Martes, 12 de enero de 2016

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Insularidad populista

Al concebir a la política como confrontación permanente, el populismo se encierra en una lógica binaria que alimenta el enfrentamiento, creando taxonomías que le permitan estar en un combate perpetuo entre el bien y el mal.

El “bien” lo encarnarían los populistas, erigiendo un monopolio de la verdad, las clasificaciones y las palabras. Así, son el “pueblo”, en tanto que sus rivales son la “oligarquía”, el “antipueblo”, el “fascismo” y coloridas variantes idiomáticas locales de cada país.

En las democracias liberales, los actores políticos reflexionan desde la complejidad, observando los matices, buscando los consensos en la vasta policromía de opiniones y posiciones; el populismo, en cambio, lo simplifica en blanco y negro, sin distinciones en el medio.

Pero el populista, a diferencia del totalitario de viejo cuño, no anhela borrar del mapa al rival: lo precisa para alimentar la confrontación, para echarle las culpas de todo fracaso. Como no tiene una ley inexorable de la historia que lo ubique en la vanguardia del poder, de un modo vital precisa a ese otro demonizado.

El debate, esa savia vivificadora de las democracias, muere. Muere porque es sustituido por el discurso monolítico, sin posibilidad de confrontar argumentos ni revisar hechos. Se estructura en un relato que se acepta en su totalidad, sin fisuras, aislándose de toda posibilidad de ser refutado.

Los populismos se aíslan en ínsulas en un tiempo en el que estamos hiperconectados globalmente.

Es lo que ha venido ocurriendo desde hace más de diez años en Argentina con el kirchnerismo, lo que también se vincula con las biografías de Néstor y Cristina Kirchner, que nunca habían salido del país hasta que el primero asumió la presidencia en 2003. No es que fueran personas de recursos escasos, sino que lisa y llanamente no les interesó conocer el mundo más allá de las fronteras argentinas.

Toda la política de alejamiento del mundo, de mofarse públicamente de autoridades extranjeras, de afirmar ridículamente que en Alemania y Dinamarca hay más pobres que en Argentina, de poner trabas al comercio exterior y a la importación de libros, son expresiones de esa insularidad populista.

Que el referente de la intelectualidad kirchnerista sea Arturo Jauretche, un personaje que dejó escritos mediocres, es señal de la autocomplacencia en la que se ampara toda una corriente política.

Los sistemas totalitarios y autoritarios hicieron y siguen haciendo todo lo posible para evitar el contacto con el mundo exterior, porque el efecto de demostración es demoledor para la supervivencia de esos regímenes. Pero el populismo, en cambio, se basa en una insularidad autoinfligida, deseada y aclamada como una suerte de salvación purificadora.

Jorge Luis Borges, en su cuento “El otro”, advertía hace decenios sobre la tendencia de Argentina a ser cada vez más provinciana y engreída, abandonando el cosmopolitismo que tanto había caracterizado y enriquecido al país a principios del siglo XX. “Como si cerrara los ojos”, agregó Borges.

La derrota electoral del kirchnerismo y el aire vivificante de apertura al mundo, a sus ideas y bienes, a las inversiones y al diálogo civilizado con los países vecinos, es un cambio cultural profundo para los argentinos, abriendo los ojos.

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.