Miércoles, 28 de febrero de 2018

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La bolsa o la vida

Hace años, como un chiste, un amigo me preguntó: ¿Que es una cosa que rueda sin ruedas y vuela aunque no tiene alas?

Después de pensarlo algunos segundos le dije que no tenía idea; su respuesta fue, “la bolsa de nylon”.

Han pasado ya más de 25 años y al ver las bolsas rodando en las calles o volando alto entre los edificios del centro de Montevideo siempre recuerdo esa adivinanza.

Pero también veo las bolsas en las arenas de la playas, enganchadas en los alambradas a lo largo de las rutas o marcando los límites de las crecientes en los árboles y arbustos a la vera de ríos y arroyos.

Incluso las encuentro al limpiar del jardín las deposiciones de mi perro, que las ingiere a pedazos cuando llevadas por el viento, o la mano amiga de un vecino, terminan llegando hasta allí con restos de comida.

Podría decirse que son parte del paisaje urbano, y también del rural.

Eso, porque los clientes nos hemos acostumbrado mansamente a su omnipresencia en nuestras compras y para los vendedores es casi impensable no colocar en ese contenedor la compra de su cliente aún que no sea más que un blister de analgésico que fácilmente podría ser llevado en el bolsillo.

Tanto es así, que si como cliente, se agradece pero no se acepta la bolsa, nos encontramos muchas veces con la pregunta de si de verdad no la queremos, e incluso con el acto casi reflejo del comerciante o empleado de poner las cosas en una bolsa.

Claro que alcanza con revisar nuestra compra para verificar que aunque no aceptemos la bolsa de plástico al final de la compra, igual estaremos llevando varias bolsas si adquirimos verduras o frutas ya que las cajas registradoras las necesitan como soporte de las etiquetas autoadhesivas en que se registra el precio a cobrar por el producto.

Así, si revisamos muestras compras veremos que nos llevamos “de yapa” mas de una docena de bolsas en cualquier visita a un supermercado, e incluso a la feria del barrio, donde desde un ajo a 3 kilos de naranja, pasando por un pedacito de queso, vienen cada uno acompañado de su bolsita.

Bolsas que el llegar a casa se tiran porque están mojadas o sucias, o son rotas al abrirlas porque fueron anudadas por el comerciante, o se integran, en el mejor de los casos, a las que guardamos en algún cajón o armario para ser reusadas, aunque más no sea para la basura.

Hoy existe un proyecto de ley en el Parlamento que se dice es para prohibir su uso, si bien a poco de leerlo se ve que tiene tantas excepciones y que es tan dependiente de su reglamentación futura, que seguramente terminará siendo poco más que un saludo a la bandera, salvo por la parte de cobrar las bolsas en los comercios, lo que por ser negocio, será seguramente implementado rápida y eficientemente.

Es igualmente un paso en la dirección correcta y esperemos que se apruebe rápidamente.

Sin embargo este tema de las bolsitas demanda más que una ley, es un tema de conducta, se debe concientizar a todos de lo estúpido e inútil que es, por ejemplo, usar una bolsa plástica para llevarse a casa una cajita de un medicamento o un paquete de pastillas que enseguida se coloca en un bolsillo o una cartera. NO LO NECESITAMOS.

Aún entendiendo esto, nuestra “cultura de la bolsita” nos programa para dar por descontado que nuestra compra estará acompañada de ese contenedor plástico y es dificil expresar que NO, gracias pero no quiero bolsa.

Eliminar las bolsas, repito, requerirá más que una ley.

Pude ver un caso interesante en estos días viajando por el sur de Chile. Llegando a Cochamó, al sur de Puerto Mont, una comunidad que hace su negocio de la pesca, la piscicultura y el turismo, llegué a un local y pedí unas uvas.
Muy amable la señora se ofreció a lavarlas, lo que le agradecí.

El volver de lavarlas me preguntó como me las llevaba y le dije que no tenía una bolsa pero que gustoso le compraba una.

Allí me explicó que no daban ni vendían bolsas plásticas y que una de papel no era adecuada.

Resultado, me las llevé en la mano y al llegar al auto las puse en in contenedor rígido.

La razón que me dieron para no entregar mi vender bolsas plásticas, es que ellos saben muy bien del daño que al ambiente y a la fauna y flora marina le hacen las bolsas y entonces no se usan en la comunidad.

Conversando con lugareños pude saber que esa es una ordenanza local, que es apoyada por todos y que ya lleva un par de años en su aplicación con muy buenos resultados.

Imagino que aprovechando la posibilidad que dan nuestras leyes, de imponer regulaciones ambientales locales más estrictas que las nacionales; la ley hoy a estudio, podría servir para que gobiernos departamentales o municipales impusieran la prohibición total.

Imagino por ejemplo el Polonio, a Valizas o Punta del Diablo libres de bolsas el próximo verano, con una campaña a nivel de prensa y con entrega de bolsas reutilizables en peajes y terminales de omnibus.
Imagino a su tiempo lo mismo para cada localidad de nuestro pais.

Quien te dice que no se sumarán ya el próximo verano Punta del Este o Piriapolis y porque nó Montevideo.

¿Será mucho pedir?

Raúl Viñas

Autor: Raúl Viñas

Magister en Ciencias Meteorológicas, docente en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de la Empresa y la Escuela de Meteorología del Uruguay. Vocero de grupo ambientalista Uruguay Libre de Megaminería.