pasaba por los difíciles momentos de la dictadura. Lideró los incipientes intentos de organización de las agrupaciones batllistas universitarias de principios de la década del 80.
Con el retorno de la democracia volcó sus esfuerzos en beneficio de los requerimientos que los nuevos tiempos le imponían al Uruguay desde la Subsecretaría del Ministerio de Transporte y Obras Públicas. Al fin de aquel primer período de gobierno en democracia asumió la titularidad de dicho Ministerio, luego de haber logrado sobreponerse a similar quebranto de salud que lo venció en estos días. Desde estos cargos fue un celoso guardián de la actividad que las empresas públicas vinculadas a las áreas del MTOP debían encarar. Tuvo activa participación en el inicio de la reforma portuaria que terminó alcanzándose en la década del 90, en las medidas que se debieron afrontar para parar la sangría que AFE le generaba al Estado y en la preparación de las condiciones para el establecimiento de la terminal de ómnibus de Tres Cruces.
Fue por aquellos años del segundo lustro de los 80 que a instancias de Jorge Batlle se dedicó a profundizar en los contenidos del Batllismo y la influencia de las ideas krausistas en el ideario de José Batlle y Ordóñez.
A partir de 1990 pasó a ocupar una banca en la Cámara de Representantes, convirtiéndose de esa forma en uno de los legisladores más reconocidos y apreciados por su capacidad y espíritu de diálogo y negociación.
Mucho se ha hablado de su actuación en la salida de la mayor crisis que la historia económica del Uruguay ha conocido. El país todo lo reconoció como su líder. Atchugarry pasó a constituirse en el padre, el hermano, el hijo que todo uruguayo deseaba tener. Lo que logró realizar y transmitir, fue uno de los factores fundamentales para una salida que al día de hoy es objeto de estudio en todo el mundo.
Si algo faltaba para que toda la ciudadanía se sintiera tan identificada con su persona, Atchugarry dejó la actividad política en la cima de su prestigio, demostrando que las actitudes ingratas que la misma suele generar no le hacían mella y que su única ambición fue servir a la sociedad que lo necesitaba.
Pero Alejandro, el “Flaco”, como lo conocíamos todos, no sólo fue un político de enjundia. Fue un esposo, padre y hermano ejemplar, asumiendo todos los roles que le correspondían con cariño y dedicación. También fue un amigo entrañable. Siempre preocupado por el bienestar de cada uno de sus allegados.
Nunca salió de sus labios un improperio, siempre una frase medida que buscara comprensión y consenso.
Nos dejó prematuramente.
A quienes fuimos sus amigos nos generó una congoja tremenda.
A todo el Uruguay le generó el desconsuelo de haber perdido al responsable de que el país pudiera seguir viviendo en un marco de democracia y libertad.
Ya no se verá su esmirriada figura transitar al volante de la vieja y eterna camioneta roja que seguía conduciendo constituyéndose en símbolo de la austeridad republicana que caracterizó a su conductor.
Ya no contaremos con su sabio consejo, su palabra de aliento, su propuesta siempre destinada a mejorar la calidad de vida de la sociedad.
Tendremos todos, sin distinción de banderías, el recuerdo y el ejemplo de uno de los pocos seres que alcanzan la unanimidad de opiniones favorables en el transcurso de su vida. Ese logro sólo lo alcanzan los elegidos.
El “Flaco”, el descendiente de anarquistas y socialistas, que abrazó con fervor y convicción los ideales de justicia social del batllismo logró sin estridencias ni ambiciones el ideal que todo político anhela y que para él fue algo natural: ingresar por la puerta grande de la historia, trabajando en beneficio de la sociedad y ser reconocido por ello en forma unánime.
Se nos fue un ser humano iniguable. Mucho lo vamos a extrañar.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).