Jueves, 22 de marzo de 2018

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Heteropatriarcado. El enfermo imaginario

La marcha del #8M fue el ámbito propicio para que los sectores de izquierda montaran su dialéctica. Como suele ocurrir en estas latitudes, lo hicieron de manera exitosa, sin mayores resistencias. El espectro del “sistema patriarcal” fue inoculado en los discursos, en las pancartas y la proclama oficial.

Seguramente somos muchos quienes asumimos que cada paso hacia la igualdad logrado por una mujer nos permite avanzar hacia la libertad como sociedad. Pero lo que nos proponen estos grupos es otra cosa. Prefieren el razonamiento binario: o estás adentro o estás afuera. Eres víctima o victimario. Ese recurso es muy eficaz porque anula al que piensa distinto. Lo que importa es el “contra quién estamos luchando”, hace caso omiso del individuo, se define (equivocadamente) por el género de las personas y por el macho opresor que sustenta tal hegemonía.

Es el típico pensamiento colectivista donde todo se reduce a clases sociales, identificaciones raciales o de orientación sexual. Nunca se pone en valor la persona con sus capacidades, sus limitaciones, sus propias historias, su singularidad. A ver… Lucía Topolansky tiene más en común con Mujica que con Verónica Alonso! Y así podríamos dar sobrados ejemplos que echan por tierra esta lógica de confrontación.

 

“Por una izquierda feminista”

“Por una izquierda feminista” es lo que hemos visto en algunas de las pancartas que llevaban legisladoras oficialistas en la marcha. De allí se puede entender entonces el llamamiento a luchar contra el patriarcado capitalista. ¿Por qué ese afán en imputar la lucha de las mujeres en un bloque ideológico de izquierda? Esa es la pregunta que debería plantearse.

Sin embargo, desde otros partidos, (que en los papeles son defensores de ideas liberales y republicanos) terminan emitiendo spots en las redes donde hablan en los mismos términos que lo viene haciendo el FA. La pereza intelectual para no analizar el por qué se utilizan unos conceptos y no otros es llamativa. Pero más alarmante es ver cómo por momentos se transforman en una veleta que flamea al son del viento.

La dialéctica binaria no es antojadiza en la izquierda. No surge de la noche a la mañana. Viene a hombros de un marxismo remozado que busca extender perspectivas colectivistas, dado el agotamiento de un discurso de clases sociales. Viene de los trabajos de Gramsci y su “hegemonía cultural”, de Mouffe y Laclau en su célebre trabajo “Hegemonía y estrategia socialista” (1987), Judith Butler en “El género en disputa” (1990). La perspectiva binaria que ofrecen resulta atractiva y de fácil interpretación. Siempre hay una dialéctica entre dos colectivos, hay una estructura no visible que oprime, por ende, hay hegemonía, y hay culpables de esa opresión. En este caso. Este es el caso, el opresor es el macho, y por ende la estructura es el patriarcado.

Pero esa versión del feminismo proyecta un enfermo imaginario. En el plano del trabajo a las estadísticas se les da la apariencia de un mercado esclavista de mujeres. Cuando en realidad tenemos consejos de salarios que no permiten discriminar los sueldos por una misma tarea, a lo cual se agrega que la regulación laboral tiene un alcance sumamente amplio de las personas que participan del mercado laboral. Seguramente las principales diferencias se puedan explicar por antigüedad o por horas de trabajo, siempre en el marco de las mismas tareas. Pero eso está lejos de ser una discriminación de género por parte del empleador.

En lo referente a violencia de género se proyecta una imagen falsa, de un Uruguay patriarcal. Para tener una idea, en 2014 hubo 26 femicidios, en 2015 se registraron 29 casos y en 2016 se contabilizaron 24 crímenes. Sin embargo, si contabilizamos homicidios tenemos que en 2016 se registraron 268 casos y en 2017 fueron contabilizados 283 casos. En el 80% de los casos la víctima fue un hombre[1]. Por tanto, lo que tenemos es un grave problema, que se llama violencia y que afecta tanto a hombres como a mujeres. No podemos rebolear las estadísticas y decir que hay un sistema donde tenemos poco más que una violencia naturalizada del hombre hacia la mujer. En otras palabras, no se puede inferir de los casos de crímenes de pareja la conclusión de que estamos frente a una violencia sistemática de hombres contra mujeres.

Nótese que la exacerbación de las estadísticas nos puede llevar a diagnósticos que poco sirven para seguir progresando en equidad e igualdad desde las políticas públicas. Lamentablemente, esto a veces es un secreto a voces, porque la corrección política paga más. Pero veamos un ejemplo. Si para una misma tarea pagan menos a una mujer que a un hombre, entonces estamos frente a una discriminación flagrante y tendremos que promover mejores regulaciones. Pero si en realidad un hecho elemental como la maternidad (que por ahora es imputable a la biología y no al patriarcado) incide en la brecha salarial porque la mujer trabaja a tiempo parcial, entonces lo que tenemos que promover son más políticas de cuidado, y no las regulaciones.

Debería ser saludable que nos permitamos discrepar. Más aun cuando se quiere vender un enfermo imaginario que es funcional a una estrategia política. Alcanza con detenerse un momento y mirar a nuestro alrededor para ver que estamos en las antípodas de una guerra de sexos.  Mujeres y hombres de este país están logrando mejores accesos y oportunidades en distintas áreas, en la educación, la salud, la cultura, la política, el mercado laboral, el deporte.

En mi modesta opinión creo que no debemos pensar los derechos de hombres y mujeres, por separado, debemos hablar de la defensa de la dignidad del ser humano, sin hacer distinción de raza, género, religión o edad. Las personas merecen ser tratadas con dignidad, por el solo hecho de ser persona.

 


 

[1] Datos del Observatorio de Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior

Alejandro Guedes

Autor: Alejandro Guedes

Politólogo. Egresado de la Faculta de Ciencias Sociales.Se encuentra cursando la maestría en Ciencia Política (UdelaR). Integrante del Programa de Estudios Parlamentarios del Instituto de Ciencia Política.

  • pensador47

    Muy bueno. Por fin alguien se animó a decirlo y un editor se animó a publicarlo.