Jueves, 16 de febrero de 2017

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Inadmisible daño colateral

Una joven adolescente de 16 años, que caminaba por la calle paralela sur, de la Av. Giannattasio en el kilómetro 24.100, murió cuando fue arrollada por una camioneta, en la que viajaba un matrimonio y su hijo, y que fue brutalmente acribillada a balazos desde otro automóvil. Dentro del vehículo estaban el conductor quien presentaba 14 impactos de bala, su esposa también asesinada de 2 impactos de bala y el niño de 7 años, milagrosamente ileso.

Una joven madre de 17 años fue asesinada por una bala perdida que impactó en su tórax, cuando estaban merendando en el fondo de su casa junto con su pareja, su suegro y sus dos hijas, una de cinco meses y la otra una niña de dos años.

Un hombre fue ejecutado de un tiro en la cabeza, al defender a una amiga que estaba siendo víctima de una rapiña en la zona de Carrasco Norte.

Una joven maestra salió a comprar pastas un domingo al mediodía y murió cuando fue baleada en el abdomen, en un intento de asalto a una fábrica de Pastas del Parque Rodó, durante la lucha del delincuente con un ex policía.

Cuatro delincuentes con profusos antecedentes, provocaron un siniestro automovilístico en la ruta 1, a raíz del cual asesinaron a toda una familia. Entre las víctimas dos niños de 2 y 8 años. No fue un accidente. Fue el desenlace trágico de un hecho delictivo. No estamos ante un problema de tránsito sino de inseguridad.

Con éstos y muchos otros casos más, el problema de la violencia delictiva se elevó a niveles desconocidos hasta ahora en nuestro país.

Lo que tal vez las autoridades no han llegado a comprender, es que los homicidios rotulados cada vez más como “ajustes de cuentas” vinculados conflictos entre los mismos delincuentes, o al narcotráfico y que se producen en determinados barrios, no hace que sean menos graves. A su vez la categoría “ajuste de cuentas” (amplia, difusa y e imprecisa), genera que, tanto desde algunos operadores policiales, como desde la opinión pública, se perciba que si la víctima tenía antecedente penales o si era una persona que vivía en un barrio marginal, pueda aplicarse esa tipificación al delito con una amplia discrecionalidad.

Y que cuando hay una remisión al concepto de “ajuste de cuentas”, el ciudadano desprevenido naturalmente tiende a pensar, “…y bueno en algo andaría… no sería nada bueno… algo habrá hecho”. Ese punto de vista de alguna manera discrimina subliminalmente a unos homicidios que pasan a ser considerados como “merecidos” de otros considerados como “injustos”, clasificación arbitraria y no ajustada a derecho.

Incluso ha señalado que al igual que la población, los policías no se preocupan tanto por los ajustes de cuentas porque, en definitiva, son delincuentes que se están matando entre ellos. Cuantas veces frente a estos crímenes se ha llegado a decir: “Un pichi menos”. Desde el discurso, hablar de “ajuste de cuentas” parece “justificar” lo ocurrido. Esto es un muy grave error.
En tal sentido, la jueza penal Marcela Vargas señalaba : “a los ajustes de cuenta la policía les da menos importancia”, “Pero además, no puede haber muertos de primera y muertos de segunda”, “Los crímenes por ajuste de cuentas en Uruguay, a través del discurso, están separados del resto de los homicidios. Se le da menos importancia a un homicidio por ajuste de cuentas que a otro que ocurrió en otras circunstancias”.

Lo trágico del problema, es que estos delincuentes que hoy se matan entre sí, se acostumbran a matar, se acostumbran a una violencia desenfrenada, se acostumbran a una cuasi impunidad. Los criminales ha perdido el miedo a matar e incluso perciben el hecho de que se puede matar y no pasa nada. Los crímenes entre delincuentes superaron el llamado “ajuste de cuentas”, ahora es como si fuera una guerra.

Como consecuencia empiezan a aparecer cada vez más casos de lo que se llama fríamente: “daño colateral”. Donde el denominador común, es una acción violenta delictiva, que tiene como resultado la muerte de una víctima inocente y ajena al conflicto. Pero esta circunstancia no hace que lo acontecido sea menos grave, ni admisible bajo ninguna justificación.

De esta forma las víctimas inocentes pasan a ser inmediatamente un trabajador, una familia, un niño, una joven, una madre, un estudiante, los vecinos honestos de un barrio; donde la violencia puede ocurrir inevitablemente en cualquier lugar y horario; y de esta forma se extiende a toda de la sociedad sin excepción alguna.

Ir un domingo al mediodía a comprar pastas implica quedar atrapado en medio de una rapiña y terminar muerta; salir a comer a un restaurante puede derivar en sufrir un copamiento; ir a poner una carta en el correo puede terminar en una balacera infernal; pasear el perro por la rambla a plena luz del día, puede resultar en recibir un disparo; ir a un cumpleaños de quince, puede desemboca en que a la salida maten a una chica para robarle los championes; tomar un ómnibus lleno de gente puede resultar en hacerlo testigo involuntario de la ejecución a quemarropa de un pasajero, dentro del mismo. Una joven mujer policía murió asfixiada durante un incendio provocado en su domicilio por una bomba molotov. Un calificado por las autoridades como “éxito” policial, imposibilito jugar un partido clásico, termino en una asonada en la cual casi asesinan a un policía arrojándole una garrafa de 13 kg. en la cabeza. Y como si fuera poco, el reconocimiento de una “falla en el ámbito policial”, le costó una vida joven madre por violencia doméstica.

Hoy la inseguridad se adueñó de la calle y el temor golpea a la puerta de todos los uruguayos, todos los días. El clima general que se respira en las calles es de una absoluta orfandad de autoridad estatal que nos proteja. La gente la está pasando realmente muy mal.

El ministro se ha vanagloriado de que había alertado de que este nivel de violencia iba a llegar al Uruguay, cuando la realidad demuestra que si lo esperaba, se fracasó en prevenirlo y evitarlo. Para colmo se acumulan y proliferan, declaraciones poco atinadas de las autoridades responsables de brindar seguridad, que podrían figurar en una comedia si no fueran tan trágicas. Además se repite los errores. Ya lo decía, Albert Einstein, “Haciendo lo mismo una y otra vez no se pueden obtener resultados distintos”. Hay una desnorteada estrategia oficial en materia de seguridad. La visión que se promueve es la de un ‘mañana mejor’ que nunca llega. Se hablan y augura algo mejor, pero la situación siempre termina siendo peor. En los hechos lo que se prometió que iba a pasar no ha pasado. El ministro del interior y su equipo están presos de un optimismo que la realidad no confirma. Sometidos a la inercia del continuismo de una mala gestión. Y como corolario el Sr. Presidente de la República declaraba: “creo que no hay ni elementos, ni motivos para cambiar la política de seguridad”.

La gente reclama justificadamente que quiere vivir en paz, que la defiendan. Hay que mejorar lo antes posible, porque si no, la situación va a empeorar.

Guillermo Maciel

Autor: Guillermo Maciel

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales. Doctor en Diplomacia. Docente de la Universidad de la República; de la Universidad de la Empresa y de otros centros de estudios superiores. Director General del Ministerio del Interior de la República Oriental del Uruguay de 1999 a 2005. También se desempeñó como asesor del Ministro del Interior durante 1998. Asesor del Comité Nacional de Calidad de la Presidencia de la República de 1996 a 1999. Director del Observatorio en Seguridad de la Fundación Propuestas. Consultor especializado en seguridad ciudadana; y autor de varios trabajos publicados sobre la materia.

  • Alvaro Berreta

    Las muertes en Ruta 1 no debieron ser. La Policía tiene que cambiar el protocolo de persecución de delincuentes. En el caso se debió dar una alerta policial y proceder a las detenciones en algún lugar y momento oportuno. La persecución en una ruta nacional generó los riesgos que se concretaron fatalmente.( Aún así ni los choferes ni los autos de la policía están en condiciones de realizar esas persecuciones)