Lunes, 26 de diciembre de 2016

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La desglobalización en ciernes

Hoy en día, ningún político en ningún país del mundo recibiría grandes elogios si asume la defensa del libre comercio o de los grandes acuerdos entre bloques de países; más bien, como parece, se arriesgaría a  ser sancionado por una porción relevante  de la opinión pública.

Es que como destaca Roberto Carvalho de Azevedo, Director General de la OMC, “ la retórica anti-comercio es pegadiza”.

¿ No ocupó acaso esa encendida retórica un lugar destacado en la reciente contienda electoral  en EEUU ?

Donald Trump ha insistido en retirarse del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) suscrito en febrero de 2016 y también en iniciar una guerra comercial con China.

Dicho acuerdo fue concebido por la Administración Obama en base a la creación una zona de libre comercio entre varios países del Pacífico, precisamente, con el claro propósito de contrarrestar el creciente protagonismo internacional de China.

Pero para Trump  éste es  “casi tan malo” como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), que entró en vigencia en 1994.

Fue sorprendente que Hillary Clinton, quien como secretaria de Estado tuviera un rol protagónico en la negociación del TPP, oportunamente también  haya puesto en duda la conveniencia del mismo.

Es que en campaña electoral hay que estar muy atento a la sensibilidad de la gente.

Y en EEUU solo el 19% de los votantes señaló que el comercio internacional crea más trabajo en el país, según la encuesta realizada por el New York Times y CBS News en julio del año en curso. Sólo el 19%…

En rigor, no hay que ir a sesudas explicaciones de lo que ha venido ocurriendo.

Poco importa si se le adjudican al comercio responsabilidades que en el corto plazo corresponden más bien a los procesos de automatización y a los avances de la robótica; como sabemos, la revolución de la inteligencia artificial ya extiende su radio de acción a otros tipos de trabajos de poca calificación, además del propiamente manual.

También es cierto que los ingresos de muchas personas aún se encuentran por debajo del nivel preexistente hace una década, previo al estallido de la crisis financiera.

Y cabe preguntarnos si en el deterioro experimentado en la distribución del ingreso, no habrá también una  importante cuota de responsabilidad de la FED con su política monetaria.

Pero lo cierto es que la opinión pública puso en el banquillo de los acusados a la globalización y a los acuerdos comerciales como los principales responsables del actual estado de cosas.

Esta situación  tan peculiar no es exclusiva de los EEUU; también se observa en Europa y en Japón.

Podemos entonces asumir que en varios lugares la magnitud del daño sufrido ha erosionado la fe en los poderes creadores de riqueza que tradicionalmente se atribuían al comercio; su condición de ser fuente de bienestar es objeto de serios reparos en los tiempos que corren.

En Europa el estado de situación es aún más preocupante.

Es que en la Eurozona el ingreso varió en forma muy distinta según el país que se trate.

Martin Wolf, destacado columnista del Financial Times, mostraba  recientemente en términos muy elocuentes la  dispar variación de los ingresos. En la década transcurrida entre el 2007 y el 2016, medido en paridad de poder de compra, el PBI real per capita creció un 11% en Alemania, casi lo mismo que en Francia, pero cayó un 8% en España y un 11% en Italia.

Ahora, si nos concentramos estrictamente en el terreno comercial podríamos suponer que un país como Alemania, uno de los mayores exportadores del mundo, con un persistente superávit comercial, no debería ser alcanzado por este extraño ciclón anti-acuerdos comerciales. Sin embargo,  hubieron importantes movilizaciones en varias ciudades en rechazo del acuerdo en negociación entre la Unión Europea y EEUU.  Éste, la Asociación de Comercio e Inversión Transatlántico (TTIP), a lo igual que el TPP,   va a  ingresar al “modo pausa” durante un buen tiempo.

En tanto se irá procesando el Brexit, se asimilará la derrota de Matteo Renzi en el referendum constitucional que le ha costado su renuncia en Italia y en aquellos países que pronto  ingresan en el ciclo electoral, veremos a las propuestas antieuropeístas  luciéndose en las plataformas de algunos partidos que tienen chances ciertas de acceso  al poder.

Como se sabe, en el 2017 habrá elecciones nacionales en Holanda, en Francia y en Alemania.

Ya prácticamente no hay dudas de que el sueño integracionista de Europa es objeto de serios cuestionamientos. A extremos tales, que da la impresión de ser un continente que está asumiendo su incapacidad de pensar estratégicamente su futuro: la crisis del euro, las divisiones entre los países sobre el tratamiento a darle a los refugiados, el auge de los partidos políticos euroescépticos.

Todos estos tópicos son indicativos de problemas que han dejado en evidencia profundas grietas en el proyecto europeo.

Frente a los acuciantes problemas que se afrontan, varios líderes nacionales están concluyendo que la mejor forma de proteger a sus países es a través de la obtención de más soberanía.

El hilo común de sus convicciones es ahora el retorno al nacionalismo.

Como destaca Philp Stephens, columnista del Financial Times, “todos ahora son westphalians” (1).

Asistimos a una extraña evolución; la generación anterior alentaba el sueño de disolver las fronteras nacionales dentro de la Unión. Y ahora una porción relevante de la nueva generación pretende volver sobre sus propios pasos, en procura del restablecimiento de mayor soberanía nacional.

 

¿ Qué es lo que ha ocurrido?

Según el Prof. Jakub Grygiel, de la Johns Hopkins University, el proyecto de la Unión Europea careció de un aspecto fundamental…”crearon una cabeza sin cuerpo…Crearon una burocracia política y administrativa unida, pero  no UNA NACIÓN UNIDA”.

Planteadas así las cosas , tanto en EEUU  como en Europa, ha retomado impulso el discurso proteccionista y hay una oposición creciente a acuerdos tales como el TPP y el TTIP.

Pero además; es un proteccionismo que, como generalmente ocurre, está imbricado con la demanda de  una mayor soberanía nacional.

Vale decir, el proteccionismo y el discurso nacionalista están de vuelta en boga en las cabinas de mando de los principales decisores de política al más alto nivel político.

En otros términos; no parecen tiempos propicios para concebir avances en la globalización; más bien se percibe una impresión contraria.

Aunque como bien destaca C. Lagarde, directora ejecutiva del FMI, “ lo que necesitamos es una globalización que funcione para todos”.

 

¿ Será ella posible?

Algunas consideraciones al respecto.

* Cuando uno repara en los recientes discursos de campaña electoral de D. Trump, o mismo de H. Clinton, dejaron latente un extraño impulso político a retirarse del mundo.

Pero todos sabemos que ello es absurdo.

EEUU va a reivindicar su liderazgo en cuanta oportunidad éste sea cuestionado; aunque debemos admitir que un fracaso del TPP y TTIP lo erosionaría sin duda alguna.

Ahora; ambos acuerdos tienen algo en común y es el desconocimiento de un protagonista de primer orden en el escenario internacional. O mejor dicho; son proyectos que están pensados para tener una posición comercial más fuerte y para contrarrestar precisamente el poder creciente de ese protagonista de primer orden, que no es otro más que China.

* Roberto Azevedo nos recordaba hace poco tiempo que “la ronda DOHA se derrumbó bajo el peso de su propia ambición “.

Del mismo modo, parafraseando a Azevedo  podemos insinuar la idea de que un fracaso de esos proyectos -TPP y TTIP-  puede ocurrir por el desconocimiento de una nueva realidad: el advenimiento de China como nueva potencia mundial; o dicho en términos de Azevedo, pueden sucumbir bajo el peso de su propia exclusión.

Es que parece claro que hay un modelo de relaciones internacionales diseñado por Occidente como resultante de la Segunda Guerra Mundial que ha ido cediendo terreno y que no tiene futuro.

Todo el sistema de alianzas diseñado y que funcionó durante la segunda mitad del siglo XX no se ajusta a la actual realidad geopolítica, signada por el fulgurante ascenso de China como potencia mundial; quien además, como era previsible, reivindica en distintos organismos internacionales que se acelere la redistribución del poder en el sistema global.

¿ Habrá llegado el momento de comprometerse con China en el co-diseño de un nuevo sistema de relaciones comerciales que sustituya al que está caducando?

 

¿Es ello posible?

Aquí no parecen haber muchas opciones. Se debe elegir entre el establecimiento de relaciones de cooperación o de confrontación.

China, por un lado, parece dispuesta a transitar por el camino de la cooperación y así evitar la Trampa de Tucídides (2).

Ingresó a la OMC en el 2001, es miembro del FMI y desde hace pocos meses su moneda, el yuan, integra la canasta con la que se fijan los Derechos Especiales de Giro, privilegio que comparte con muy pocas monedas ( dólar, euro, libra y yen).

Pero, por otro lado,  ha mantenido una agresiva política en el Mar de la China, reivindicando una mayor porción marítima y también algunas islas, lo que ha generado serios enfrentamientos con varios países (Japón, Corea, Filipinas, Vietnam y Malasia); lo cual ha aparejado una mayor presencia de la flota estadounidense en el área.

 

Nuevamente; ¿relación de cooperación o de confrontación ?

En su último Informe Anual, el FMI destaca al riesgo político como la mayor amenaza para la economía mundial.  No lo hacía desde hace un buen tiempo.

¿ Es posible una plena globalización que involucre a los principales protagonistas del mundo actual ?

Esa es la pregunta del millón.  Aunque aún es muy baja su probabilidad de pronta ocurrencia.

 

 


 

1) La Paz de Westphalia de 1648, que dio fin a algunas guerras de larga data, planteó  por primera vez la idea de la soberanía nacional.

Cada nación tiene soberanía sobre su territorio y es dueña de decidir sobre sus asuntos domésticos, excluyendo la injerencia de todo poder extranjero.

Fue un hito trascendente porque propició un nuevo orden sustentado en el concepto de soberanía nacional; allí se ubica el nacimiento del concepto de Estado-Nación.

2) Tucídides, el cronista de las guerras del Peloponeso, nos relata que la potencia hegemónica del momento, Esparta, no soportó el ascenso de Atenas y en consecuencia fue a la guerra para detener su avance. Desde entonces, cuando una potencia hegemónica enfrenta el advenimiento de una emergente que pueda hacerle sombra, como es el cao de EEUU con China, algunos analistas nos advierten sobre los riesgos de incurrir en la trampa de Tucídides.

Luis Mosca

Autor: Luis Mosca

Economista -Lic.en Economía, Vice-Ministro de Economía y Finanzas (1985-89). Presidente de la Comisión para el Desarrollo de la Inversión (1986-89). Ministro de Economía y Finanzas (1995-2000). Gobernador ante organismos internacionales: Bco. Mundial, FMI y BID (1995-) Ex Director de Apex Consultores (1990-95). Ex Director de Fides Consultores (2000-03). Consultor del Banco Mundial y del BID (1990-95). Ayudantía en Política Fiscal de la FCCEE de la UDELAR (1980-81). Director y asesor de varias empresas de nuestro medio.