Viernes, 2 de septiembre de 2016

MENU

Innovación y Populismo

La humanidad ha venido adaptándose a un mundo cambiante desde su origen. Frente a ese desafío permanente, el hombre tenía una sola opción: innovar para sobrevivir los conflictos con los vecinos, desastres naturales, depredadores y otras amenazas. Y aunque si la adaptación fue lenta por cientos de años, y hoy es exponencial, opto por lo que entonces, y hoy también, resultaba más natural e instintivo. Innovar y, en el mismo proceso, mejorar su “calidad” de vida, aun si esta era rudimentaria y corta. Es decir, el hombre nace, sobrevive y se fortalece innovando. Y así cientos de innovaciones básicas fueron transformadoras para su época y cambiaron la humanidad para siempre. Y todas surgen de la transformación de lo que ya existía en algo nuevo, y aun mejor, la curiosidad, la observación y el proceso de ensayo y error. En esto último poco ha cambiado, salvo que un grupo de países reemplazo la tierra, las materias primas y el propio capital por el conocimiento. Los bienes intangibles. Esa es la nueva economía, pero también la nueva sociedad, un concepto que la tecnología de la información posibilito y, finalmente, se impuso. 

Por eso cuando alguien hoy nos habla de innovación o de adaptación como algo reciente, no solo sabemos que son prácticas milenarias que nacen con el hombre, sino que son sinónimos. La innovación era, en su génesis, un proceso natural de transformación y adaptación básica de algo que ya existía en algo que agregándole mejoras (novedad) lo hacía más útil y se podía reproducir en cantidades para que estuvieren a disposición del grupo. Poco ha cambiado del principio básico. En vez de “ponerlo a disposición”, hoy se ofrece al mercado y es una manera de generar la riqueza que las naciones tienen para promover el bienestar de sus habitantes. 

Hoy si uno revisa cuidadosamente aquellas 20 naciones que lideran los índices de innovación (http://www.wipo.int/export/sites/www/pressroom/en/documents/gii_2016_infographic1.pdf  y competitividad, educación, desarrollo humano, apego a la democracia y todo lo que los hace vivir más y mejor, vemos que, casi sin excepción, todos han sufrido guerras devastadoras, conflictos con sus vecinos, amenazas a su existencia, vecinos hostiles y situaciones traumáticas y también dramáticas como desastres naturales. Y no vemos países populistas que improvisan políticas públicas. 

Esas 20 naciones (quizás sean 30 hasta que Chile, Costa Rica o Uruguay irrumpen en algún ranking) reaccionaron de la misma manera. Y no deja de ser apasionante y curioso saber si los eventos mencionado desencadenaron procesos de innovación acelerada e industrialización que los llevo, hoy, a ocupar esas posiciones de bienestar que se repiten años tras años, ya no por instinto natural sino porque entendieron que era la mejor opción para desarrollarse, mejorar su calidad de vida e insertarse en una economía globalizada con competitividad y productos de alto valor tecnológico. 

¿Y América Latina? Bien gracias. Acabamos de pasar por casi 11 años de bonanza sin precedentes y los gobiernos en el poder decidieron optar por promover los inapelables atractivos del consumo suntuario, vistoso, demagógico pero atractivo en vez de invertir en educación I+D+I y sentar las bases de, al menos, una visión de país adonde apuntar. Y El Índice Global de Innovación de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) mencionado arriba, el cual incluye 82 parámetros para medir el nivel de innovación de 128 países considerados, encuentra, nuevamente, a Chile y Costa Rica dentro del pelotón de los 40 (44 y 45) y luego México, Uruguay, Brasil y otros entre los puestos 60 y 80. 

China, sin embargo, es el primer país emergente que llega al lugar 25. Y China no está en guerra, más allá de una situación geopolítica compleja para los vecinos de la zona, que crea incertidumbre. Pero si vemos que todos los vecinos de esa región del mundo están incluidos en el Índice de la OMPI y la decisión China de apostar al comunismo político y al capitalismo salvaje y neocolonial ha servido también para incentivar la innovación. La mala, la industria de la guerra. Pero también la que mejora el bienestar de su sociedad y la saca de su pobreza para llevarlos a una clase media todavía vulnerable pero impensable hace 20 años. Eso no ni comunismo ni populismo. Es pragmatismo. 

El fin de los gobiernos populistas en la región sería un incentivo transformacional para invertir, inter-alia, en educación (donde Uruguay ha fracasado, aunque duela admitirlo) I+D+I y fijar una visión país y programa país a 10-15 años con metas sensatas, plazos realizables, objetivos cuantificables, costos presupuestados en sectores prioritarios. La innovación da frutos que se pueden recoger casi de inmediato y otros que llevan tiempo. Es parte de una nueva una cultura que domina el mundo. No hay milagros. Por eso lo importante es empezar o continuar ya. Salvo Chile y Costa Rica, el resto de los países de la región, a pesar de esfuerzos loables, ni tienen la inversión ni la planificación necesaria. Pero una Argentina y un Brasil tienen el potencial para ser actores mundiales, así como Colombia y Perú. Sin populismos. Sin guerras. Razonando que si no lo hacemos seremos condenados al subdesarrollo y los únicos culpables seremos nosotros. 

Para Uruguay no hay opciones. Ya la extensión territorial importa poco cuando se trabaja en temas de conocimiento y el país agropecuario seguirá su marcha agregando innovación donde se pueda. Hay que reconocer instrumentos como la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), aun si no tiene decidido su gobernanza, el Centro de Extensionismo Industrial (CEI) del Ministerio de Industria, el Parque de la Ciencias, el Polo Tecnológico de Pando, el Institut Pasteur, Endeavor, CUTI y otros esfuerzos aislados, pero no necesariamente coordinados. Y hay que lamentar que el borrado de Ley de Transformación Productiva y Competitividad siga encajonado. 

Finalmente, así como la extensión territorial deja de tener la importancia que tuvo, la escasa población nos obliga a buscar mercados y competir fuera. Y a buscar inversiones productivas que generen empleo calificado y contribuyan a una mejor distribución del ingreso pero que el anarquismo sindical y la falta de recursos humanos preparados nos mantiene, por ahora, fuera del radar. Acá no hay populismo que sirva por más que los voceros criollos cataloguen un tratado de libre comercio como de derecha, oligárquico, imperialista y todas aquellas descalificaciones que hoy suenan más vacías que nunca. 

La próxima elección en Uruguay va a contribuir a decidir qué rumbo tomamos. Ahí se nos va la vida. Las opciones serán seguramente dos coaliciones. Un que apoya el un “progresismo” que el populismo apropio como suyo o el progresismo de verdad. Aquel que, por definición, es pragmático, reformista y que ve al estado como generador de oportunidades y no como asistencialista con el único interés de mantener un clientelismo político que les asegure votos.

Carlos Mazal

Autor: Carlos Mazal

Politólogo de la University of the Pacific con una Maestría en Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la New York University. Es Consultor Internacional en temas de Propiedad Intelectual, Innovación y Desarrollo y ex Director para América Latina y el Caribe de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). Miembro Fundador del Centro de Estudios de Propiedad Intelectual (CEPI) de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Republica. Miembro de Número de la Academia Nacional de Economía. Miembro Consejero del Consejo Uruguayo de Relaciones Internacionales (CURI)

  • http://derechocomercialbeatrizbugallo.blogspot.com Beatriz Bugallo Montaño

    Muy buen artículo! Siempre me pregunto qué nos falta colectivamente a los uruguayos para entender que nuestro camino solo puede estar acompañado de innovación, cualquiera sea la actividad económica que nos vayamos a plantear. Pero bueno, es algo que nos falta en varios ámbitos: un objetivo colectivo para ir hacia adelante con fuerza.