Viernes, 2 de diciembre de 2016

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Formateando el nuevo relacionamiento

Avanzada ya la segunda década de nuestro siglo es posible advertir que algunos de los indicios que se presentaban en las décadas anteriores comienzan a convertirse en evidencias significativas.

Así por ejemplo se desvanece el tradicional contexto internacional bipolar que había nacido en las postrimerías de la segunda guerra mundial el cual se extendió  hasta los principios de esta tercera era de globalización comenzada según algunos analistas a finales de la década del setenta del siglo pasado.

En ese período situado entre 1945 y los estallidos de las crisis petrolera de los años setenta se manifestaba una tensión entre dos polos de poder en torno a una confrontación nuclear que permitía mantener un cierto equilibrio entre las grandes potencias lo que deparaba un cierto grado de estabilidad con algunas acechanzas pero con un contrapeso efectivo que le brindaba consistencia a las decisiones.

Este escenario tenía como correspondencia una acción y legitimación de los estados nacionales como protagonistas fundamentales del ordenamiento internacional, estados a los cuales se les atribuía un comportamiento racional y unitario que servía para afirmar la seguridad nacional lo cual permitía asegurar sus instituciones en un medio predominantemente hostil.

En 1968 se produce un hecho determinante como es la firma del Tratado de no proliferación de armas nucleares, por parte de todas las potencias que detentaban dicho tipo de armamento, lo que producía una distensión política formal cuya consecuencia era la de  permitir implantar un renovado clima político universal.

Este evento desplaza al tema de la defensa y la seguridad nacional como principal preocupación y da paso a una serie de fenómenos emergentes caracterizados por una mayor complejidad de las relaciones económicas y políticas donde el Estado ya no sería el exclusivo actor fundamental a la vez que surgían un cúmulo de agentes interactuando en varias actividades y planos, mientras empezaba a declinar la hegemonía de la primer potencia mundial.

Comenzaba a abrirse un nuevo panorama en lo que hacía al paradigma del relacionamiento entre las naciones  que tendría como principal manifestación operativa un nuevo evento predominante: la generación intensiva de una sociedad global con múltiples actores lo que adicionalmente originaba un nuevo requerimiento: determinar cómo habría de procesarse la interdependencia entre los distintos países.

La renovada visión a definir demandaba explorar dicha  interdependencia compleja que se iniciaba en ese momento y que ponía de manifiesto el debilitamiento paulatino del Estado como actor fundamental y hegemónico de las relaciones internacionales para lo cual era necesario considerar el advenimiento de una sociedad mundial estrechamente ligada y transnacional constituida por una densa red de interacciones que obligaban a la colaboración mutua entre los variados actores.

Se reconocía, por otra parte, que para interpretar mejor la realidad internacional, debía hacerse esfuerzos desde dos perspectivas que exigían plantear dos eventos simultáneos: 1. la presencia cada vez mayor de actores no estatales autónomos con objetivos y estrategias diferentes de las estatales y 2. el nivel de sensibilidad y vulnerabilidad que se producía entre los actores una vez que actuaban relacionándose.

En ese sentido se evidenciaba que no tenía sentido seguir separando la esfera interna de los Estados de lo que sucedía en el ámbito internacional dado que ambos serían mutuamente permeables.

De hecho, esto significaba que en esta nueva etapa que comenzaba a desarrollarse se debía procesar una recomposición de las relaciones internacionales con un nuevo entramado compuesto por un vasto número de actores gubernamentales, privados y de la sociedad civil que se interrelacionaban y se influenciaban con reciprocidad.

Y a su vez este apremio se hacía cada vez más terminante dado que el proceso de globalización que se había desencadenado estaba reformulando a la economía en su conjunto, a las sociedades universales, a las políticas nacionales e internacionales y al propio sistema tradicional de relacionamiento que acumulaba renovadas exigencias.

Se evidenciaba que los estados nacionales sufrían los impactos de los fenómenos económicos globales como principal causa de su dinámica interna lo que los hacía mas vulnerables y por ende reducía la fortaleza de sus propios instrumentos  financieros, monetarios, comerciales, fiscales, de ingresos etc. lo que acotaba el margen de acción en materia de sus políticas públicas

Todo este nuevo conjunto y redes de eventos misceláneos en los hechos contribuyen a la aparición de un sistema económico mundial que no posee un gobierno con capacidad de regularlo en forma agregada lo cual no significa que no existan mecanismos que permitan cierto ordenamiento básico del escenario internacional.

Surge entonces el concepto de gobernanza mundial que refiere a las redes de relaciones que se forman entre los diversos grupos de actores internacionales para la toma de decisiones a escala planetaria.

Según algunos de los mayores analistas del nuevo fenómeno la justificación del accionar de la gobernanza de esta época radica en que los gobiernos no son los únicos actores que enfrentan las grandes cuestiones sociales, estos temas son también desafíos comunes con las organizaciones de la sociedad civil y las empresas.

Dadas las condiciones de complejidad, diversidad, interactividad y acelerada transformación planteadas por la globalización es preciso distinguir que la realización de los intereses generales ya no puede ser el monopolio de los poderes públicos, sino de la interacción de los mismos con la sociedad civil y el sector empresarial.

Se toma conciencia de un cambio de arquetipo en lo que hace a las relaciones de poder y se percibe las carencias existentes en los conceptos clásicos de gobierno.

Los gobiernos nacionales ven disminuir su influencia frente al hecho de constatarse que existen empresas multinacionales con presupuestos superiores a muchos estados soberanos, de organizaciones no gubernamentales con ascendente predominancia mundial y de movimientos no controlables de escala internacional como el narcotráfico, el terrorismo, el tráfico de personas, etc.

En estas circunstancias estos gobiernos que hasta entonces eran la referencia central de la organización política pasan a ser un componente de un mecanismo complejo que se produce a distintos niveles ya sea en lo local y en lo mundial como así también en los distintos sectores como ser los públicos, los privados y los de la sociedad civil.

De hecho al carecerse de un agente regulador principal, el poder es ejercido por múltiples agentes que procuran que el sistema económico mundial se ajuste a sus intereses.

Los expertos reconocen ante este estado de situación que es necesario rescatar ciertos agentes reguladores preexistentes.

Así por ejemplo distinguen entre actores directos e indirectos: los primeros estarían referidos a los organismos internacionales del sistema de Naciones Unidas, el grupo de los 20 y los gobiernos de las grandes potencias económicas.

Entre los actores indirectos podríamos señalar a diversas organizaciones transnacionales como ser la OCDE, la OPEP, el Foro Económico Mundial, el Foro Social Mundial, los movimientos ecologistas y diversos colectivos cuyas acciones tienen repercusión universal.

Entre estos variados actores un colectivo que tiene grandes aspiraciones de liderazgo de la economía mundial es el grupo de los 20 que es el conjunto de las veinte principales economías del mundo que comprende en su seno a los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales de esas economías.

En la reunión del año 2009 de dicho grupo, luego de la crisis global del año anterior, sus autoridades se auto designaron como el principal foro de cooperación económica internacional.

Obviamente su legitimación es endeble pues sólo representan a los intereses de esas economías y no parecen estimular la participación de los que han sido excluidos pero ante la falta de instituciones representativas mundiales en este ámbito es lo mas parecido a un intento de regulación mundial y ha venido evolucionando en los últimos años introduciendo en sus análisis los tema del desarrollo, la pobreza, el desempleo y la sostenibilidad del ambiente.

Este panorama que se presenta debe contextualizarse en la actual configuración de nuestro tiempo de alta incertidumbre, complejidad y zozobra que priman en nuestras sociedades.

Ante los acontecimientos del último año – el Brexit británico, las recientes elecciones estadounidenses – es posible estimar que el futuro de la cooperación internacional no parece estar alineado con las expectativas más esperanzadoras.

Un problema que deriva de estos fenómenos es el que comienza a delinearse un marco referencial que opera como una acechanza negativa a nuestras formas de vida y a los regimenes de representación ciudadana dado el variado impacto de las múltiples transformaciones que emergen con continuidad y sin pausas.

Se comienza a plantear la posibilidad de que las democracias puedan ir declinando dado los intensos conflictos que las fragmentaciones económicas y sociales están produciendo por impulsos de las nuevas realidades.

Vemos que en sociedades cercanas de nuestra región y lejanas en los países desarrollados se producen fenómenos intensos de polarización con atributos disímiles, así como manifestaciones de tendencias rupturistas entre los diversos estamentos sociales acompañados de acontecimientos conflictivos que demandan procesos de consensos difíciles de alcanzar.

No en vano algunos actores suelen expresar como una letanía de la época una distinción entre “ellos “ y “nosotros” “que atenta contra formas de dialogo fecundos conducentes a lograr acuerdos necesarios en cualquier tejido democrático.

En este contexto cabe reconocer que dada la complejidad de este escenario se establece un reto a los sistemas políticos del tiempo por venir en la medida que deberán enfrentar el desafío de administrar los empujes económicos de la globalización y de sus ramificaciones que ya impactan fuertemente en los actuales  ordenamientos sociales, los cuales deben ocuparse con premura en la  búsqueda de la equidad así como en la mayor voz y participación ciudadana en las decisiones colectivas.

Será parte de la lucha cotidiana necesaria para conservar nuestras sociedades democráticas acompasadas a las profundas transformaciones promovidas en nuestra desafiante y alterada era.

Isaac Umansky

Autor: Isaac Umansky

Contador Público y Economista (UdelaR). Desempeñó el cargo de Contador General de la Nación y Director de la Comisión Nacional de Informática en el período 1985-1990. Profesor Economía, Finanzas Públicas y Administración en la F.C.C.E.E. (Udelar). (1969-1984). Consultor nacional e internacional en proyectos de Administración Financiera Pública y Gestión Pública (BM, BID, CEPAL, Agencia de Cooperación Sueca y la Unión Europea en Chile, Costa Rica, México, Bolivia y Cuba (Desde 1990 hasta la actualidad). Ex Presidente de la Asociación Uruguaya de Contabilidad y Presupuesto (ASUCYP) durante varios períodos. EX Vicepresidente de la Asociación Internacional de Presupuesto Público (ASIP) 2 períodos. Miembro del Consejo Internacional que emite las Normas y Estándares del Sector Público (IPSASB) de la Federación Internacional de Contadores (IFAC). Período 2010-2012.