Martes, 8 de noviembre de 2016

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La democracia en el diván

A escala global se están suscitando diversos procesos materializados en importantes hitos que apuntan a un síntoma general de varias de nuestras democracias: el descreimiento ciudadano sobre el sistema político. Uruguay no es ajeno a este fenómeno por dos razones. Primero, porque los datos de opinión pública vienen detectando una baja de la confianza ciudadana sobre las instituciones de representación política. Segundo, porque ninguno de los partidos del sistema acusa este grave problema de representatividad. En adelante argumentaré esta idea partiendo del contexto internacional, para luego recaer  en nuestro país.

 

Problemas en la aldea

Entre las décadas de los 70, 80 y 90 una treintena de países en América, África, Europa y Asia transitaron de los autoritarismos hacia el sistema democrático. Ese proceso ha sido rotulado por Samuel Huntington[1] como la tercera ola democrática. Observando ese mismo contexto histórico el reconocido teórico Francis Fukuyama presentó su provocadora hipótesis sobre el fin de la historia. Básicamente señalaba que la humanidad alcanzó un punto culminante en su estructuración ideológica institucional con el triunfo de las democracias liberales[2]. Por lo cual, ya no tenemos grandes contradicciones en el terreno político luego de la caída del espacio socialista, sino problemas que puede resolverse dentro del marco de las democracias liberales.

Sin embargo, en la actualidad no son pocos los grupos de ciudadanos que se manifiestan hastiados con el sistema democrático. Lo perciben más bien como una elite o casta de políticos. La emergencia de liderazgos populistas en Europa, o del florecimiento de los famosos “outsiders”, generalmente empresarios o cómicos, constituyen la nueva oferta política que sale a captar a los ciudadanos indignados con esa elite, con esa casta, o más genéricamente con “la política” para utilizar una frase que seguramente escuchamos a menudo.  En otras palabras, se podría decir que hay un estado de descreimiento que es transversal a los países y a la ideología de los partidos de gobierno.

¿Será que luego de tantas luchas por más democracia, ahora la ciudadanía descree del sistema democrático? o en realidad ven que cada vez es mayor el sometimiento de los estados nacionales a los imperativos globales. Tiendo a pensar que estamos en este segundo escenario. Discretamente los estados que ostentan una fuerte institucionalidad democrática están perdiendo su capacidad de manejar su agenda de manera soberana. La opinión pública acusa este problema de representación. La mayoría de las veces el descontento es discreto, como la progresiva pérdida de confianza en políticos y partidos que se detecta en los barómetros de democracia. En otras ocasiones el descontento llega a las calles, o a las urnas.

El Brexit en Reino Unido, tan vilipendiado por la prensa internacional, tiene mucho que ver con este sentir, en tanto fue presentado por sus impulsores como una respuesta frente a la pérdida de soberanía a manos del Parlamento europeo. A su vez, su éxito ha servido de argumento para varios partidos euroescépticos en ascenso que también hacen foco en el argumento de la pérdida de soberanía a manos de organismo y corporaciones internacionales. El fenómeno Trump en Estados Unidos, a su manera, también recoge y capitaliza ese malestar de gran parte de los norteamericanos que ya no se siente representados por el establishment de demócratas y republicanos. Al igual que sucedió con el brexit, Trump también es objeto del descrédito por parte de medios de comunicación. También se agregan las reacciones de las bolsas de valores, que siempre son esa suerte de fiel de la balanza en el cual hay que confiar de forma acrítica. Su mensaje de campaña refleja de forma nítida el sentir soberanista “make america great again”. Por otra parte, organizaciones internacionales de filtración de información como Wikileaks lograron perforar el hermetismo de algunos de los grandes tratados comerciales que se negocian a escala global. Han develado que la desconfianza hacia los gobiernos de la globalización tiene fundamento. Por ejemplo, filtrando información de los negociados entre grandes corporaciones empresariales que envasan sus intereses en los Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, sigla en inglés) y el Acuerdo comercial de servicios (TISA)[3].

Mediante este repaso sinóptico solamente procuro poner de manifiesto la tensión existente entre democracia y globalización. No es de mi interés acusar el oportunismo o populismo de quienes capitalizan estos fenómenos. Entre otras cosas porque no son parte del problema, sino una consecuencia de este. Los liderazgos o movimientos desafiantes que atacan desde fuera del sistema hacen su juego. Toman nota de la degradación del sistema de partidos.  En resumidas cuentas, en la medida que avanzamos hacia un mundo de bloques económicos, parece ganar terreno determinada concepción de ese mundo global, la de aquellos que gobiernan esa globalización. Por extensión, las políticas de los estados nacionales a menudo no reflejan si quiera el programa de gobierno que se presentó a la ciudadanía. O en otros, todos los competidores parecen presentar las mismas recetas.  Como decía al inicio Uruguay no es ajeno al proceso y en algunas circunstancias, algunas más importantes que otras, vemos cómo determinadas políticas saltean procesos internos sin que el sistema político, al menos, se digne a problematizar estas cuestiones.

 

Una luz de advertencia para Uruguay

Hace unas semanas los montevideanos votamos el presupuesto participativo. Es una idea interesante que convoca a la participación ciudadana. Sin lugar a dudas es una herramienta que profundiza la democracia. Básicamente votamos para decidir sobre la colocación de semáforos en una esquina o juegos inclusivos en una plaza. Sin embargo Montes del Plata (por citar un ejemplo) arriba a Uruguay con enormes exoneraciones fiscales, de carácter generalmente reservado. El frustrado arribo de Aratirí (inversión de carácter netamente extractivo) contaba con una ley a medida para su operativa y la consiguiente documentación reservada. El contraste es claro. Hay aristas de la política que son confidenciales para el manejo democrático.

Las presiones internacionales han estado, están y seguirán estando. Pero tengamos cuidado. Tener un sistema político sumamente permisivo y condescendiente con estos procesos globales no es neutro. Así podríamos agregar a la lista el desarrollo estratégico de la pasta de celulosa que lleva sus años en el país. El modelo mixto de seguridad social, que si bien fue discutido internamente, no se puede negar que se inscribió en un marco internacional de reformas, orientadas a fomentar las AFAPS en 59 países[4]. Algo similar podría sostenerse para las políticas sociales, donde aparecen en un contexto de determinados formatos de trasferencias que se diseminaron en toda América Latina. La ley de bancarización forzosa, más conocida como “inclusión financiera” también parece responder a una tendencia global.

 

¿Otra vez arroz?

Hace unos días leía la columna de Hoenir Sarthou en Voces, titulada “China y Aire fresco”. (Tomo como referencia la primera parte del título) Allí se planteaba algo similar a lo que venimos argumentando. Aparentemente el viaje a China trae consigo el arribo de una empresa pesquera, con muelle propio y todos los beneficios fiscales que no figuran en los programas de gobierno. Y por si fuera poco, bajo modalidades netamente extractivas de nuestros recursos. Esto último no es novedad. Algunos documentos de CEPAL han asegurado que el 90% de las inversiones chinas en América Latina se dirigió a los recursos naturales[5]. Todos los partidos han hablado en campaña de atraer inversiones, pero nunca se manejan a qué costo. Este tipo de cuestiones son las que requieren de un debate profundo. Quizás el hecho de que bajaran a último momento del viaje al intendente de Artigas (Partido Nacional) tenga que ver con esto. Aunque prefiero ser optimista y pensar que, de concretarse, no habrá secretismo sobre el proyecto. Pero bueno, para los conformistas queda el consuelo de que podemos decidir si ponemos juegos en una plaza.

Lo que no estamos advirtiendo (y aquí radica la importancia del argumento) es la existencia de un problema de representación… también en Uruguay. Que este proceso sea silencioso no quiere decir que no exista, o que no pueda tener consecuencias en el sistema político. El apoyo a la democracia en Uruguay cae, de la misma forma que cae la evaluación sobre su funcionamiento. De la misma forma que pierden apoyo el Parlamento y los partidos políticos.  Si hay una frase súper repetida y sobre la que pocas veces nos detenemos a reflexionar es el clásico “son todos los mismo”. Ese es un terreno peligroso porque resta confianza en la política y crea expectativa en la gestión o en el autoritarismo. Como ya ha dicho Huntington las sociedades que suponen que su historia ha terminado son habitualmente sociedades cuya historia está a punto de declinar[6]. Con un poco menos de dramatismo, creo que encender una luz de advertencia se torna necesario.

 


 

[1] Huntington (1994). La Tercera ola. La democratización a finales de Siglo XX.
[2] Fukuyama. (1992). El fin de la historia y el último hombre.
[3] https://actualidad.rt.com/actualidad/170219-wikileaks-acuerdo-transpacifico-tpp-demandar
[4] Brooks, 2008
[5] Ver http://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/37577/S1421104_es.pdf?sequence=1
[6] HUNTINGTON, Samuel P.: El choque de civilizaciones. Paidós, Barcelona, 1997

Alejandro Guedes

Autor: Alejandro Guedes

Politólogo. Egresado de la Faculta de Ciencias Sociales.Se encuentra cursando la maestría en Ciencia Política (UdelaR). Integrante del Programa de Estudios Parlamentarios del Instituto de Ciencia Política.