Domingo, 30 de octubre de 2016

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Jorge Batlle: el infatigable discurso de la acción

Hace más de medio siglo, cuando yo era muy joven, las cosas eran bastante sencillas en el Partido Colorado; estaban la “14” de “El Día” y la “15” de “Acción”, pero entonces llegó Jorge Batlle, y nada volvió a ser como antes.

Muchos han recordado en estos días de duelo y rememoración aquello de “la vaca les gana”, yo prefiero destacar su carácter de enemigo implacable de las “vacas sagradas” a que somos tan afectos los uruguayos; al extremo que su primer gran gesto político fue promover exitosamente el “asado con cuero” de la vaca sagrada del colegiado.

Siendo sobrino nieto de Batlle y Ordóñez, su decidida acción proselitista presidencialista fue descalificada por la “ortodoxia” partidaria; a la que él respondió con su arma predilecta: la exigencia de realizar elecciones Internas.

Los “caciques”, “caciquillos” y los cortesanos del poder reaccionaban con una mezcla de indignación, fastidio y pánico, porque en cada oportunidad, cuando lo creían acorralado y terminado, (desprovisto de “aparato” y con pocos recursos), acudían a la convocatoria de JBI desde los lugares más distantes, los “indios de Jorge”, para respaldar la vigencia de su liderazgo y restablecer el equilibrio del partido.

Si debiera elegir una característica de las muchas que adornaban su personalidad extraordinaria, (sin despreciar su inteligencia deslumbrante, su coraje cívico, su compromiso republicano liberal y su optimismo irreductible), elegiría in dudar su curiosidad insaciable y voraz.

Ella fue el motor del permanente agitar de ideas, de propuestas, de planteos que chocaban contra los muros invisibles pero muy reales del prejuicio, de la haraganería intelectual y de la ignorancia autocomplaciente y provinciana.

Jorge Batlle quería saber todo, y de todo sabía, con un énfasis especial en lo que estaba ocurriendo en el mundo y aún más importante, lo que habría de ocurrir en el mundo, para que el Uruguay pudiera ser alertado del mejor camino hacia el futuro.

Y esa urgencia, esa impaciencia por corregir el rumbo desde el conocimiento, fue una “cruz” autoimpuesta, que demasiadas veces, teniendo razón, le impedía tomarse el tiempo para ilustrar y persuadir a quienes no entendía siquiera de que les estaba hablando.

Todos admiramos su inteligencia excepcional, aunque un subproducto inesperado de ella fuera un sentido del humor inusual (para decir lo menos), que fue una de las muchas “cruces” que le impuso como demérito este país de mediocridades solemnes.

La suerte (que es “grela”) nunca lo quiso, y siempre estuvo agazapada en los recodos del camino esperando para hacerle la zancadilla artera, (como la aftosa, los latrocinios de los Hnos. Rohm, la catástrofe argentina del 2.001), o este último golpe, (de noche y por la espalda) que asociado con la muerte, canta una efímera victoria, junto con los asquerosos que festejan con groserías el fallecimiento de este gran ciudadano.

De todas maneras es preferible la honestidad de las almas mezquinas, que el disimulo de quienes lo detestaron y lo difamaron toda la vida, y fueron a poner cara de circunstancias en su velatorio; cuya hipocresía desentonaba estruendosamente en medio del genuino dolor de sus amigos y leales adversarios, y que me trajo nostalgia de la catilinaria de Alberto Zum Felde en el funeral de su amigo el poeta Julio Herrera y Reisig.

En más de medio siglo de vivencias políticas con Jorge Batlle, hay dos que recuerdo con especial intensidad; las charlas magistrales que “dictaba” en un pequeño apartamento ubicado en Eduardo Acevedo Díaz donde desemboca Brandzen, (a la que concurríamos unos pocos en el período militar); y el inolvidable discurso que dio parado en la escalera de la chacra de Piedras Blancas, (la misma de la foto icónica de Batlle y Ordóñez), haciendo el rescate filosófico-político de Vázquez y Vega, Krause, Arhens, el pensamiento espiritualista, para vigorizar doctrinariamente al Partido Colorado y también ganarle la interna a Tarigo, antes de quedar “manco” del brazo “arrancado” (que le volviera a crecer más “musculoso” que nunca) en las inolvidables caricaturas de Aroxa.

En esas charlas y en las de su mesa en el Jockey Club, hice un notable reaprendizaje de la historia, la política, la economía, (y también del turf), de la mano del “profesor” más brillante, exigente y enciclopédicamente didáctico que haya conocido.

La historia de sus campañas presidenciales y sus derrotas ha sido glosada largamente, y la tormentosa navegación que hubo de enfrentar al timón del Uruguay es muy cercana y bien conocida; todas llevan el sello de la firmeza de sus convicciones, la reciedumbre de su carácter y la intensidad de la prédica de ideas en el intransferible discurso de la acción.

Cierro estas líneas de despedida transcribiendo un párrafo del discurso “La Ciudadanía de una República”, dado por Theodore Roosevelt en la Sorbona el 23 de abril de 1910, que parecen haber sido escritas para describir a Jorge Batlle:

No es el crítico quien cuenta; ni el que señala cómo el gran hombre tropieza, o como el autor de grandes obras podría haberlas hecho mejor. El mérito pertenece al hombre que está realmente en la palestra, cuyo rostro está manchado con polvo, sudor y sangre; que se esfuerza valientemente; que yerra, que se queda corto una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y carencia; quién realmente se fatiga por hacer obras; que conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones; que consume sus fuerzas por una causa digna; quien en el mejor de los casos conoce al final el triunfo del gran logro, y que en el peor, si fracasa, lo hace porque se atrevió a aspirar a la grandeza, de tal forma que su lugar nunca estará con esas almas frías y tímidas que no conocen la victoria ni la derrota.”

Juan Modesto Llantada

Autor: Juan Modesto Llantada