Jueves, 11 de agosto de 2016

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La ética de la responsabilidad

Max Weber, que fuera uno de los fundadores del estudio de la sociología moderna y la administración pública, acuñó el concepto de la “Ética de la responsabilidad”. Podríamos resumir el concepto básico de la misma en su frase: “La pasión no hace al político si éste no es capaz de convertir la responsabilidad al servicio de la causa en el norte de su actividad política”. De esta manera, considera que la aplicación de este concepto, valora las consecuencias de los actos y confronta los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones que se generan.

Si relacionamos lo dicho con nuestras raíces vernáculas, conceptos similares, aunque quizás no tan afiatados en lo teórico y conceptual como los de Weber, son los que aplicó, unas cuantas décadas antes, Fructuoso Rivera en distintos momentos de su vida. Para citar un ejemplo, cabe citar su decisión de aliarse al invasor brasileño a cambio de permitir mantener organizado un ejército oriental, que pudiera constituirse en factor decisivo cuando posteriormente se generó la cruzada libertadora. Casi dos siglos han pasado, y aún se escuchan voces de crítica a su accionar, pero lo cierto es que sus decisiones fueron determinantes para la consolidación de Uruguay como estado soberano.

Si nos acercamos mucho más en la historia, la ética de la responsabilidad primó en las decisiones del gobierno encabezado por Jorge Batlle para sacar al país de la mayor crisis económica de su historia. Los resultados son por todos conocidos. El Uruguay comenzó, gracias a las acciones tomadas, una de las décadas de mayor crecimiento, si no la mayor, de su vida. En contrapartida, y como efecto de haber optado por el bien general, el Partido Colorado sufrió su mayor derrota, de la cual aún no se ha logrado recuperar.

Todo esto viene a cuento, por la coyuntura que estamos viviendo.

Cuando ya toda la población ha asumido que los vientos favorables de los últimos diez años han cesado, cuando los indicadores se van deteriorando, cuando el propio Ministro de Economía reconoce elípticamente que no cumplió con sus promesas de campaña de no aumentar la carga impositiva, cuando hubo que volver a la vieja receta de aplicar ajustes fiscales, cabe preguntarse si en los últimos gobiernos estuvo presente la ética de la responsabilidad, o por el contrario, lo que imperó fue la ética de la convicción.

A esta altura, la inmensa mayoría de la ciudadanía, está comprendiendo que la convicción fue la que se impuso. Pero como en todos los órdenes de la vida, la convicción puede sonar como un mérito, cuando se constituye en un motor creativo, inspirador y ejecutor o como un palo en la rueda, cuando esa convicción está basada exclusivamente en ceñirse a conceptos ideológicamente trasnochados o programas desactualizados basados en slogans vetustos.

Una buena muestra de lo expresado, es la propuesta surgida en el seno del Frente Amplio de quitar las exoneraciones fiscales a las donaciones que las empresas pudiesen realizar en beneficio de las universidades privadas.

La medida no constituye, como bien lo reconocieron sus impulsores, ningún aporte de relevancia al vapuleado Presupuesto nacional y el feroz déficit fiscal que se está volviendo incontrolable. Simplemente está basada en la convicción ideológica. La misma convicción que prioriza el aplastamiento generalizado en procura de establecer una tabla rasa igualitaria, en lugar de la búsqueda de oportunidades que iguale hacia arriba. En una palabra, no nos preocupemos por mejorar aquello que ha ido cayendo a niveles no tolerables como la educación pública. Mejor busquemos destruir todo, igualemos hacia abajo.

Si se me permite, este incidente, es cabal demostración de la notoria diferencia entre los conceptos progresistas de los nuevos tiempos, con el verdadero progresismo que supo construir el Uruguay moderno generando oportunidades e igualando hacia arriba, el batllismo.

El deterioro en diversas áreas se ha venido agravando y sigue golpeando a la puerta de todos. La educación, la seguridad, la salud, la infraestructura claman por los acuerdos que permitan salir del pozo en que estamos.

La sociedad exige a la clase política en forma impostergable que encuentre las soluciones a los problemas que la acucian.

Estos son los momentos en que la historia juzga a sus protagonistas. Cada uno de ellos deberá determinar si aplica la ética de la responsabilidad en beneficio de la sociedad en su conjunto, o por el contrario aplica la ética de la convicción, constituyéndose sólo  en una caricia al propio ego que busca imponer una mezquina visión ideológica.

Max Sapolinski

Autor: Max Sapolinski

Es Contador Público egresado de la Universidad de la República, integró la Asesoría Económico Financiera del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, Director General de Secretaría del Ministerio de Turismo, Subsecretario del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Turismo. Entre 2006 y 2008 fue Presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay. Gerente del Seguro del CASMU y entre 2010 y 2012 fue Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Energía y Agua (URSEA).