Miércoles, 28 de diciembre de 2016

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La evasión del futuro, causas y consecuencias

En su libro “Tropezando con la felicidad”[1], el psicólogo Daniel Gilbert de la Universidad de Harvard plantea que tomamos dos tipos de decisiones de las que luego nos arrepentimos. Un tipo es aquel en que luego de tomada la decisión el resultado no es el esperado, pero el otro es el de las decisiones de las que nos arrepentimos porque lo que sucede es precisamente lo que anticipamos acontecería. Este segundo grupo es el más interesante, en tanto la decisión fue en contra de lo que el análisis racional indicaba. Por ejemplo, comemos de más y luego constatamos que subimos de peso, no ahorramos para nuestro retiro y luego confirmamos que nuestros ingresos en la vejez pasan a ser muy exiguos.

Gilbert analiza por qué tomamos ese tipo de decisiones que sabemos nos arrepentiremos en el futuro. La conclusión a la que llega es que nuestro cerebro evolucionó a lo largo de un período de tiempo muy prolongado, en un mundo que era muy diferente del actual. El cerebro optimizó su diseño para aquel entorno, donde lo clave era encontrar pareja, obtener comida y vivir en pequeños grupos. Nuestro cerebro está pobremente preparado para enfrentar las complejidades del mundo en que vivimos, en particular, porque está configurado para otorgar un gran énfasis al presente en desmedro del futuro. El hombre primitivo tenía como prioridad sobrevivir un día más, la obesidad o el retiro no eran parte de sus problemas relevantes. La cuestión con estas carencias de la configuración humana es que la felicidad se basa en tomar mejores decisiones, y esas decisiones se basan en el futuro, no sólo por nuestros hijos y nietos, sino también por nosotros mismos.

¿Cómo compensar nuestras deficiencias para incorporar adecuadamente el futuro en nuestras decisiones? Las investigaciones indican que para los seres humanos el lograr una adecuada visualización del futuro en su proceso de toma de decisiones es algo extremadamente difícil. Uno de los “trucos” que Gilbert sugiere es que cuando uno quiere evaluar qué tanto desearemos algo en el futuro, lo mejor que se puede hacer es examinar qué tanto lo desea otra persona que ya lo tiene en el presente.

Existe un segundo tipo de factores que inciden en las decisiones respecto del futuro en donde el problema no está en la ausencia de racionalidad sino en los objetivos individuales que se persiguen y para los cuales el futuro es relevante. Una variable relevante a ese respecto es la edad y lo que ello conlleva. Cuando una persona es joven existe una multiplicidad de opciones respecto de qué puede hacer con su vida, tiene la fuerza física y mental que se necesita para enfrentar objetivos desafiantes y la capacidad para asumir riesgos. A medida que la persona madura las opciones se va reduciendo y las fuerzas menguando[2]. Al mismo tiempo se asumen compromisos familiares que también limitan la capacidad de asumir riesgos. Esto lleva a que cuando una sociedad envejece su capacidad de adaptación a los cambios se reduce. En esos casos, aun cuando se anticipen los cambios en el futuro, se sigue haciendo lo mismo. Esto obedece a dos tipos de razones. Por un lado, en muchos casos se carece de los medios para hacer algo distinto de lo que ya se hace. Si un trabajador que es encuentra en las etapas finales de su vida laboral se ve amenazado por un cambio tecnológico que puede hacer obsoleto su oficio es lógico que procure diferir ese cambio tecnológico hasta su retiro. En otros casos lo que cambia es el balance de pérdidas y ganancias entre los distintos grupos en una sociedad. El horizonte temporal vital a partir del cual se toman las decisiones varía de acuerdo al grupo etario, lo que lleva a que la decisión óptima para un joven sea distinta que para un adulto mayor. Si los adultos tienen más peso en una sociedad, las decisiones colectivas tenderán a ser subóptimas en términos de la sociedad tomada en su conjunto, pero más consistentes con aquellas decisiones individuales que son óptimas para este grupo.

Una variable que tiene un efecto similar a la edad es la formación. Cuando más preparada está una persona, más herramientas tiene para transformar los cambios en oportunidades y en enfrentar los obstáculos. Cuando la formación está por debajo de ciertos límites la persona no sólo carece de capacidades para adaptare al cambio, sino también para comprenderlo.

El peso de la edad y la formación para enfrentar el futuro puede ser ilustrado con la decisión de Gran Bretaña de abandonar la Unión Europea. Veamos cómo el contexto estaba cambiando para ese país. En el 2004 se produjo la sexta ampliación de la Unión Europea, habiéndose incorporado diez nuevos países y unos 75 millones de habitantes, a saber: tres antiguas repúblicas soviéticas (Estonia, Letonia y Lituania), cuatro antiguos satélites de la URSS (Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia), una antigua república yugoslava (Eslovenia) y dos islas mediterráneas (Chipre y Malta). En el 2007 se incorporaron otros dos antiguos satélites de la URSS: Bulgaria y Rumania, con 27 millones de habitantes. En el 2013 se incorporó Croacia, de cuatro millones de habitantes. Todos estos nuevos miembros de la Unión Europea presentaban un desarrollo relativo menor  y competían fundamentalmente en sectores donde la mano de obra tuviera una incidencia significativa, de forma de aprovechar así salarios más bajos. Los más afectados negativamente en los viejos miembros de la UE por las nuevas incorporaciones  fueron precisamente sus contrapartes sectoriales nacionales. A esto se agrega el impacto de la exportación de servicios (financieros, tecnológicos, etc.) y la recepción de inversiones en la zona de Londres. Cuando mayores estos flujos, mayores las presiones a la baja del tipo de cambio real, acentuándose así la pérdida de competitividad de los sectores productivos tradicionales del resto de Gran Bretaña.

Por otra parte tenemos que la libertad de circulación de los trabajadores dentro de la Unión Europea llevó a que la competencia se trasladara también al mercado laboral doméstico. Hasta junio de 2016 —justo antes de que los británicos votaran a favor de abandonar la UE – 284.000 ciudadanos de la Unión Europea habían llegado a Gran Bretaña. Se estima la inmigración neta anual para el 2016 de 335.000 personas, de las cuales 189.000 serían europeas. Esta cifra está justo por debajo de las 336.000 personas del año anterior, que había sido el récord histórico de inmigración. Rumanía es el país más habitual de residencia anterior de los inmigrantes, con un 10% de las personas que llegaron para instalarse en GB. El gran beneficiado de esta corriente inmigratoria es Londres, en tanto esto le permite contar con los recursos humanos necesarios para mantener su dinámica económica.

Pocos días antes del referéndum respecto de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea, los profesores Paul Whiteley de la Universidad de Essex y Harold D. Clarke de la Universidad de Texas, realizaron una encuesta por internet entre el electorado con una muestra de unas 2.100 personas. Los resultados de la encuesta no estuvieron muy alejados de lo que efectivamente sucedió (49% permanecer, 51% irse, cuando el resultado final fue 48% permanecer, 52% irse).

Lo interesante es que en la encuesta el 21% de las personas por debajo de los 26 años de edad manifestaron su intención de votar por irse, mientras que entre quienes tenían más de 65 años ese porcentaje trepó al 69%.

Entre quienes tenían trabajos profesionales o gerenciales de alto nivel la decisión de permanecer era de un 58%, mientras que las personas que tenían trabajos no calificados el porcentaje era de 27%. Entre los graduados la decisión de permanecer fue de 64%, en contraste con quienes no tenían educación formal completa, donde el porcentaje era de un 25%.

El resultado de las elecciones en Estados Unidos puede ser analizado en términos similares. En ese caso pesan más los profundos cambios en la estructura productiva de ese país y su impacto sobre los trabajadores no calificados. El propio eslogan de la campaña de Trump no sólo niega la relevancia del futuro, sino que promete volver al pasado (“Haz de Estados Unidos un gran país de nuevo”).

Frente a estos fenómenos de rechazo del futuro tenemos casos de países que lo abrazan. Finlandia, por ejemplo, creó en 1993 una Comisión para el Futuro como una comisión del parlamento finés. En esa misma época se creó el Centro de Investigación del Futuro de Finlandia de la Turku University. El comité puede fijarse su propia agenda, con excepción del “Reporte sobre el Futuro”, cuyo tema es definido en cada período de gobierno por el Primer Ministro. Los reportes de este tipo que se han elaborado son los siguientes: Informe sobre el futuro a largo plazo (1993), Finlandia y el futuro de Europa (1996), Una Finlandia de responsabilidad y confianza (1997), Una Finlandia de desarrollo equilibrado (2001), Una buena sociedad para las personas de todas las edades (2004), Hacia una Finlandia de bajas emisiones (2009) y El crecimiento sostenible para el bienestar (2013). El tema elegido por el Gobierno para el próximo reporte de la comisión es “El modelo de desarrollo sustentable finlandés en un mundo cambiante”.

Otro caso similar es Singapur, donde se ha abordado el tema con un enfoque institucional diferente. Se ha creado un Comité sobre la economía del futuro integrada por 30 miembros que provienen de distintos sectores productivos que operan tanto a nivel doméstico como a nivel internacional, de empresas grandes y pequeñas. El comité es co-dirigido por el Ministro de Finanzas y el Ministro de Comercio e Industria. El propósito del comité es definir qué medidas son necesarias para asegurar que la economía de Singapur sea competitiva en el futuro e identificar aquellas áreas donde existe mayor potencial de crecimiento para el país. Este comité parte de un informe similar elaborado en 2010 por un Comité de estrategias económicas que lo antecedió.

¿Qué tienen en común Finlandia y Singapur que les permite ver el futuro como una oportunidad y no como una maldición? Ambos son países que han logrado obtener excelentes resultado en la educación de su población. Ciudadanos educados son ciudadanos autónomos y autosuficientes, seres libres que disponen de las herramientas a partir de las cuales comprender en profundidad los problemas futuros a enfrentar, analizarlos racionalmente, y tomar decisiones –individuales y colectivas- donde no se evade la realidad y donde el temor al cambio no esclaviza.

 


 

[1]     Gilbert, D. (2009). Stumbling on happiness. Vintage Canada.
[2]     Esto es una simplificación que no refleja una multiplicidad de casos de personas que a lo largo de su vida logran que sus opciones se amplíen. Este tipo de personas son ejemplos a seguir, pero suelen no ser representativos del grueso de la población de un país.

Leonardo Veiga

Autor: Leonardo Veiga

Contador Público, Universidad de la República; Licenciado en Administración, Universidad de la República; Master en Dirección y Administración de Empresas, IEEM; CPCL, Harvard Business School, EE.UU., PhD Universidad de Navarra. Es profesor de Gestión de la Innovación y de Economía Política (IEEM/UM) y de Prácticas Desleales de Comercio y Defensa Comercial (CEA/ADAU). Es miembro del directorio del Centro de Innovación Tecnológica SEPÉ. Fue consultor del Programa Nacional de Desburocratización (PRONADE), del Plan de Desregulación del Comercio Exterior y las Inversiones (PLADES), miembro del Board del Global Entrepreneurship Monitor, Director del MBA del IEEM/UM y Coordinador de la carrera de Contador Público en la FCCEE/UM.