Miércoles, 2 de agosto de 2017

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Influencia y poder

Medir la importancia de un político en la historia de un país resulta una tarea difícil de realizar. En primer lugar, porque es casi imposible establecer criterios unánimemente compartidos, e incluso, aunque esto fuera posible, la subjetividad de quien haga la evaluación puede conducir a resultados completamente diferentes.

Sin perjuicio de lo expuesto en el párrafo anterior, existen dos aspectos que hacen a la trascendencia de una figura política: su influencia en la sociedad y el poder que logran ostentar, que si bien no son excluyentes entre sí, tampoco necesariamente van de la mano.

Podría decirse que la definición de poder en un político, como en cualquier persona, es la capacidad de imponer su voluntad.

A diferencia de otros ámbitos, como puede ser el mundo empresarial, en la política la riqueza no es sinónimo de poder. Esta situación se puede visualizar más aún en Uruguay, un país en el cual los integrantes de la denominada “clase política” no forman parte de la nómina de personas con mayor patrimonio. En los últimos años se han hecho públicas listas de uruguayos calificados como poseedores de las mayores fortunas del país, siendo las dos fuentes principales las publicaciones de la revista Caras y Caretas (http://www.carasycaretas.com.uy/los-120-mas-ricos-de-uruguay/), y el libro del diputado Fernando Amado “El club de los millones” (Ed. Sudamericana, 2015), y si bien muchos de los mencionados están identificados con algún partido, su principal actividad no se desarrolla en el ámbito político. Puede considerarse como situación excepcional la de Edgardo Novick, pero  en este caso es una persona que incursiona en la política luego de amasar su fortuna en la actividad privada.

En cuanto a la influencia, ésta es todavía más difícil de medir. Principalmente porque la influencia, a diferencia del poder, se puede apreciar en su real dimensión desde una mirada en perspectiva. El paso del tiempo es el que decanta qué político tiene una mayor incidencia en la sociedad. El poder está asociado a una posición, a un cargo, en cambio la influencia a un ideario, una concepción filosófica, y por eso, el primero es transitorio. Quizás la leyenda del grabado en piedra del nombre del autor del Faro de Alejandría, que enfrentara al faraón Ptolomeo II y el arquitecto Sóstrato de Cnido, ilustra como el tema del poder y la influencia es recurrente en la humanidad.

Si se analiza la situación en Uruguay desde el retorno de la democracia, existe un consenso bastante grande en que fue el Dr. Tabaré Vázquez durante su primera gestión, el político que disfrutó de mayor poder. Fruto de una votación inusitada en las elecciones de 2004, y lograr combinar dos sentimientos  difíciles de congeniar en buena parte de la población, como el respeto y el cariño, Vázquez, en ese momento Tabaré, gobernó prácticamente imponiendo su voluntad, salvo contadas excepciones (como el TLC con EEUU) en el período 2005 – 2010. El único aspecto en el salió categóricamente derrotado fue la elección de su sucesor. Pese a apuntalar a la figura del Cr. Danilo Astori en las elecciones internas de 2009, fue el Sr. José Mujica el que se alzó con la candidatura del Frente Amplio (FA).

El gobierno de Mujica fue completamente diferente. Mujica destruyó a conciencia la figura señorial del presidente, para convertirla en la de “el Pepe”. Imprimió su impronta a la gestión, alejada de ese aire doctoral que ponía en un pedestal la figura presidencial del Dr. Vázquez. “El Pepe” de forma deliberada descentralizó el poder, lo otorgó a organizaciones sociales, civiles, etc. No es casualidad que al retomar el poder Vázquez hiciera foco en una centralización de la gestión por ejemplo en las empresas públicas a través de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto.

“El Pepe” dejó hacer, darle para adelante, tiraba globos sonda, veía lo que salía y la aceptación que tenían en la sociedad. En muchos casos fue exitoso. Ejemplos de ello son la despenalización del aborto o el matrimonio igualitario, no tan así con el tema marihuana, el cual no pudo cerrar en su gestión.

Como fuera expresado anteriormente, “el Pepe” no se preocupó por imponer su voluntad, en muchos casos porque seguramente ni siquiera tenía una opinión formada sobre los temas, sino que dejó que las cosas salieran como se dieran, y que todo aquel que quisiera meter cuchara, siempre que perteneciera al Frente Amplio (FA), iba a poder hacerlo. Convenció a la población que para ocupar la presidencia no era necesario tener un título universitario, vestirse con corbata, o hablar de modo diferente de cómo se puede hacer en cualquier conversación de bar.

Se construyó desde “el Pepe” una figura mediática con alcance global, hasta aspiró, sin que sepamos con cuanto de real o de ficticio, al Premio Nobel, disertó en prestigiosas universidades del primer mundo, embelesando a propios y extraños. Se reunió con Soros, lo elogió Rockefeller, apoyó a Maduro, denostó a los universitarios, dijo “lo político está por encima de lo jurídico”, “esta vieja es peor que el tuerto”, frases que a cualquier otro político lo hubieran hundido, y todo se le perdonó, y hasta en algunos casos festejó. Es que Mujica es “el Pepe”. Quizás si se quiere hacer un paralelismo con otra figura política rioplatense de rasgos similares se podría evocar al Dr. Carlos Menem. Es que prácticamente todo “el Pepe lo hizo”, como decía el slogan del candidato peronista para su reelección en 1995.

Esa actitud de “el Pepe” tuvo efecto nefasto para el Dr. Vázquez. En los cinco años de gobierno de “el Pepe” aunque parezca mentira Vázquez envejeció veinte y Mujica salió rejuvenecido. Tanto así que el galeno dejó de ser Tabaré para convertirse en Vázquez, la bancada del FA dejó de tenerle ese respeto y temor reverencial que profesaba una década atrás, al punto que su figura está siendo controvertida desde la interna de la fuerza política, algo inimaginable otrora.

Mujica no fue quien ostentó más poder, probablemente haya sido el menos poderoso de los presidentes desde el retorno de la democracia, pero seguramente sea el dirigente político contemporáneo más influyente, dado que su impronta se impregnó en la sociedad.

En el siglo XX el político más influyente probablemente haya sido José Batlle y Ordóñez, tal es así que en ámbitos académicos se definía al Uruguay como un país republicano, liberal, de clases medias, con altos índices de instrucción, laico y con una participación activa del Estado como agente de protección de los desfavorecidos. En esencia, el objetivo propuesto por el batllismo a principios de siglo.

A diferencia del caso uruguayo, en Argentina el político más influyente del siglo XX fue el Gral. Juan Domingo Perón, y esta puede ser una buena explicación de las diferencias entre ambas sociedades que tienen mucho más en común en su origen que ahora.

La pregunta que queda por hacerse a esta altura es ¿cuáles serán las características distintivas del Uruguay del siglo XXI si la figura más influyente es Mujica? ¿Es ese el Uruguay que queremos?

Ciro Mata

Autor: Ciro Mata

Ingeniero Electricista (Universidad de la República, UdelaR, 2003). Postgrado en Administración de Empresas (2004) y Maestría en Administración de Empresas (MBA) (2006), Universidad Católica del Uruguay. Postgrado en Metodología de la Investigación, Universidad de la Empresa en (2012). Ejerció como docente en la Facultad de Ingeniería de la UdelaR y actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de la Empresa y la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica del Uruguay. Profesionalmente se ha desempeñado en UTE como subgerente del Área Planificación.