Lunes, 30 de julio de 2018

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Irreverentes

“Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.”[i]

El fragmento transcripto hace alusión a la acción del conquistador español en América, quien muchas cosas nos arrebató y otras tantas nos dejó. Entre éstas, las palabras. Esas que conforman el idioma español, el más completo y complejo.  El que aprendemos desde niños y con el cual nos comunicamos cotidianamente. El mismo que, correctamente utilizado, si es escrito, convierte en placer la lectura y si es hablado, hace del discurso un deleite auditivo; el mismo que hoy se encuentra bajo amenaza.

Quienes veneramos la lengua española y nos esforzamos por hacer un buen uso de la misma, no podemos permanecer indiferentes ante el despropósito lingüístico que representa el denominado “lenguaje inclusivo”.  Corriente que en forma caprichosa, forzada e infundada, pretende ser impuesta en el uso de nuestro idioma, so pretexto de lograr un tratamiento igualitario que eche por tierra las injustas diferencias existentes en la sociedad y que se consideran insostenibles.  Por encima de estas manifestaciones, resulta difícil pensar que modificando –mejor dicho, destruyendo- el idioma mediante la sustitución de letras se va a lograr el objetivo propuesto. El resultado ha de ser, a mi juicio, altamente negativo, pudiendo desembocar en una absurda jerigonza que en lugar de contribuir, actúe en contra del lenguaje como elemento cultural, y de la cultura misma.

No se trata de un hecho aislado. Es una manifestación más que se agrega a otras que la precedieron y que, de alguna forma, la alimentaron. Baste señalar la perseverante modalidad del discurso progresista que insiste en duplicar en razón del género cuando se refiere a categorías de individuos, v. gr. “compañeros y compañeras”, desatendiendo las reglas de la lengua española en la que el masculino es género inclusivo. Como lo ha sostenido la Real Academia Española, tal duplicación no es incorrecta, aunque sí es “innecesaria y poco recomendable”.[ii]  Una y otra vez, no obstante, debemos tolerar el lenguaje populista del “os y as” que ha llegado a extremos idiomáticamente inaceptables, en los cuales la duplicación, sí se torna incorrecta. Hemos llegado a oír “miembros y miembras”, “estudiantes y estudiantas”, “jóvenes y jóvenas” tanto en boca de personalidades nacionales como extranjeras.

Como si esto fuera poco, contamos con autoridades que frecuentan el uso de lenguaje soez, el tono patotero e insultante e, inclusive, la utilización de terminología incorrecta o equivocadamente manejada. Llegamos a tener un presidente, hoy senador, cuyo discurso nos hace sentir vergüenza ajena. Lo más grave y peligroso es que sus partidarios lo festejan, llegándose a imponer el dislate idiomático que utiliza como una forma válida de comunicación.

En este contexto, surge ahora el lenguaje inclusivo. Un comunicado de estudiantes del Liceo Miranda concluye con esta frase: “¡Salud compañeres y arriba les que luchan!”[iii] En alguna crónica informativa escuché “diputades”, haciendo referencia a los integrantes de la Cámara de Diputados. Y podemos seguir sumando.  A esta realidad le es aplicable un solo calificativo posible: delirante.

Altamente preocupante es la situación en que nos encontramos. Porque estamos llegando al punto en el cual el lenguaje inclusivo ha dejado de ser una triste y pasajera anécdota para transformarse en problema real, cuyos creadores pretenden que se instale en forma permanente en nuestra sociedad. Me gustaría saber si se está haciendo algo al respecto. Si alguien, seriamente, está evaluando las desgraciadas consecuencias que esta tontería, producto de algunas mentes progresistas y otras feministas -demagógicas ambas-puede llegar a producir. Temo que no.

A juzgar por la actitud asumida por actores de primera línea del gobierno, así como de autoridades de la enseñanza, podemos sostener que vamos por mal camino. A nivel de gobierno las declaraciones no han sido contundentes. Las pocas que se conocen tienden a minimizar el problema o, en su defecto, son tan poco precisas que se dificulta entender claramente cuál es la posición asumida al respecto.

En el ámbito de la educación, por el contrario, los pronunciamientos han sido más claros y, consecuentemente, más preocupantes, dado el tenor de los mismos.  Según lo informado por distintos medios de prensa, el Director de Planificación Educativa de la ANEP declaró que no existe problema con el lenguaje inclusivo, quedando a criterio de cada docente. De ser así, los alumnos pueden salir bien o mal formados en lengua materna – y en otras disciplinas también-, dependiendo del docente que, en suerte, le dicte clases. También, desde ámbitos sindicales –precisamente de la enseñanza privada- se ha sostenido la viabilidad del lenguaje inclusivo en el aula, vinculándolo a la libertad de cátedra. Por definición la libertad de cátedra es otra cosa. Según el artículo 11, inciso primero de la Ley General de Educación, N° 18.437, de 12 de diciembre de 2008: “El docente, en su condición de profesional, es libre de planificar sus cursos realizando una selección responsable, crítica y fundamentada de los temas y las actividades educativas, respetando los objetivos y contenidos de los planes y programas de estudio.” Seleccionar no implica agregar o suprimir. Se puede priorizar contenidos, pero siempre dentro de lo establecido en el programa correspondiente y respetando los objetivos establecidos. El lenguaje inclusivo no está incluido ni en los contenidos programáticos ni en los objetivos de la educación. No pretendamos hacer decir a la norma lo que ella no dice. Y, básicamente, demos al concepto “libertad de cátedra”, su justo alcance. Ejercer la libertad de cátedra no es hacer lo que a cada uno le plazca.

Alarma que nadie se haya pronunciado, desde las altas esferas de los órganos de la enseñanza, con excepción de algunas de las autoridades del Consejo de Educación Inicial y Primaria, censurando el idioma inclusivo. Por el contrario, parece que en el resto de los subsistemas y en el mismo CODICEN, hubiera aquiescencia al respecto.

“Aquella tarde, el viejo y venerable maestro, a quien solían llamar Próspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad shakespeariana, se despedía de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congregándolos una vez más a su alrededor”.[iv] Me gustaría pensar que ningún docente de lengua o literatura intentará explicar a sus alumnos que Rodó era machista por no usar lenguaje inclusivo. Y aclarar que donde dice “discípulos”, debe entenderse “discípules” y donde dice “congregándolos”, debe entenderse “congregándoles”. Si esto sucediera, ningún autor se salvaría de la profanación insultante de su obra. Quizá Rodó saliera bastante ileso porque, lamentable e incomprensiblemente, ha quedado en el olvido de muchos. Pero hay otros autores más frecuentados que no se salvarían del atropello. Veamos: “En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Ámsterdam.”[v]  Si nos afiliamos a la tendencia inclusiva, habría que especificar que cuando García Márquez escribió “gitanos” no excluyó a las “gitanas”, las que también volvieron. Del mismo modo, cuando menciona el descubrimiento de “los judíos”, no está ignorando a “las judías”.

El tema, más allá de algún comentario irónico por el cual pido las disculpas del caso y espero que usted, estimado lector, no lo tome como falta de respeto, reviste extrema seriedad. No olvidemos que para tener una buena educación se necesitan buenos docentes. Si somos permisivos, al punto de tolerar el lenguaje inclusivo en el aula, el deterioro de nuestra educación es imposible de medir. Esperemos que en formación docente, sea en el ámbito del magisterio como en el de profesorado, y específicamente en las orientaciones de lengua y literatura, esta perversa innovación lingüística no se inmiscuya. Ello sólo abonaría el deterioro educativo.

Estamos viviendo uno de los períodos más problemáticos de nuestra educación. Bajo nivel de aprendizaje; índices de repetición preocupante; deserción alarmante; reducción de los niveles de exigencia y mayor tolerancia en las inasistencias para que los alumnos no se vayan ni repitan; egreso de los diferentes niveles de enseñanza sin haber adquirido las competencias y conocimientos necesarios; disminución del número de egresados de formación docente, la cual, a su vez, denota carencias. Y este evidente deterioro se ha acelerado notoriamente en los últimos doce años. Ante esta realidad, deberíamos ocuparnos de solucionar los problemas anotados en lugar de perder tiempo y esfuerzos agregando uno más: la destrucción de la lengua materna. El lenguaje inclusivo no sólo no aporta nada, sino que contribuye al deterioro cultural y al desconocimiento de la lengua, hecho que ya se da por sí mismo en la mayoría de los integrantes de las jóvenes generaciones.

Cuesta creer que haya quien piense que con el lenguaje inclusivo se habrá de solucionar alguno de los problemas propios de la convivencia social. Cuesta creer que alguien piense que con el lenguaje inclusivo se mejore la visión de la existencia de géneros y se contribuya a superar la coexistencia de éstos. No es un cambio ortográfico, sino un cambio de mentalidad y actitud lo que permitirá superar los posibles escollos que hoy existen.

Defender el lenguaje inclusivo es un acto de irreverencia para con nuestro idioma. En una época en la que muchos de nuestros jóvenes llegan a la formación terciaria sin los conocimientos requeridos, con escasa o nula comprensión lectora y sin lograr, frecuentemente, construir un texto adecuado, es inadmisible aumentar tales carencias con innovaciones improcedentes en lugar de instrumentar los mecanismos técnico-pedagógicos para ayudar a superarlos. Una sociedad de primera se obtiene con una educación de primera. No la tenemos, ergo, difícil será que nuestra sociedad pueda salir adelante si insistimos en deambular sin norte en el ámbito educativo. No es asumiendo actitudes fundadas en ideologías superadas, tampoco afiliándose a concepciones innovadoras que se consideran de avanzada porque incorporan el “vale todo”, que vamos a solucionar algo. No perdamos tiempo ni vendamos humo. Es hora de accionar seriamente en bien de nuestros niños y jóvenes; es momento de repensar seriamente en nuestra educación y cómo proyectarla efectivamente para lograr resultados positivos y hacer que recobre la calidad de la que supimos estar orgullosos.

Reaccionemos.

 

 


 

[i] NERUDA, Pablo: Memorias. Confieso que he vivido, 1974, p. 74, Editorial Losada S.A., Buenos Aires.
[ii] EL PAIS: Lenguaje inclusivo, 23 de julio de 2018.
[iii] TAPIA, Carlos: en El País, 21 de julio de 2018.
[iv] RODÓ, José Enrique: Ariel, 2008, p. 49. MRREE – CETP – ANEP.
[v] GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel: Cien años de soledad, 2007, p.12, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.

  • Manuel Patrón Mederos

    Las palabras y los palabros

    El periodisto Leonardo Haberkorn alerta en su Twitter sobre lo que considera que es lo mejor que ha leído sobre lenguaje inclusivo y lenguaje inclusiva.
    Se trata de un y una exposición sobre el tema y el temo de la miembra de la Academia y el Academio Argentina y Argentino de Letras y Letros,Ana Ester Virkel.

    Se publicó el 15 de julio del año y la año en curso y en cursa en el portal y la portala digital “Sur Actual”.
    Se titula:“Inconsistencias del ‘lenguaje inclusivo”.

    Vale la pena y el peno leerla y leerlo.◘