Lunes, 19 de febrero de 2018

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La capitana Ahab

Con su pluma magistral, Herman Melville nos dejó el retrato del capitán Ahab, aquel que se empeñó en la persecución de una ballena blanca conocida como Moby-Dick, inmune a los arpones y ubicua en los mares. Ahab, capitán de un navío ballenero, perdió su pierna al intentar apuñalar el corazón del cetáceo, y desde entonces lo identificó como la personificación del mal en la tierra. El capitán fue cultivando en su interior la monomanía de perseguir a Moby-Dick, ocultando su verdadero propósito a los inversores de barcos balleneros. A bordo del navío Pequod, reunió un extraño enjambre de tripulantes, y transformó al navío en un instrumento de persecución de la ballena blanca. Sólo unos pocos lograron vislumbrar el abismo hacia el que los conducía pero, fieles a los códigos del mar, no cuestionaron los mandatos del capitán Ahab.

La monomanía es siempre negativa y remite siempre a un monólogo interno y externo que se realimenta en modo constante. Y es más perjudicial aún cuando estas personas no son confrontadas por su entorno para mostrarle otras perspectivas. Mucho más cuando esa monomanía es aplicada en la política, en donde debería primar la reflexión sobre la pasión, el diálogo sobre el mandato y el análisis crítico sobre la obediencia. O por lo menos así es como deberían funcionar las democracias, imbuidas del espíritu de la libertad y el pluralismo que les da sentido.

Por ello es preocupante observar que una nutrida fuerza opositora argentina se empeña seguir a su capitana Ahab, en su tozudez de negarle legitimidad de origen y de ejercicio al presidente de la República. A pesar de su reciente derrota en las urnas, en elecciones transparentes y por un margen que no da lugar a dudas, la capitana Ahab se obstina en considerarse la única vocera del pueblo, acompañada en su aventura de cuestionamiento a las instituciones por la izquierda trotskista, que la hay en la banda occidental del Río de la Plata.

Si fuese una aventura solitaria o con escasos seguidores, no pasaría de ser una rareza de la que muy pocos se preocuparían. El gran problema es que su figura tiene taponada cualquier posibilidad próxima de renovación del liderazgo, en un movimiento creado e inspirado de un modo estrictamente vertical. Esto perjudica severamente la cultura cívica democrática, en la que el liderazgo debe ser interpelado por el ciudadano, no someterlo a la obediencia y obsecuencia.

El Pequod, frágil navío al mando de Ahab, está naufragando lentamente. La capitana está aferrada al timón y se mantiene altiva, inaccesible, jupiteriana. Sus arpones verbales atacan a cuanto se le atraviese: desde una gran ballena hasta la más inocente de las toninas. Y la democracia se estremece, porque si bien hay una faz agonal de debate, está inspirada por los principios de la libertad y se gobierna por leyes. Se precisa un cambio profundo a favor de los valores de la sociedad abierta. Somos los ciudadanos los que debemos velar por la calidad de las instituciones, y eso implica que actuemos con reflexión crítica y plena conciencia de nuestra gran responsabilidad.

Ricardo López Göttig

Autor: Ricardo López Göttig

Profesor y Doctor en Historia, Doctorando en Ciencia Política. Profesor en la Universidad ORT Uruguay y Profesor Titular en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires). Consejero académico de CADAL.