Miércoles, 7 de febrero de 2018

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La cuestión sigue siendo entre la libertad y el autoritarismo

Una de las características de nuestro tiempo, es que las redes nos permiten conocer en tiempo real lo que está pasando en cualquier parte del mundo.

Más difícil es entender e interpretar los acontecimientos, ya que ellos responden a situaciones e idiosincrasias que sólo pueden calibrar en su justa medida quienes viven y participan en el ambiente que los genera.

En cualquier caso, es evidente que hay fenómenos que se están dando simultáneamente en diversos países; planteos que se repiten en muchos lugares; reclamos que se replican como si la Tierra fuera una única y gran aldea.

Es que más allá de las especificidades y particularidades de cada país y lugar, a los seres humanos de hoy, fundamentalmente a los de Occidente, nos ha tocado vivir un cambio de época.

Desaparecidas las utopías que caracterizaron el período de la Guerra Fría y sus paradigmas, ingresamos en un tiempo en el que todo -instituciones y valores- ha sido puesto en cuestión, y donde el hedonismo, con la carga de insatisfacción que conlleva, y el igualitarismo, que ignora los méritos y las virtudes de cada individuo, pautan las reacciones y las relaciones entre las personas.

Por otra parte, siendo los valores producto de la cultura, es evidente que existen claras diferencias al respecto entre las distintas comunidades, que pese al creciente fenómeno de la globalización, o tal vez acicateadas por él, han renovado la reivindicación de sus particularismos regionales, étnicos, sociales y de género.

La democracia y los valores humanistas están siendo cuestionados por los populismos, de izquierda y de derecha, y por las corrientes teocráticas y fundamentalistas, que en muchos casos no dudan en recurrir al terrorismo.

Y qué decir de los avances tecnológicos, que presionan día a día los límites de lo ético y nos obligan a buscar un equilibrio entre la libertad de investigar y progresar y la dignidad y supervivencia de la especie.

Todo ello ha puesto en entredicho los principios y valores humanistas que caracterizan a Occidente y que tienen vocación universal por ser inherentes a la dignidad humana.

En ese marco, la dicotomía izquierda-derecha no alcanza para interpretar y comprender las actitudes y los fenómenos sociales de nuestro tiempo. No alcanza para construir los nuevos consensos.

Todavía hay quienes pretenden poner en una misma bolsa las experiencias de la Venezuela chavista, la Bolivia de Evo, el Chile de la Concertación, la Cuba de los Castro, el Brasil de Lula, el Uruguay del FA y la Argentina K, a las que genéricamente califican de “progresistas”, pese a las diferencias notorias que existen en el encare político y económico de cada uno de ellas.

Todos los días vemos personas que se identifican y defienden proyectos políticos extranjeros sólo porque se etiquetan como de izquierda o de derecha, aunque les cuesta explicar y mucho más defender sus propósitos y sobre todo su praxis.

Donde ubicar a Rusia o a China, cuyos derroteros son difíciles de encasillar en la dicotomía izquierda-derecha.

Es que la disyuntiva de nuestra época no está allí. Una vez más, como ha ocurrido otras veces a lo largo de la historia, la dicotomía es entre la cultura liberal y la cultura autoritaria.

Izquierda y derecha son posiciones que las personas adoptan en el marco de cada una de esas culturas, esto es: hay liberales de izquierda y liberales de derecha como hay autoritarios de derecha y autoritarios de izquierda.

Por eso, un izquierdista liberal debería identificarse con un derechista liberal antes que con un izquierdista autoritario y viceversa, ya que primero está la matriz ideológica con la que nos identificamos y luego los énfasis, hacia la izquierda o hacia la derecha, que adoptamos.

Esto explica la gratificante lección democrática que dieron los candidatos Sebastián Piñera y Alejandro Guillier la noche del balotaje en Chile, al abrazarse y felicitar el perdedor al ganador ante las cámaras: más allá de ser etiquetados como de derecha o de izquierda, ambos comparten la cultura liberal y actuaron conforme a ella.

Ello también explica por qué Cristina Kirchner ni siquiera se presentó a entregarle la banda presidencial a Mauricio Macri: ella abreva, claramente, en la cultura autoritaria.

La misma a la que pertenecen Maduro y el chavismo, aunque convoquen y ganen elecciones.

Opino que buena parte de la confusión en la que vivimos y de la dificultad que tienen nuestras sociedades para resolver muchos de sus problemas parten de no entender esta cuestión y seguir aferrados a moldes perimidos.

Toda sociedad necesita de consensos para convivir y avanzar. Necesita de un pacto basado en valores y objetivos compartidos, por mínimos que sean.

Y si no queremos desandar el largo camino recorrido por las sociedades occidentales en pos de la libertad y la igualdad, quienes compartimos la cultura liberal, de izquierda a derecha, debemos reivindicar sin complejos y relanzar la agenda que desde siempre la ha caracterizado: democracia, Estado de Derecho, libertad individual y derechos humanos. Debemos promover la laicidad, revalorizar la ética, pública y privada, y por sobre todas las cosas volver a construir ciudadanía: personas conscientes tanto de sus derechos como de sus deberes y por eso responsables y comprometidas con el interés general.

Interés general que, bueno es recordarlo, no es lo mismo que la suma de los intereses corporativos o particulares.

Quienes nos identificamos con la cultura liberal, tanto si nos ubicamos a la izquierda como a la derecha, debemos seguir trabajando para que la tolerancia desplace definitivamente a los dogmatismos de cualquier signo y especie, rompiendo así los moldes que de múltiples maneras condicionan la libertad de conciencia y de pensamiento y limitan la inagotable capacidad del ser humano de crear, en los campos material, intelectual y espiritual.

Ese es el origen y el propósito de la laicidad, porque la laicidad del Estado y las instituciones públicas, compatible con la libertad de culto, de creencias y de opinión, aplicable a las personas, es garantía de la libertad de conciencia y de pensamiento y por tanto piedra angular de la convivencia pacífica en sociedad y de su progreso.

Esa es la tarea de nuestra época: asumir y hacer primar la cultura liberal, para darle a los principios y valores humanistas su verdadero sentido y alcance, premisa indispensable para alcanzar una sociedad más libre y más justa.

José Garchitorena

Autor: José Garchitorena

Abogado y funcionario. Actualmente es Ministro de la Corte Electoral. Integró el directorio de UTE entre 2010 y 2012. Miembro electo de la Junta Electoral de Montevideo (2000-2005). Integrante de la Asamblea del Claustro de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de la República entre 1987 y 1989. Afiliado al Partido Colorado desde 1983, fue Prosecretario General del mismo. Es miembro de diversas instituciones culturales y sociales. Colaborador de diversas publicaciones periodísticas. Es autor de los libros Manual Práctico de Derecho Electoral Uruguayo y de Historia de un mito, las elecciones de 1971 y la denuncia del Partido Nacional.