Martes, 12 de septiembre de 2017

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La docencia como pasión

Si con relación a la escuela de la voluntad individual, pudo Goethe decir profundamente que sólo es digno de la libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día a día para sí, con tanta más razón podría decirse que el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste por la perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución de las ideas.” (Rodó, J., 2008)[i]

 

Pensar la educación nos obliga a consideraciones tan necesarias e impostergables como reiteradas. Resulta inevitable para quienes formamos parte del sistema educativo insistir sobre determinados aspectos de la educación. Dos semanas atrás escuché decir a la insigne poetisa y docente compatriota Ida Vitale que la docencia es y debe ser ejercida con pasión, por lo que, si quienes la ejercemos dejamos de sentir pasión, debemos dedicarnos a otra cosa (trasmito la idea, no sus palabras textuales). La inmensa mayoría del auditorio a quienes iba dedicada su charla eran adolescentes, lo que me inclina a pensar si alcanzaron a entender, cabalmente, el sentido de aquel pensamiento, porque la etapa de la vida que transitan está signada por otros intereses y porque muchos no han alcanzado aún la madurez requerida para hacerlo.

Éramos pocos, en proporción, los docentes presentes. Y me atrevo a sostener que quienes tuvimos semejante privilegio, en su inmensa mayoría, ejercemos pasionalmente la docencia (me incluyo y me disculpo si tal actitud resulta pedante). Me amparo, no obstante, en el beneficio de la duda respecto del colectivo docente en general. Más allá de la formación académica, el cómo desempeñar la función tiene relevancia. Es inconcuso que gran parte del éxito profesional de un docente pasa por el disfrute que éste pueda tener en el ejercicio de su función y el grado de vocación desarrollado, el que le habrá de permitir obtener el grado de “apasionamiento” al que hiciéramos mención.

El disfrute y la pasión no son automáticos. Porque la tarea docente no es independiente del contexto y en su desarrollo inciden los factores sociales, políticos, económicos y culturales de los cuales forma parte. El maestro y el profesor están insertos en sus respectivos subsistemas, los que, aunque siendo parte de la organización educativa nacional, no necesariamente comparten la misma filosofía ni los mismos criterios para su funcionamiento. Imposible no mencionar al centralismo imperante en nuestro sistema educativo donde, desde hace doce años, la voluntad de los iluminados del momento prevalece respecto de las necesidades e intereses específicos de la educación en sí.

Ha transcurrido mucho tiempo. Entre el momento en que la docente y poetisa mencionada supra ejerció la labor docente –coincidente con la etapa de formación del suscrito- y el actual, cinco décadas nos separan. Grandes y sustantivos cambios se sucedieron en el Uruguay y el mundo. Los valores se redimensionaron y trastocaron. Hace cinco décadas alumnos y docentes supimos ser protagonistas de un quehacer educativo distinto al actual, tanto en lo organizativo como en lo funcional. El cambio no fue casual, sino causal. Hoy no todos los educadores logran evidenciar y poner en práctica pasión en su desempeño; factores personales y sociales se transforman en verdaderos obstáculos para ello.

El desprestigio en que ha caído la profesión docente es determinante. Maestros y profesores supieron gozar de elevado prestigio social. Ante la sociedad, la presencia, autoridad e incidencia de los docentes era claramente relevante. Hoy prevalece el descreimiento en los formadores y el menosprecio de su función. ¿Cómo podría llegarse al cuestionamiento constante a su trabajo y hasta la agresión física si así no fuera? Y ese desprestigio responde a la desvalorización de la educación en sí misma, como consecuencia del derrape cultural. El partido de gobierno, desde que está en el poder, ha logrado destrozar nuestro sistema educativo. Intencionalmente o inconscientemente ha demostrado un desprecio hacia la cultura que no puede conducir hacia otra realidad que este lamentable “hoy” educacional. La ineptocracia que se ha instalado en los órganos rectores de la educación, producto del amiguismo y la militancia sindical –con alguna honrosa excepción-, es la responsable de la actual pauperización de la educación. Todo fomentado desde las más altas esferas de gobierno, donde la ineptitud tampoco está ausente.

Cuando maestros y profesores se ven compelidos al pluriempleo, multiplicando su tiempo de tareas para poder llegar a un ingreso que les asegure la subsistencia, con el desgaste intelectual resultante; cuando parte de su día laboral se consume en traslados de un centro educativo a otro, con el consiguiente desgaste físico, se puede llegar a perder de vista el objetivo último de la función y el cómo desempeñar la misma. Ello se complementa con la práctica de un corporativismo, a nuestro entender, mal entendido, donde a los profesional de la educación le preocupa y ocupa más lo organizacional que lo académico; más lo extra aula que lo áulico.

No menos relevante es el porcentaje de estudiantes de formación docente que llegan a la misma por descarte. Es una carrera corta a la cual, al no haber examen de ingreso, se accede con absoluta facilidad. El impedimento de ingreso a otros ámbitos de formación conduce a muchos a intentar formarse en una profesión para la cual no tienen desarrollada la vocación necesaria. Agreguemos a esto un plan de estudios en la formación docente que pasó de ser excesivamente absorbente –sin entrar a considerar su mal encarada malla curricular-, a ser absolutamente permisivo, con un régimen de evaluación y pasaje de grado que facilita el egreso de aquellos que sobreviven al exigente tiempo de permanencia en el aula, sin que, necesariamente hayan obtenido el nivel académico requerido.

Es inevitable, en consecuencia, hacer referencia, una vez más, a la formación docente. Hemos perdido el rumbo. El futuro maestro o profesor no está participando de una formación pertinente y efectiva. No es suficiente la transmisión de contenidos temáticos –que en algunos casos ni siquiera se dan en la debida forma-, es preciso que el docente formador de formadores, predique con el ejemplo. Ahí radica el punto de partida de la preparación de cualquier individuo como maestro o profesor. Pero si ese profesor de los centros de formación docente aparece como un triste burócrata desmotivado, es imposible que sea capaz de transmitir el fervor que la tan elevada profesión requiere para obtener eficaces resultados. Quiero, no obstante, salvaguardar la imagen y labor de colegas que sí están actuando con absoluto compromiso y abnegada dedicación. Creo, lamentablemente, que no son los más.

Se aprecia, cada vez más frecuentemente, el “desapasionamiento” en el ejercicio de la docencia. Maestros y profesores cuya vocación (que en muchos de ellos) no se percibe claramente y que son formados sin el fervor que la profesión de educar demanda, es difícil que entiendan la importancia de la pasión docente. Y es esa pasión la que nos impulsa a querer superarnos constantemente, perfeccionándonos en el saber, así como en las estrategias didácticas y pedagógicas, en aras de la obtención de los más eficaces resultados en la relación enseñanza-aprendizaje.

Ese apasionamiento nos conduce a la evolución del pensamiento y a la liberación como individuos, al decir de Rodó. Ergo, nos resguarda de caer presos de ideologías o creencias que nos hagan perder la objetividad, conditio sine quanon en el ejercicio de nuestra labor. Y es así que estaremos transmitiendo a nuestros educandos esa misma elevación y libertad de pensamiento.  Se nos reitera una y otra vez, en diferentes normas sobre educación que debemos apuntar a la formación de “seres libres y críticos”. Bien, hagámoslo pues. Y no es transmitiendo ideologías o valores propios o ajenos que lo vamos a lograr; es despertando en ellos la pasión por el saber y el permanente enriquecimiento humano y cultural. Es apasionándolos en el sentido de la libertad de decisión que los haga ciudadanos plenos y convencidos por sí mismos de su rol en la sociedad.

Invito a los educadores a desarrollar –si no lo han hecho aún- la pasión en el ejercicio de la función docente. Por qué no pensar que allí pueda estar el comienzo de un proceso de redimensión de dicha profesión y el inicio de la recuperación de la educación para sacarla de la más que preocupante situación en la que está sumida.

 

 


 

[i] RODÓ, J.: Ariel, pág. 51, MEC – CETP, 2008, Montevideo.

 

Juan José Villanueva

Autor: Juan José Villanueva

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Doctor en Diplomacia egresado de la UDELAR. Profesor egresado del INET. Ha cursado la Maestría Educación y Sociedad de la UCUDAL y es Experto Universitario en Administración de la Educación (UNED). Ha realizado diversos cursos vinculados con el área educativa y jurídica. Fue docente de Educación Media Técnica (1974 – 2009), Docente del Instituto de Profesores Artigas y del INET. Coordinador de los Bachilleratos Tecnológicos de UTU, Director del Programa de Administración, Comercialización y Servicios y Secretario Docente del CETP – UTU (1996 – 2004). Coordinador Nacional de Derecho del Consejo de Formación en Educación (2009 – 2011) Ha asesorado y asesora a entidades educativas privadas y desempeña en funciones de Dirección. Es docente de Sociología en instituciones terciarias y universitarias privadas desde el año 2007 y ha realizado diversas publicaciones sobre temas educativos.